Artículo de información
Jorge Aristides Malqui Espino , José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
20 de octubre del 2026
Huacachina vive en la memoria de Ica como una imagen completa: la laguna, la arena, los paseos y el antiguo balneario donde se encontraban familias, visitantes y músicos. Esa identidad, sin embargo, se formó con el paso del tiempo. Primero llegaron las noticias sobre las virtudes medicinales de sus aguas; después, los caminos y los alojamientos facilitaron el acceso; también llegaron las canciones, que hicieron viajar el nombre del oasis más allá de sus orillas. Cada época añadió una capa a ese recuerdo y convirtió a Huacachina en algo más que un paisaje: en parte de la historia cultural iqueña. (Junchaya Paredes, 2026)
Entre esas canciones hay una historia por reconstruir. En la comedia ¡Cuidado con las jaranas!, del escritor iqueño Francisco Flores Chinarro, aparece un tondero llamado «Huacachina». Cincuenta años después, Montes y Manrique grabaron en Nueva York otra pieza con ese título. La coincidencia abre una pregunta, no una respuesta definitiva: ¿se trata de dos composiciones independientes o de distintas estaciones de una misma tradición? (Flores Chinarro, 1862)
Del camino de arena al balneario
Durante el siglo XIX, las aguas de Huacachina comenzaron a atraer la atención por las propiedades curativas que se les atribuían. La fama llevó hasta la laguna a enfermos y curiosos, e incorporó aquel paraje a la vida de la provincia. Se llegaba a caballo, a pie o sobre una mula, por caminos que atravesaban la arena. Más adelante, una nueva vía permitió el ingreso de los primeros automóviles. Algunos debían tomar impulso para vencer la cuesta: el motor que rugía frente a la arena anunciaba que la modernidad también estaba llegando al oasis. (Junchaya Paredes, 2026)
Los estudios sobre la hotelería peruana registran la transformación de Huacachina en destino de descanso. A comienzos del siglo XX ya había alojamientos y rancherías junto a la laguna; pocos años después se había formado una red más consolidada para recibir visitantes. Las aguas medicinales, los hospedajes y la llegada de familias dieron forma a un espacio donde convivían naturaleza, descanso y vida social. Huacachina ya no era únicamente un paisaje admirado a distancia: se había convertido en lugar de veraneo y encuentro. (Armas Asín, 2023)
El cambio del camino y la aparición de alojamientos hicieron más frecuente el contacto entre la ciudad y la laguna. Huacachina empezó a formar parte de la vida social iqueña, y esa nueva presencia se reflejó en relatos, escenas teatrales y canciones. La música cumplió una tarea silenciosa: conservar nombres y expresiones que podían no aparecer en los documentos oficiales, pero seguían vivos en las voces de quienes se reunían a cantar y bailar. (Junchaya Paredes, 2026)
El tondero que plantea el enigma
La comedia de Flores Chinarro fue representada en Ica en 1861, según el material que compartiste. La transcripción de la obra, editada al año siguiente, incluye una canción titulada «Huacachina», dedicada a las propiedades de la laguna y a quienes acudían a sus aguas. En medio de la jarana, la música convoca a los personajes y uno de ellos pide que continúe el tondero. El nombre del oasis aparece así ligado a una escena de baile, reunión y celebración popular. (Flores Chinarro, 1862)
El estudio de Mónica Elena Junchaya Paredes añade que la canción debía interpretarse con guitarra, palmadas y cajón, y transcribe versos que invitan a los enfermos a acudir a la laguna. Ese detalle permite imaginar el ambiente de la jarana, aunque no reconstruir por completo el sonido original. Para conocer mejor la melodía y su circulación habrá que cotejar la edición de la comedia y buscar otras versiones impresas o musicales. El material publicado ofrece una pista concreta; el recorrido histórico de la canción todavía requiere nuevos documentos. (Junchaya Paredes, 2026)
