Artículo de opinión

 José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

19 de agosto del 2025

La inmigración italiana al Perú no se explica por masas oceánicas, sino por una corriente constante, disciplinada y eminentemente urbana que encontró en Lima y el Callao su puerta, su taller y su escuela cívica. Antes de 1879, los italianos ya estaban asentados como comerciantes de mostrador, artesanos calificados y agentes de servicios, sostenidos por redes ligures de crédito menudo, beneficencia y sociabilidad; es una colonización del espacio urbano, no de haciendas, que dejó huella en padrones, protocolos notariales, guías de comercio y en instituciones propias como sociedades de socorro y compañías de bomberos. La Guerra del Pacífico no los sorprende “de paso”: los halla integrados en la vida cotidiana de la ciudad y del litoral salitrero, con reglas de neutralidad dictadas por sus consulados y con la vocación de apagar incendios —en sentido literal— cuando la pólvora convierte barrios enteros en brasas. Esa continuidad, más que la grandilocuencia demográfica, explica su peso histórico y su legado en la posguerra: del mostrador al consultorio, de la esquina a la propiedad, de la mutual a la ciudadanía con nombre propio (Paris, 1982).

La narrativa que sigue organiza ese proceso en tres tiempos —antes de la guerra, durante la guerra y después— y en dos espacios decisivos: la capital y su puerto, por un lado, y el circuito salitrero de Tarapacá por el otro. En cada tramo, el hilo conductor es doble: por un lado, la estructura (cifras, oficios, instituciones, geografía del asentamiento) y, por otro, la conducta (neutralidad consular, servicios cívicos, formas de integración). Así, se evita el mito —la tentación de ver batallones italianos donde hubo sobre todo comerciantes, bomberos y cónsules— y se mantiene la seriedad documental que requieren los hechos, sin desatender la dimensión memorial de episodios como el fusilamiento de garibaldinos en Chorrillos en enero de 1881, hoy parte de nuestra educación cívica sobre la guerra (Paris, 1982).

Puertas de entrada: Lima y el Callao antes de 1879

La capital y su puerto ordenan la llegada y el asentamiento desde temprano. Ya en el censo de 1813 del centro de Lima y parte de Barrios Altos se registran italianos, mayoritariamente genoveses, volcados al comercio y a oficios urbanos; no es un goteo invisible, sino la primera fotografía de una presencia que crecerá en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de canales mercantiles y de la funcionalidad urbana del mostrador. La pauta es clara: puerto, tienda, crédito y vecindario, con matrimonios mixtos y una temprana costumbre de asociarse para resolver necesidades comunes (salud, entierro, incendios, escuela), lo que deja evidencia en actas civiles y en prensa local de la época (Paris, 1982).

El “modelo pulpero” describe con precisión el escalafón económico de esa colonia: el italiano llega solo o con parientes, trabaja como dependiente, ahorra, entra en sociedad a plazos y termina como propietario de la pulpería o la bodega del barrio; desde allí diversifica o financia el ascenso de los hijos a oficios técnicos y profesiones liberales. Ese patrón —confirmado por licencias municipales y directorios— explica por qué, en 1880, 193 de 503 pulperías de Lima estaban en manos italianas y por qué, hacia 1891, la cifra alcanzaba aproximadamente 700 de 800 negocios del ramo; no es un milagro étnico, es la consecuencia de una lógica urbana aplicada con constancia a la escala limeña del siglo XIX (Chiaramonte, 1983).

La composición regional de la colonia importa: la hegemonía ligur —Genova y su hinterland— le da a esta inmigración un perfil marino–mercantil que cuadra con el Perú costero de puertos, depósitos, consignaciones y abasto urbano. La estadística de fines del XIX y comienzos del XX indica que la gran mayoría de los italianos residentes en Lima–Callao eran nacidos en Liguria, y que su ocupación se concentraba en comercio minorista y servicios, con una élite reducida en banca y gran importación. Ese sesgo urbano–terciario explica también la escasez de colonización agrícola italiana en el Perú, a diferencia de las pampas del Río de la Plata: el entorno económico y la competencia de mano de obra en sectores rurales no favorecían un trasplante agrario a gran escala (Paris, 1982).

El tejido institucional que amarra esa vida de barrio es decisivo: sociedades de beneficencia, cofradías, escuelas de la colectividad y, sobre todo, compañías de bomberos que, desde la década de 1860 en Lima, se convierten en escuela cívica y en tarjeta de presentación pública de la colonia. No hay épica militar en esa línea, sino una ética de servicio urbano; sin ese capital social, la movilidad económica —del mostrador a la propiedad— sería frágil. La documentación asociativa, las actas de asamblea y los reglamentos internos muestran una colonia disciplinada, con cargos rotativos, cuotas, sanciones y una idea clara de respeto consular y neutralidad ante conflictos armados que pudieran comprometer su residencia y sus negocios (Chiaramonte, 1983).

