Artículo de información
Jorge Aristides Malqui Espino, José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
21 de octubre del 2025
El eco de la Guerra del Pacífico aún resuena con fuerza en el sur peruano, especialmente en Ica, donde el coraje anónimo del pueblo se alzó contra la ocupación chilena. En 1882, cuando las tropas invasoras habían tomado Lima y extendían su dominio, la región iqueña se convirtió en un foco vital de resistencia. Campesinos, artesanos, antiguos esclavos y montoneros se organizaron en guerrillas improvisadas, decididos a defender su tierra palmo a palmo (Calmet Altamirano, 2020).
Esta historia no la cuentan los manuales escolares, pero late viva en la memoria colectiva. Los protagonistas no fueron generales con medallas ni notables con apellidos ilustres. Fueron los cholos, los viñateros, los hijos del sol y la arena. En las calles, en las quebradas, en los cerros, nació la epopeya de El Cerrillo y la Hecatombe de Ica: dos jornadas de sangre y dignidad que aún exigen su sitio en la conciencia nacional (Obando, 2024).
Ica en armas: el pueblo contra el invasor
En los meses previos al combate decisivo, la provincia de Ica vivía bajo la ocupación chilena. Tras la caída de Lima en 1881, guarniciones enemigas se establecieron en ciudades y haciendas del sur peruano. Sin embargo, lejos de someterse, la población iqueña comenzó a organizar la resistencia (Calmet Altamirano, 2020).
El liderazgo surgió de hombres como Octavio Bernaola y el coronel Manuel Cisneros. Bajo su comando, partidas de montoneros se reunieron en caseríos armadas con escopetas antiguas, machetes y lanzas hechizas. Mientras tanto, en las casonas de Ica, muchos dueños de hacienda optaban por mantenerse al margen del levantamiento (Obando, 2024).
A fines de septiembre de 1882, los guerrilleros iqueños tomaron posiciones en el paraje de El Cerrillo, en San José de Los Molinos. Allí improvisaron un reducto para cortar el avance chileno hacia la sierra central. Junto a los hombres, Catalina Buendía de Pecho organizaba a mujeres y ancianos para apoyar la defensa (INEI, 2000).
Del lado chileno, la fuerza expedicionaria contaba con soldados veteranos y mejor armados. El 2 de octubre, las montoneras peruanas lanzaron su ataque sobre El Cerrillo. El enfrentamiento fue encarnizado y sangriento, librado entre dunas y viñedos secos. Tras dos horas de combate, los peruanos fueron vencidos, aunque no doblegados (Calmet Altamirano, 2020).
El sacrificio de Catalina Buendía: astucia y valor
En medio de la retirada peruana, emergió la figura indómita de Catalina Buendía de Pecho. Había peleado junto a su esposo y su hijo, lanzando piedras desde lo alto de una lomada para hostigar al enemigo. Con astucia, preparó cántaros de chicha envenenada con semillas de piñón y hierbas del desierto, y los ofreció como «chicha de la victoria» a los oficiales chilenos (Magallanes, 2024).
Catalina bebió primero, para disipar sospechas. Los soldados invasores, agotados y engañados por la aparente hospitalidad, aceptaron la bebida. Pronto se dieron cuenta del veneno cuando Catalina comenzó a convulsionar ante sus ojos. Presas del pánico y la furia, reaccionaron violentamente contra ella (Obando, 2024).
Las versiones orales sostienen que fue asesinada brutalmente: algunos dicen que la atravesaron con una bayoneta, otros que fue ultimada con un disparo a quemarropa. Su cuerpo quedó tendido en el campo de batalla como símbolo inmortal de rebeldía femenina. En su último aliento, según la tradición, pidió paz para su pueblo (INEI, 2000).
Su historia trascendió las fronteras de Los Molinos. Desde entonces, Catalina Buendía de Pecho es recordada como una heroína anónima que enfrentó al invasor con el único recurso que tenía: su valor y su ingenio. Su gesta, aunque silenciada por la historia oficial, permanece viva en la memoria de Ica (Calmet Altamirano, 2020).