En 1911, Montes y Manrique grabaron en Nueva York un tondero titulado «Huacachina». Fred Rohner estudia el repertorio del dúo como una fuente para aproximarse a la lírica popular y a las primeras grabaciones comerciales peruanas. Muchos temas circulaban de boca en boca y no siempre quedaban registrados en partituras; el disco permitió conservar interpretaciones que, de otro modo, podían perderse. La grabación es una huella sonora de una tradición que llegó hasta el estudio fonográfico. (Rohner, 2007)
El parecido entre las piezas resulta sugestivo: comparten título y género, y ambas relacionan la laguna con la búsqueda de alivio. Pero esas coincidencias no prueban por sí solas que la versión de 1911 descienda directamente de la canción teatral de 1861. Para sostener esa relación habría que hallar partituras, cancioneros, testimonios de músicos o versiones intermedias que permitan seguir su circulación. Por ahora, la comparación plantea una hipótesis seria y atractiva, todavía abierta a verificación. (Junchaya Paredes, 2026)
Una memoria que debe volver a sonar
La pesquisa sobre el tondero debe distinguirse de la historia de la polka «A la Huacachina», vinculada a Francisco Pérez Anampa y también rodeada de controversias sobre su autoría. Dar a cada composición su lugar evita que una discusión conocida se confunda con otra pregunta: qué relación pudo existir entre el tondero teatral del siglo XIX y la grabación de Montes y Manrique. Darío Mejía reúne antecedentes de la polémica de la polka, un caso que muestra la importancia de examinar con cuidado las atribuciones musicales. (Mejía, 2009)
Las grabaciones de Montes y Manrique son valiosas porque preservan canciones populares que circularon en una época en que los archivos sonoros eran escasos. Su repertorio permite estudiar géneros, temas y formas de interpretación que de otro modo conoceríamos solo por referencias escritas. Reunir y catalogar esos materiales ayudaría a identificar variantes y a seguir el rastro de canciones como «Huacachina», cuyo recorrido pudo pasar por reuniones, escenarios y memorias familiares antes de llegar al disco. (Rohner, 2007)
La tarea para Ica es doble: proteger Huacachina y rescatar las partituras y grabaciones de sus compositores. Francisco Pérez Anampa, Fernando Lainez, Isidoro Purizaga y Julián Juliá forman parte de una memoria musical que merece ser catalogada, reeditada y puesta al alcance del público. Las obras necesitan archivos accesibles, intérpretes y nuevas grabaciones para seguir formando parte de la vida cultural de la provincia. (Junchaya Paredes, 2026)
La historia de «Huacachina» sigue abierta. Tenemos la escena teatral de 1861, la edición de la comedia de 1862 y la grabación de Montes y Manrique de 1911. Falta reconstruir los pasos intermedios y establecer si la canción viajó de una época a otra, transformándose en el camino. Esa búsqueda no resta valor a lo conocido; señala el trabajo que sigue. La memoria de una ciudad vive en sus calles y paisajes, pero también en las melodías que sus habitantes reciben, hacen suyas y entregan a quienes vienen después. (Flores Chinarro, 1862)
Bibliografía
Armas Asín, Fernando. (2023). «Estado, patrimonio y hoteles modernos. Los inicios de las políticas públicas hoteleras en el Perú (1916-1930)». Turismo y Patrimonio, n.º 21, pp. 43-57. https://doi.org/10.24265/turpatrim.2023.n21.03
Flores Chinarro, Francisco. (1862). ¡Cuidado con las jaranas!, comedia en dos actos y en verso. Letra de «Huacachina» consultada en la transcripción de Lista Música Criolla: https://www.listamusicacriolla.com/a-la-huacachina/
Junchaya Paredes, Mónica Elena. (2026, 15 de octubre). «Preludios Iquenses (12): De monos bravos, jaranas y canciones a Huacachina». La Voz de Ica. https://www.facebook.com/diariolavozdeica
Mejía, Darío. (2009). «La verdadera historia de “A la Huacachina”». Texto reproducido en Memorias de un peruano en Asturias. https://losproblemasqueyoveo.blogspot.com/2009/03/la-verdadera-historia-de-la-huacachina.html
Rohner, Fred. (2007). «Fuentes para el estudio de la lírica popular limeña: el repertorio de Montes y Manrique». Lexis, vol. 31, n.º 1-2, pp. 331-355. https://doi.org/10.18800/lexis.20070102.013




















