Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

1 de setiembre del 2026

El cerco de Lima de 1536 fue uno de los episodios más críticos de la resistencia organizada por Manco Inca frente al avance español. La ofensiva formó parte de una guerra más amplia que buscó recuperar el control político del territorio andino y debilitar simultáneamente los principales núcleos de poder conquistador. Sin embargo, la imagen de dos bloques claramente definidos —españoles contra incas— resulta insuficiente. En los combates intervinieron también grupos indígenas que, por rivalidades previas, intereses regionales o estrategias de supervivencia, decidieron colaborar con los españoles. La guerra fue, por ello, mucho más compleja de lo que durante décadas sugirió una lectura lineal de la conquista. (Espinoza Soriano, 1976; Varón Gabai, 1993).

El problema histórico aparece al intentar determinar cuántos combatientes participaron, cuáles fueron sus motivaciones y hasta dónde llegó la responsabilidad de cada grupo. Buena parte de la información procede de probanzas elaboradas años después con fines jurídicos y políticos. A esos documentos se suma hoy una fuente distinta: los restos humanos recuperados en Puruchuco-Huaquerones y Huaca Bellavista. Los expedientes conservan memoria e intereses; los cuerpos conservan fracturas, impactos y señales de armas. Ninguno de estos registros puede ser interpretado de manera aislada. (Murphy et al., 2010; Gómez Torres, 2022).

El cerco de Lima y sus protagonistas

La rebelión de Manco Inca puso en serio peligro el dominio español en 1536. Mientras el Cuzco permanecía cercado, fuerzas dirigidas hacia la costa avanzaron sobre Lima bajo el mando de Quiso Yupanqui. Francisco Pizarro intentó enviar contingentes de auxilio al interior, pero varias expediciones fueron derrotadas. La situación mostró la fragilidad del poder conquistador, todavía dependiente de comunicaciones vulnerables, recursos locales y alianzas indígenas. (Espino López, 2012).

Estas alianzas tuvieron un peso decisivo. Las sociedades incorporadas al Tahuantinsuyo no habían perdido sus rivalidades ni sus intereses particulares. La llegada española alteró el equilibrio político y abrió nuevas posibilidades de negociación para determinados señoríos y linajes. Algunos vieron en los conquistadores una oportunidad para conservar posiciones o recuperar espacios de poder. Rafael Varón Gabai ha insistido en que estas decisiones deben interpretarse como estrategias políticas y no como adhesiones simples al bando español. (Varón Gabai, 1993).

El caso de Huaylas es especialmente revelador. Contarhuacho, vinculada a la élite regional y a Huayna Cápac, era madre de Quispe Sisa, luego conocida como Inés Huaylas Yupanqui. Esta última fue compañera de Francisco Pizarro y madre de Francisca Pizarro. Esa relación creó una red familiar y política que conectó directamente a la élite de Huaylas con el centro del poder conquistador. Waldemar Espinoza Soriano mostró que estas mujeres participaron dentro de estructuras capaces de movilizar recursos y negociar posiciones en medio del colapso del orden imperial. (Espinoza Soriano, 1976).

La probanza promovida por Francisco de Ampuero e Inés Yupanqui en 1556-1557 recoge testimonios sobre Contarhuacho y los servicios atribuidos a los huaylas. El expediente permite sostener que existió colaboración indígena con los españoles durante la crisis de Lima, pero las cifras y la magnitud exacta de esa ayuda deben examinarse con cautela. Un hecho puede estar bien documentado sin que todos los detalles transmitidos por una fuente judicial posean el mismo grado de certeza. (Espinoza Soriano, 1976).

Las probanzas: memoria, intereses y contradicciones

Las probanzas de méritos y servicios fueron documentos construidos para convencer. Quien las promovía buscaba demostrar lealtad, sacrificios o servicios a la Corona con el propósito de obtener reconocimiento o recompensa. Sus testimonios podían contener información cierta y, al mismo tiempo, presentarla de una manera favorable al interesado. Esa doble condición no disminuye su valor histórico, pero obliga a leerlas críticamente. (Varón Gabai, 1993).

La memoria colonial se convirtió pronto en un recurso político. Haber enviado guerreros, alimentos, cargadores o información podía transformarse años después en argumento para defender tierras, privilegios o posiciones hereditarias. Por eso determinadas familias indígenas insistieron en registrar sus servicios. No necesariamente inventaban su participación; la organizaban dentro de un relato útil frente al nuevo poder. El trabajo del historiador consiste en distinguir, hasta donde sea posible, entre el hecho recordado y el beneficio perseguido al recordarlo. (Varón Gabai, 1993).

