Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
11 de julio del 2025
En una época donde los relatos sobre el pasado parecían reservados a los manuales escolares y a las voces graves de los adultos, apareció una serie que, con ternura, sabiduría y dibujo, nos llevó de la mano por los grandes momentos de la humanidad: Érase una vez… el hombre. Nacida en 1978 bajo la dirección del francés Albert Barillé, esta obra maestra de la animación europea logró un prodigio pocas veces visto en la televisión educativa: narrar la historia del mundo desde el Big Bang hasta el siglo XX con rigor, belleza y sentido del asombro. Con personajes entrañables como el Maestro, Pedro, Flor, Gordo y el malvado Enclenque, el relato avanzaba como un tapiz que cosía los siglos con hilos de humanidad, humor y reflexión.
Más que una serie para niños, fue un homenaje a la curiosidad, un manifiesto pacifista y una defensa de la memoria como acto civilizatorio. Cada episodio era una clase de historia con alma: las civilizaciones sumerias, las guerras púnicas, la Revolución Francesa, el Renacimiento, la Era Industrial. Pero no se trataba solo de hechos, sino de valores. En plena Guerra Fría, cuando el futuro se debatía entre la carrera armamentista y la esperanza de entendimiento, Érase una vez… el hombre apostó por el conocimiento compartido, el progreso ético y la paz entre los pueblos. Hoy, décadas después, sigue siendo una lección viva: no hay futuro sin memoria, ni infancia sin historias que nos enseñen a ser humanos.
El visionario detrás de la historia animada
En la segunda mitad del siglo XX, cuando Europa aún curaba las heridas de la guerra y el mundo abrazaba con entusiasmo las posibilidades educativas de la televisión, un nombre emergió con fuerza en el ámbito de la animación cultural: Albert Barillé. Nacido en Polonia en 1920 y radicado en Francia, Barillé fue un incansable promotor del conocimiento accesible. Su proyecto más ambicioso, Érase una vez… el hombre, vio la luz en 1978 como una serie de animación educativa que condensaba siglos de historia en episodios vibrantes, didácticos y visualmente inolvidables. Lo que parecía una utopía —enseñar historia mundial con dibujos animados— se convirtió en un hito que marcó generaciones de niños y adultos por igual (Barillé, 1981).
Barillé no fue un improvisado. Médico de formación y humanista por convicción, había fundado en 1963 la productora Procidis, que daría vida a todas sus series animadas. Pero fue el impacto del Mayo del 68 y la creciente demanda de contenidos educativos accesibles lo que lo impulsó a imaginar una obra monumental, capaz de recorrer la historia del hombre desde el Big Bang hasta nuestros días. Con la ayuda de asesores científicos e historiadores, y el respaldo de la televisión francesa FR3, Barillé dio forma a un universo que integraba la narrativa épica con rigor pedagógico. Su mirada no era neutra: buscaba enseñar, sí, pero también fomentar una conciencia crítica sobre el devenir humano (Mordillat, 1995).
La serie se emitió por primera vez en Francia entre 1978 y 1979, y fue rápidamente traducida a más de 40 idiomas. Su acogida fue espectacular. En América Latina, Europa del Este, Japón y diversos países africanos, Érase una vez… el hombre se convirtió en una herramienta de aprendizaje en escuelas y hogares. La animación no solo era colorida y efectiva, sino profundamente reflexiva. A través de episodios como “La Edad Media”, “El Renacimiento” o “La Revolución Francesa”, los niños entendían el paso del tiempo, la lucha de clases, el desarrollo científico, y también las consecuencias de la guerra y el autoritarismo. Era una historia contada desde la pedagogía de la paz y la cooperación (Lombard, 2003).
Barillé comprendió, antes que muchos, que enseñar historia era enseñar humanidad. Por eso dotó a sus creaciones de una estructura reiterativa, con personajes que se repetían en cada época, desempeñando distintos roles —el sabio Maestro, el codicioso Gordo, el noble Pedro—, lo que facilitaba la identificación emocional del espectador. Su método mezclaba el humor con la tragedia, la metáfora con el dato, y no eludía las sombras de la historia. Al contrario, las enfrentaba desde una ética humanista. En un mundo que vivía los ecos de la Guerra Fría, esta serie proponía otra forma de mirar el pasado: con asombro, pero también con responsabilidad (Carrière, 2006).