Tarapacá y el circuito del salitre: empresarios, comercio y sociabilidad

En la provincia peruana de Tarapacá, el ciclo del salitre atrajo desde la década de 1870 a comerciantes, contratistas y industriales italianos. Los nombres aparecen una y otra vez en los registros: Pedro Perfetti, Juan Sanguinetti, Pío Fasola, Pedro Devéscovi vinculados a oficinas como Tres Marías, La Santiago, California, San José de la Noria, Santa Adela o Santa Rosa; en las plazas de Iquique, Pisagua, Caleta Buena, Junín y Mejillones del Norte, familias Rossi, Sacco, Vallebona, Zanelli, Merani forjan casas de comercio e intermediación. No se trata de un poblamiento disperso: hay trama, hay red y hay especialización, sostenida por una sociabilidad que reproduce la matriz limeña de beneficencia, música, instrucción y bomberil (Díaz Aguad, 2002).

La Bomba Ausonia (fundada en 1874) no es un detalle pintoresco sino la clave de lectura de la conducta cívica de la colonia en Tarapacá: al producirse vacíos de autoridad —crisis internas o asaltos militares—, ese aparato voluntario patrulla, disuade y organiza para prevenir incendios y saqueos, y lo hace con el respaldo del consulado y en concertación con otras colectividades. Esa capacidad organizativa se demostró en 1891 cuando, en medio de combates en la ciudad, la Ausonia organizó guardias cívicas neutrales para resguardar propiedades; es el mismo libreto que veremos en el centro del Perú en 1881, aunque con resultados más trágicos en Chorrillos. La sociabilidad —no la demografía— es el músculo que explica la resiliencia de estos asentamientos (Díaz Aguad, 2002).

El mapa empresarial que dejan los italianos en Tarapacá combina oficinas en la pampa, agencias en los puertos, seguros y crédito: de ahí que aparezcan también iniciativas como la Compañía Italiana de Seguros “Cristóforo Colombo”, y que la educación de sus hijos tenga espacios propios como el Colegio Don Bosco y la Sociedad Italiana de Instrucción. Ese ecosistema mixto —negocio, educación, mutual— conecta Tarapacá con Lima–Callao y reproduce una cultura de cumplimiento de normas consulares que será crucial cuando estalle la guerra y la soberanía cambie de manos tras Ancón (Díaz Aguad, 2002).

Si en Lima el modelo pulpero explica la movilidad desde la esquina hacia la propiedad y el oficio, en Tarapacá el salto va del contrato y la oficina hacia la empresa, y del mostrador portuario a la intermediación mayor; en ambos casos, los italianos no llegan como colonos rurales sino como agentes urbanos que comprenden la logística del abasto, el crédito y el riesgo, y que se legitiman en el espacio público ofreciendo servicio —no armas— cuando la ciudad se incendia. Esa legitimidad cívica será una de sus mejores defensas cuando la guerra los ponga en el centro del huracán, y cuando deban negociar con autoridades peruanas y, luego, chilenas en el mismo territorio (Díaz Aguad, 2002).

Referencias (APA)

Adeprin. (2016, 17 de octubre). La masacre chilena de los trece bomberos italianos de Chorrillos: criminales de guerra del país del sur asesinaron a los mártires el 14 de enero de 1881, un día después de la batalla de San Juan. https://adeprin.wordpress.com/2016/10/17/la-masacre-chilena-de-los-trece-bomberos-italianos-de-chorrillos-criminales-de-guerra-del-pais-del-sur-asesinaron-a-los-martires-el-14-de-enero-de-1881-un-dia-despues-de-la-batalla-de-san-juan/

Chiaramonte, G. (1983). La migración italiana en América Latina. El caso peruano. Apuntes: Revista de Ciencias Sociales, 13, 15–36. Universidad del Pacífico.

Cuya Vera, R. (2017, 8 de octubre). La tragedia del fusilamiento de los bomberos garibaldinos italianos en Chorrillos. Portal institucional Grau. https://www.grau.pe/campana-terrestre/la-tragedia-del-fusilamiento-de-los-bomberos-garibaldinos-italianos-en-chorillos/

Díaz Aguad, A. (2002). Apuntes sobre los italianos en la provincia de Tarapacá (1870–1950). Amérique Latine Histoire et Mémoire (ALHIM), (5). OpenEdition.

Guzmán Palomino, L. (2020). Lima, enero de 1881: saqueo, matanza, guerra de razas y Comuna. Desde el Sur, 12(1), 97–125.

Paris, R. (1982). Los italianos en el Perú. Apuntes: Revista de Ciencias Sociales, 12, 33–45. Universidad del Pacífico.

Sater, W. F. (2016). Tragedia andina. La lucha en la Guerra del Pacífico (1879–1884). Santiago de Chile: Centro de Investigaciones Diego Barros Arana / Biblioteca Nacional de Chile.