María Rostworowski contribuyó de manera decisiva a recuperar el protagonismo de Contarhuacho, Inés Huaylas Yupanqui y Francisca Pizarro dentro de la historia de los primeros años coloniales. Su reconstrucción mostró que las redes familiares fueron también redes de poder. Sin embargo, la coincidencia entre varios testigos de una misma probanza no puede convertirse automáticamente en prueba de absoluta independencia, pues las declaraciones podían estar atravesadas por vínculos de parentesco, dependencia o interés común. (Rostworowski, 2003; Varón Gabai, 1993).

La misma prudencia es necesaria frente a los testimonios sobre la violencia ejercida durante las campañas. Antonio Espino López ha estudiado prácticas de castigo y terror empleadas durante la conquista y ha analizado acusaciones severas contra Alonso de Alvarado. Aunque algunos declarantes podían tener enemistades políticas, esa circunstancia no basta para descartar sus testimonios. La crítica histórica exige contrastar versiones sin perder de vista que la coerción extrema fue uno de los mecanismos utilizados para imponer autoridad en territorios donde los españoles eran una minoría. (Espino López, 2012).

Puruchuco y Bellavista: lo que revelan los cuerpos

Las investigaciones realizadas en Puruchuco-Huaquerones modificaron la discusión porque incorporaron una evidencia ajena a escribanos y tribunales. Melissa S. Murphy, Catherine Gaither, Elena Goycochea, John W. Verano y Guillermo Cock analizaron restos humanos asociados cronológicamente con el periodo de la conquista y encontraron una presencia significativa de traumatismos vinculados con episodios de violencia. La guerra dejó así de ser únicamente una narración escrita: también podía observarse en los huesos. (Murphy et al., 2010).

Pero los cuerpos no entregan nombres. Un traumatismo puede revelar la dirección de un impacto, sugerir un tipo de arma o mostrar la intensidad de una agresión, pero no identifica automáticamente al autor ni reconstruye todo el contexto político de una muerte. La bioarqueología amplía el conocimiento y permite contrastar las fuentes, aunque posee también límites interpretativos que deben ser respetados. (Murphy et al., 2010).

Huaca Bellavista añadió una pieza importante. Roxana Gómez Torres presentó evidencias correspondientes a nueve individuos con lesiones producidas por violencia interpersonal: seis mostraban impactos atribuibles a proyectiles de armas de fuego y otros tres heridas asociadas con armas andinas. Entre ellos había adultos y niños. La coexistencia de tecnologías bélicas distintas refuerza la imagen de un escenario en el que participaron españoles y combatientes indígenas situados en diferentes posiciones dentro del conflicto. (Gómez Torres, 2022).

En el cruce de estas fuentes aparece la verdadera complejidad del cerco de Lima. Las probanzas documentan la colaboración de determinados pueblos andinos con los españoles; la arqueología demuestra la intensidad material de la violencia en el valle. Lo que permanece abierto son las cifras exactas, las motivaciones particulares y las responsabilidades concretas detrás de cada muerte. Los documentos hablan desde los tribunales y fueron escritos para convencer. Los restos humanos hablan desde el silencio de la tierra y muestran las consecuencias de la guerra sin explicar por sí solos todas sus causas. Leídos juntos, permiten construir una historia más rigurosa, menos cómoda y también más cercana a la realidad de 1536. (Espinoza Soriano, 1976; Varón Gabai, 1993; Murphy et al., 2010; Gómez Torres, 2022).

Bibliografía

Espino López, Antonio. (2012). Granada, Canarias, América: el uso de prácticas aterrorizantes en la praxis de tres conquistas, 1482-1557. Historia, 45(2), 369-398. https://doi.org/10.4067/S0717-71942012000200001

Espinoza Soriano, Waldemar. (1976). Las mujeres secundarias de Huayna Cápac: dos casos de señorialismo feudal en el Imperio Inca. Revista del Museo Nacional, 42, 247-298.

Gómez Torres, Roxana. (2022). La resistencia andina en Lima a inicios de la ocupación española: las evidencias de Huaca Bellavista-Santa Anita. Arqueología y Sociedad, 36, 209-239. https://doi.org/10.15381/arqueolsoc.2022n36.e22163

Murphy, Melissa S., Gaither, Catherine, Goycochea, Elena, Verano, John W., & Cock, Guillermo. (2010). Violence and weapon-related trauma at Puruchuco-Huaquerones, Peru. American Journal of Physical Anthropology, 142(4), 636-649. https://doi.org/10.1002/ajpa.21291

Rostworowski, María. (2003). Doña Francisca Pizarro: Una ilustre mestiza, 1534-1598 (3.ª ed. rev. y aum.). Instituto de Estudios Peruanos.

Varón Gabai, Rafael. (1993). Estrategias políticas y relaciones conyugales. El comportamiento de incas y españoles en Huaylas en la primera mitad del siglo XVI. Bulletin de l’Institut Français d’Études Andines, 22(3), 721-737. https://doi.org/10.3406/bifea.1993.1135