Artículo de información
Jorge Aristides Malqui Espino, José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
22 de setiembre del 2026
Hay historias que no desaparecen, aunque durante años parezcan dormidas bajo el polvo. Permanecen en los nombres, en las versiones que pasan de una generación a otra y en ciertos silencios que una comunidad no termina de explicar. La historia de Kumpi-Yaya pertenece a ese territorio. Durante mucho tiempo, su figura ha vivido entre la evocación regional y la recreación literaria; sin embargo, detrás de ese recuerdo existe una fuente colonial concreta. Miguel Cabello Valboa, en su Miscelánea antártica, concluida en 1586, menciona a una joven llamada Cumbillaya, procedente de los valles de Yca, vinculada con Huáscar y conocida después como Curicuillor, nombre que el cronista traduce como “estrella de oro”. Ese dato modifica la naturaleza del relato: no estamos ante una figura nacida únicamente de la imaginación posterior, sino ante una historia cuyo núcleo ya estaba escrito en el siglo XVI. (Cabello Valboa, 1951).
Eso no significa que cada detalle transmitido con el paso del tiempo pueda asumirse como un hecho probado. El valor de Kumpi-Yaya reside precisamente en esa zona donde la fuente antigua deja preguntas abiertas y las generaciones posteriores construyen sentido alrededor de ellas. El profesor Oscar Oswaldo Calmet Altamirano contribuyó a devolverle presencia dentro de la historia regional de Ica, dotando al episodio de una intensidad emocional que permitió rescatar a la joven de las páginas de una crónica para devolverla al imaginario local. Entre Cabello Valboa y Calmet no existe una simple repetición, sino siglos de reinterpretación de una figura que nunca terminó de desaparecer. (Calmet Altamirano, 2012).
La joven de Yca
Cabello Valboa relata que Inga Topa, gobernador de los valles de “Yca, Pisco y Yumay”, envió presentes al Cusco cuando Huáscar fue reconocido como sucesor de Huayna Cápac. Entre ellos se encontraba Cumbillaya, a quien describe por su notable belleza. El cronista añade que era hija de Xullcachangalla y Yllayocoche, nombres que la tradición moderna conserva con variantes como Xullka-Changalla e Illa-Yokoche. Las diferencias gráficas no deberían sorprender: los nombres indígenas fueron registrados durante la colonia según el oído, la escritura y las convenciones de quienes los transcribían. Lo esencial es que esos nombres, hoy asociados a Kumpi-Yaya, aparecen efectivamente en una fuente temprana. (Cabello Valboa, 1951).
Según la Miscelánea antártica, Huáscar quedó profundamente impresionado por Cumbillaya y comenzó a llamarla Curicuillor, “estrella de oro”. Desde entonces habría ocupado un lugar especial dentro de su entorno. Pero Cabello introduce también una duda que no debe ocultarse. Mientras una versión sostenía que Huáscar había tenido con ella una hija, otra afirmaba que la joven había sido entregada a un hermano del Inca y que este habría sido el padre. Esa contradicción resulta valiosa porque demuestra que el relato ya circulaba con variantes en el siglo XVI. La propia fuente, por tanto, obliga a leer la historia con prudencia. (Cabello Valboa, 1951).
Cabello escribió décadas después de los acontecimientos y trabajó con testimonios, recuerdos familiares y versiones transmitidas por integrantes de las élites andinas. Su obra es indispensable, pero no puede leerse como una fotografía exacta del pasado. Lo que conserva es algo más complejo: una narración histórica construida a partir de voces que todavía recordaban el final del Tahuantinsuyo. Cumbillaya emerge así como una figura documentada, mientras que buena parte de su biografía permanece dentro del terreno de lo transmitido y de lo posible. (Cabello Valboa, 1951; Lerner, 2011).
El desenlace recogido por el cronista es trágico. Curicuillor habría muerto envenenada como consecuencia de rivalidades dentro de la corte. Su cuerpo fue preparado para evitar una rápida descomposición y posteriormente entregado a sus padres, quienes emprendieron el regreso hacia Yca. Cabello sostiene además que Huáscar favoreció a la familia y que todavía en su época vivían descendientes de los Xullcachangallas. Allí aparece uno de los elementos más poderosos de toda la narración: la joven que partió hacia el centro del imperio regresó a su valle convertida en ausencia, pero también en permanencia. (Cabello Valboa, 1951).
De la crónica al símbolo
A partir de ese núcleo antiguo, los siglos hicieron su trabajo. Cabello escribe Cumbillaya y Curicuillor; la tradición moderna recuerda Kumpi-Yaya y Kory-Koyllur. Entre unas formas y otras existe una distancia lingüística, histórica y cultural que no debe borrarse. Pueden haber intervenido cambios fonéticos, reinterpretaciones posteriores y nuevas formas de escritura. Lo prudente es respetar ambas capas: la del documento colonial y la de la construcción cultural posterior. No son idénticas, pero tampoco están desligadas entre sí. (Cabello Valboa, 1951).
Calmet Altamirano lleva ese material hacia otra dimensión. El silencio del aposento, el dolor de Huáscar, el regreso hacia Ica y la imagen de una estrella que permanece sobre el valle forman parte de una reconstrucción literaria que devuelve emoción y paisaje a una historia apenas esbozada por el cronista. Su aporte no consiste en ofrecer una prueba adicional, sino en convertir una referencia del pasado en una figura reconocible para el presente. Kumpi-Yaya deja entonces de ser solamente un personaje de la corte de Huáscar y se transforma en una expresión de pertenencia regional. (Calmet Altamirano, 2012).
El contexto histórico tampoco vuelve inverosímil su presencia en el Cusco. Las investigaciones realizadas en Chincha y otros valles de la costa sur muestran que estas sociedades mantenían vínculos estrechos con el Tahuantinsuyo mediante autoridades locales, intercambios, centros administrativos y relaciones políticas complejas. Esa evidencia no demuestra la existencia individual de Cumbillaya ni confirma cada episodio narrado por Cabello, pero sí permite entender que Ica y los valles vecinos formaban parte activa de redes que llegaban hasta el centro del poder imperial. La joven de Yca aparece, así, dentro de un escenario históricamente posible. (Dalton & Damián Domínguez, 2017).
Kumpi-Yaya ocupa hoy un lugar que exige algo más que entusiasmo o escepticismo. No corresponde reducirla a una fantasía sin raíces, porque detrás de su figura existe una fuente colonial concreta. Tampoco es responsable convertir cada detalle de la narración en certeza histórica. Su verdadera dimensión surge cuando se acepta esa complejidad: una joven nombrada en el siglo XVI, una historia que sobrevivió a sucesivas reinterpretaciones y una figura que terminó incorporándose al imaginario de Ica. Tal vez allí se encuentre su mayor fuerza. No en demostrarlo todo, sino en recordar que hay personajes del pasado que todavía esperan una investigación más profunda. Porque algunas historias no piden veneración: piden ser tomadas en serio. (Cabello Valboa, 1951; Calmet Altamirano, 2012).
Bibliografía
Cabello Valboa, M. (1951). Miscelánea antártica: Una historia del Perú antiguo. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. (Obra original concluida en 1586).
Calmet Altamirano, O. O. (2012). Añoranzas: Aportes a la historia regional iqueña. Edición del autor.
Dalton, J. A., & Damián Domínguez, N. (2017). Los incas en la costa: Investigando las transformaciones del sitio Las Huacas en el valle de Chincha. Cuadernos del Qhapaq Ñan, (5).
Lerner, I. (Ed.). (2011). Miscelánea antártica, de Miguel Cabello Balboa. Fundación José Manuel Lara.





