La hecatombe de Ica: fuego y castigo
Al día siguiente del combate, el 3 de octubre de 1882, las tropas chilenas ingresaron a la ciudad de Ica con sed de venganza. Lo que siguió fue una masacre. Más de ochenta civiles fueron ejecutados sin juicio, muchos de ellos acusados de haber colaborado con los montoneros. La sangre corrió por las calles adoquinadas de la ciudad (Magallanes, 2024).
Los soldados no distinguieron entre combatientes y civiles. Hombres, mujeres y hasta ancianos fueron arrastrados de sus casas, golpeados y fusilados en la Plaza de Armas. El miedo se apoderó de la ciudad mientras los campanarios, antes símbolo de fe, quedaron mudos ante la barbarie (Obando, 2024).
No contentos con la masacre, los invasores prendieron fuego a barrios enteros. Las casas de quienes simpatizaban con la resistencia fueron destruidas y saqueadas. El distrito de Santiago quedó reducido a cenizas. Ica, que había conocido la prosperidad del sol y el vino, quedó convertida en páramo de muerte (INEI, 2000).
Sin embargo, la represión chilena no logró borrar el espíritu rebelde de los iqueños. Las mujeres comenzaron a salir cada 3 de octubre vestidas de negro, en señal de luto y dignidad. Así nació una tradición silenciosa que conmemora a los caídos, aun sin el respaldo de ceremonias oficiales (Calmet Altamirano, 2020).
Pueblo firme, élites ausentes
El episodio de El Cerrillo y la hecatombe posterior dejaron al descubierto dos rostros del Perú de entonces: el coraje de los humildes y la indiferencia de ciertas élites. Mientras campesinos, mestizos, artesanos y hasta esclavos libertos entregaban su vida por la patria, muchas familias adineradas se encerraban en sus mansiones o colaboraban con el enemigo (Obando, 2024).
La resistencia iqueña fue sostenida por montoneros sin uniforme, sin paga y sin reconocimiento oficial. Hombres como Octavio Bernaola y mujeres como Catalina Buendía no esperaban recompensas: peleaban por deber moral y orgullo territorial. Su legado vive en cada cerro de Ica, en cada nombre que aún falta inscribir en mármol (INEI, 2000).
En cambio, muchas élites se vendieron por temor a perder propiedades. Algunos proporcionaron víveres a los chilenos, otros denunciaron a sus propios vecinos. Esa traición velada fue tan dolorosa como las balas enemigas, porque demostró que la patria no siempre muere en manos del invasor, sino por las grietas internas (Calmet Altamirano, 2020).
A 143 años de aquella gesta, Ica aún espera justicia histórica. No hay un monumento nacional en El Cerrillo, ni día de duelo oficial el 3 de octubre. Pero en cada familia iqueña que recuerda, en cada maestro que enseña el nombre de Catalina Buendía, la patria sigue viva. Porque como dijo uno de los suyos: “Nuestros muertos no son archivo, son bandera” (Magallanes, 2024).
Referencias
Calmet Altamirano, Ó. (20 de Julio de 2020). Revista Bicentenarioica. Obtenido de Identidad regional en el 457° aniversario de fundación de Ica. Revista Bicentenario Ica.: https://revistabicentenarioica.blogspot.com/2020/06/identidad-regional-en-el-457_16.html
INEI. (2000). Conociendo Ica. Peru: Instituto Nacional de Estadística e Informática.
Magallanes, D. (11 de Julio de 2024). La República. Obtenido de La mujer que luchó en la Guerra del Pacífico y envenenó con ‘chicha de la victoria’ a soldados chilenos: https://larepublica.pe/mundo/2024/07/10/catalina-buendia-de-pecho-la-mujer-que-lucho-en-la-guerra-del-pacifico-y-enveneno-con-chicha-de-la-victoria-a-soldados-chilenos-472050?utm_source=chatgpt.com
Obando, M. (29 de Abril de 2024). Infobae. Obtenido de Catalina Buendía de Pecho: así fue como una mujer derrotó al ejército chileno con chicha: https://www.infobae.com/peru/2024/04/25/catalina-buendia-de-pecho-asi-fue-como-una-mujer-derroto-al-ejercito-chileno-con-chicha/?utm_source=chatgpt.com



