Los rostros del tiempo: personajes y pedagogía animada
Una de las grandes virtudes de Érase una vez… el Hombre fue la creación de un universo de personajes entrañables y simbólicos, capaces de atravesar los milenios sin perder su esencia ni su función didáctica. El sabio Maestro, con su larga barba blanca y su tono sereno, representa la memoria colectiva, el archivo de los pueblos, la encarnación de la historia misma. Le acompañan el Gordo y el Flaco, símbolos de la fuerza y la astucia; Pedro, el personaje central, representa al hombre común, al ciudadano universal que experimenta la historia en carne propia. Flora, su compañera, introduce una presencia femenina que, aunque secundaria en protagonismo narrativo, marca una constante en la evolución social de los tiempos. A lo largo de la serie, estos personajes no cambian sus rasgos pero sí sus ropajes y ocupaciones, adaptándose a cada contexto, desde las cavernas hasta los salones del poder, desde las pirámides hasta las fábricas (Barillé, 1981).
Esta constancia en los arquetipos no es un descuido, sino una estrategia pedagógica brillante: al mantener la familiaridad del rostro, el espectador —niño o adulto— puede concentrarse en los cambios culturales, tecnológicos y políticos que se suceden. El mensaje es claro: aunque las formas cambien, la esencia humana persiste. El Maestro está en la prehistoria con un bastón de madera, y también en la Edad Moderna con lentes y pergaminos. Pedro puede ser esclavo en Roma, guerrero medieval o campesino revolucionario; su mirada nunca deja de ser la de quien busca entender el mundo. Esta continuidad refuerza el vínculo emocional con la audiencia y facilita el aprendizaje progresivo, algo poco común en las producciones educativas de la época (Mordillat, 1995).
La serie no se limita a presentar una historia glorificada de Occidente. A pesar de estar enmarcada en una visión eurocéntrica —algo comprensible dada su producción francesa—, Érase una vez… el Hombre introduce episodios sobre civilizaciones no europeas como Egipto, China o el mundo islámico, y enfatiza los aportes científicos, filosóficos y culturales de cada uno. Sin embargo, no esconde las sombras del progreso: la guerra, la esclavitud, la ignorancia, el colonialismo y la ambición están presentes como parte inherente del devenir humano. El villano Enclenque, acompañado de sus secuaces, aparece siempre que surge la injusticia o el abuso, recordándonos que la historia también es lucha entre el bien y el mal, entre la razón y la violencia, entre la memoria y el olvido (Carrière, 2006).
En el Perú, esta serie encontró eco profundo. Emitida por televisión abierta durante los años ochenta y noventa, fue parte de una generación formativa que creció entre apagones y crisis, pero también entre libros escolares y pantallas familiares. Ver a Pedro construyendo pirámides o a Flora cultivando trigo no era solo un viaje al pasado: era una forma de entender la raíz del presente. En muchos hogares peruanos, Érase una vez… se convirtió en una clase de historia paralela, gratuita, visual, accesible, sin necesidad de uniforme ni cuaderno. Los docentes la recomendaron, los padres la celebraron y los niños la atesoraron, convirtiendo a sus personajes en parte de la mitología íntima de varias generaciones (Lombard, 2003).
El relato coral del tiempo: personajes y estructura narrativa
La riqueza de Érase una vez… el Hombre reside no solo en su visión panorámica de la historia humana, sino también en la construcción de sus entrañables personajes. El Maestro, figura central y símbolo de la sabiduría acumulada a través de los siglos, encarna al historiador ideal: paciente, observador, y siempre presente en los momentos clave de la humanidad. Junto a él, una variedad de figuras —los niños, la mujer curiosa, el fortachón, el antagonista— permiten a los espectadores identificarse con diferentes formas de interactuar con la historia. Esta estructura coral, con personajes recurrentes que adoptan distintos roles según la época, crea un lazo emocional con el espectador y facilita la comprensión de procesos complejos al humanizarlos y dotarlos de continuidad narrativa (Barillé, 1981).
Cada episodio propone un equilibrio entre fidelidad histórica y estilo pedagógico. Las tramas están ancladas en hechos reales, cuidadosamente seleccionados y contextualizados para que puedan ser entendidos por el público infantil sin perder rigor. La inclusión de elementos simbólicos —como el reloj del tiempo o el tren del progreso— refuerza la noción de avance histórico sin caer en el simplismo. Esta técnica, innovadora en su época, permitía al espectador joven no solo aprender fechas y nombres, sino también captar los grandes movimientos sociales, económicos y científicos que marcaron el devenir de la humanidad (Carrière, 2006).
