Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
13 de octubre del 2026
Un paseo por el parque puede comenzar con una decisión difícil: chocolate, vainilla o fresa. Mientras escogemos, pocas veces prestamos atención a esa pequeña pieza de masa que sostendrá el helado y que también terminaremos comiendo. Estamos tan acostumbrados a ella que parece haber acompañado siempre al postre. Sin embargo, el cono tiene su propia historia y nos permite observar cómo una solución sencilla puede modificar nuestros hábitos (Eschner, 2017).
Para conocerla debemos acercarnos a las cocinas, los talleres y los puestos donde los vendedores buscaban nuevas maneras de atender al público. En ese recorrido encontramos una feria, varios nombres que reclaman la invención y antecedentes que complican la elección de un único creador. La historia más difundida nos lleva a San Luis, Estados Unidos, en 1904, aunque los recipientes comestibles ya tenían un camino recorrido. ¿Qué ocurrió entonces para que aquella combinación encontrara un lugar en nuestras costumbres? (Allen, 2013).
Cuando también se podía comer el recipiente
Durante el siglo XIX, algunos vendedores británicos servían el helado en pequeños vasos conocidos como penny licks, que pasaban de un cliente a otro y cuya limpieza podía dejar mucho que desear. La repostería ofrecía otra posibilidad: en 1888, Agnes Marshall publicó una receta de cucuruchos que podían rellenarse con preparaciones heladas. Comer el recipiente era una idea que ya tenía espacio en la cocina (Eschner, 2017).
Llevar esa posibilidad a la calle requería encontrar una manera de fabricar las piezas. Antonio Valvona, un italiano establecido en Manchester, desarrolló un aparato para hornear pequeñas copas de galleta y obtuvo una patente estadounidense en 1902. Su descripción contemplaba expresamente la venta callejera de helado dentro de ellas. Pensemos por un momento en la utilidad para el comerciante: podía entregar el producto con su recipiente sin esperar que el comprador se lo devolviera. La galleta adquiría así una doble función, pues sostenía el helado mientras pasaba a formar parte de lo que se ofrecía al público (Valvona, 1902).
En Nueva York, Italo Marchiony trabajaba sobre otra dificultad. Había que retirar del molde aquellas copas de masa sin romperlas, porque de poco servía conseguir la forma deseada si se perdía al extraerla. Su patente, concedida en diciembre de 1903, describía un mecanismo que facilitaba esa operación. Encontramos aquí una de esas mejoras que suelen pasar inadvertidas para el consumidor, pero que permiten convertir una idea en un producto utilizable. El documento demuestra que antes de la exposición de San Luis ya se buscaban soluciones para fabricar recipientes comestibles; no resuelve, por sí mismo, la discusión sobre quién inventó el cono (Marchiony, 1903).
El encuentro entre la oblea y el helado
La feria de 1904 dejó una anécdota que todavía acompaña esta historia. Según la versión recogida por Erin Allen, los hermanos Charles y Frank Menches se quedaron sin recipientes para vender sus helados y encontraron una salida en las obleas de Ernest Hamwi, que tenía un puesto vecino. Charles las habría comprado y enrollado para continuar atendiendo. Podemos imaginar el atractivo del relato: una dificultad comercial resuelta con lo que estaba al alcance de la mano. Sin embargo, la propia autora advierte que se trata de una leyenda popular. La escena ayuda a contar la historia, pero no permite establecer una autoría definitiva (Allen, 2013).
La exposición sí contribuyó a dar a conocer el cono entre un público que recorría sus atracciones. Su ventaja se entendía al usarlo: el visitante podía comer y seguir caminando, sin necesitar una cuchara. De esta manera, el recipiente se adaptaba al movimiento de la feria y hacía del helado un compañero de paseo (Eschner, 2017).
Para ampliar su fabricación también hacía falta organizar el trabajo. Frederick A. Bruckman obtuvo en 1913 una patente para una máquina automática que coordinaba distintas operaciones de elaboración, desde el manejo de los moldes y la masa hasta el recorte de los sobrantes. La novedad estaba en reunir tareas que debían repetirse para obtener cada pieza. Al seguir este proceso podemos comprender que la difusión de un invento depende también de quienes encuentran cómo producirlo: entre la idea inicial y el mostrador hay un trabajo que el comprador rara vez llega a conocer (Bruckman, 1913).
Una costumbre que sigue de paseo
Las fotografías nos permiten salir del taller y encontrarnos con quienes incorporaron el cono a sus días de descanso. En una imagen de 1938 aparecen niños comiendo helados durante un festival en Luisiana; otra, tomada en 1941, recoge la misma actividad en una feria de Georgia. Al observarlas reconocemos una escena familiar, aunque hayan cambiado la ropa, los rostros y los lugares. El helado participa de la celebración y ocupa un pequeño espacio entre las diversiones de la jornada (Finefield, 2025).
Podemos volver entonces a la propuesta de Valvona y reconocer cuánto significaba aquella doble función de la galleta. Para el vendedor era una manera de entregar su producto; para el comprador, la posibilidad de llevarlo consigo y comerse después el recipiente. Ambos participaban de una misma transformación desde necesidades diferentes. En ese acuerdo cotidiano podemos entender la utilidad del invento: una modificación en la forma de servir facilitaba también otra manera de consumir (Valvona, 1902).
Vistas desde el presente, aquellas fotografías muestran algo más que un producto que ha perdurado. Nos acercan a una costumbre que seguimos compartiendo: detenernos a escoger un sabor, acompañar a los niños, prolongar la conversación mientras termina el helado. Allí podemos reconocer cómo ciertos objetos se incorporan a nuestra vida hasta dejar de parecernos una novedad. El cono encontró su lugar en esos momentos sencillos que repetimos y transmitimos, casi sin advertirlo, de una generación a otra (Finefield, 2025).
Bibliografía
Erin Allen (2013, 23 de julio). One Scoop or Two. Library of Congress.
https://blogs.loc.gov/loc/2013/07/one-scoop-or-two/
Frederick A. Bruckman (1913). Automatic pastry-making machine. Patente US1071027A.
https://patents.google.com/patent/US1071027A/en
Kat Eschner (2017, 22 de septiembre). The Amazing, Portable, Edible Ice Cream Cone. Smithsonian Magazine.
https://www.smithsonianmag.com/smart-news/amazing-portable-edible-ice-cream-cone-180964939/
Kristi Finefield (2025, 26 de junio). One Scoop or Two? Ice Cream Cones for Summer Relief. Library of Congress.
https://blogs.loc.gov/picturethis/2025/06/one-scoop-or-two-ice-cream-cones-for-summer-relief/
Italo Marchiony (1903). Mold. Patente US746971A.
https://patents.google.com/patent/US746971A/en
Antonio Valvona (1902). Apparatus for baking biscuit-cups for ice-cream. Patente US701776A.
https://patents.google.com/patent/US701776A/en





