Asimismo, el antagonista recurrente —el “malvado” con bigotes— no representa un personaje histórico específico, sino la constante oposición a la justicia, al conocimiento o al progreso. Es el bárbaro, el dictador, el explotador, según el contexto del episodio. Esta decisión estilística es una clara manifestación de la intención ética de la serie, que más allá de informar, buscaba formar una sensibilidad crítica en los niños. Al plantear que la historia no es solo una sucesión de hechos sino una lucha continua entre el bien y el mal, la serie asumía una postura pedagógica firme que no rehuía el conflicto (Mordillat, 1995).
Este enfoque moral y narrativo también se reflejaba en la forma en que las mujeres eran representadas: aunque no protagonistas, sí aparecían como agentes de cambio, como madres, científicas o enfermeras. En una época donde la televisión educativa aún estaba dominada por estereotipos, Érase una vez… el Hombre intentaba ofrecer un relato más inclusivo, aunque no exento de limitaciones. La integración de valores humanistas —el respeto por la vida, la cooperación entre pueblos, la importancia del conocimiento— transformó la serie en una herramienta cultural potente que trascendió su propósito inicial de entretenimiento (Lombard, 2003).
Recepción en América Latina: una ventana europea para la infancia del sur
En América Latina, y especialmente en países como Perú, Érase una vez… el Hombre fue más que un programa de televisión: fue una cátedra ilustrada emitida por la pantalla chica. Llegó a través de canales estatales o educativos durante las décadas de 1980 y 1990, y para muchos niños —particularmente de sectores medios— fue el primer contacto estructurado con la historia universal. En un continente donde los planes de estudio a menudo relegaban los contenidos humanistas y donde el acceso a bibliografía ilustrada era limitado, esta serie se convirtió en un aliado inesperado de maestros, padres y escolares. Su lenguaje visual, narrativo y pedagógico permitió que episodios como la Revolución Francesa, el descubrimiento de América o la Grecia clásica se fijaran en la memoria de generaciones completas (Lombard, 2003).
En Perú, su emisión coincidió con años de crisis institucional y violencia política, lo que no impidió —sino que quizás potenció— su recepción positiva. En un país donde el conflicto armado, el centralismo y la pobreza hacían de la educación un bien frágil, las emisiones de Érase una vez… ofrecían una pausa esperanzadora y formativa. Su doblaje latino, respetuoso del original y adaptado con sensibilidad cultural, permitió una identificación amplia. Los niños reconocían en sus pantallas una humanidad compartida, un pasado común y un horizonte posible. La figura del Maestro se volvió sinónimo de sabiduría accesible, y muchos aún recuerdan sus lecciones con afecto y nostalgia (Barillé, 1981).
El impacto también fue significativo en el imaginario escolar. Profesores y profesoras de historia utilizaron capítulos enteros para introducir temas complejos, explicar procesos y, sobre todo, entusiasmar a sus estudiantes. En bibliotecas populares o sesiones comunitarias, no era raro ver proyectores improvisados que compartían episodios de la serie como si fueran cine-foros históricos. Esa versatilidad, sumada a la estructura episódica y autoconclusiva, la convirtió en una herramienta didáctica flexible, más cercana al método socrático que al currículo rígido. Incluso en facultades de educación, algunos docentes la recomendaban como modelo de “narrativa histórica pedagógica” (Carrière, 2006).
Hoy, a más de cuatro décadas de su primera emisión, la serie sigue circulando en plataformas digitales y sigue formando parte del recuerdo colectivo. Su revaloración como patrimonio audiovisual educativo se da no solo en Europa, sino también en América Latina, donde fue adoptada con fervor. La serie demostró que la historia, bien contada, puede ser comprendida y amada incluso por los más pequeños. En un mundo cada vez más saturado de estímulos visuales efímeros, Érase una vez… el Hombre permanece como un ejemplo de televisión cultural bien lograda, donde el conocimiento, la estética y la ética convivieron sin cinismo (Mordillat, 1995).
Referencias
Barillé, A. (1981). Il était une fois… l’Homme. Francia: Procidis.
Carrière, J. (2006). L’héritage des dessins animés culturels. Marseille: : Éditions du Temps.
Lombard, D. (2003). La télévision pédagogique en France. Paris: CNDP.
Mordillat, G. &. (1995). La fabuleuse histoire des séries éducatives. Paris: Éditions INA.


















