Artículo de información
Jorge Aristides Malqui Espino, José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
14 de abril del 2026
En el universo de las tradiciones alimentarias peruanas, pocas expresiones condensan con tanta claridad la relación entre memoria colectiva, religiosidad y vida urbana como el pan de dulce de Semana Santa en Ica. Su estudio permite ingresar a una dimensión donde lo culinario deja de ser un simple acto doméstico para convertirse en un registro cultural de largo aliento. Lejos de tratarse de una práctica anecdótica, este pan revela la forma en que una comunidad ha construido símbolos compartidos a partir de hábitos reiterados en el tiempo, especialmente durante una de las celebraciones más significativas del calendario cristiano. En ese sentido, la documentación hemerográfica resulta fundamental, pues conserva huellas que permiten reconstruir no solo la existencia del producto, sino también su evolución social y económica dentro de la ciudad (La Voz de Ica, 2026).
La dimensión nacional del pan de dulce refuerza su importancia como objeto de estudio. En Lima, durante buena parte del siglo XX, este producto formó parte del paisaje sonoro y comercial de la Semana Santa, siendo anunciado en diarios y ofrecido por panaderos que recorrían la ciudad con pregones característicos. Esta práctica evidencia que no se trataba de una costumbre aislada, sino de un fenómeno extendido en el Perú urbano, donde la alimentación festiva se integraba a dinámicas económicas y sociales específicas. La comparación permite entender que, si bien Ica desarrolló rasgos propios, el pan de dulce se inscribe en una tradición mayor que vincula religión, comercio y vida cotidiana (Andonaire Villegas, 2023).
La prensa como archivo de la vida cotidiana
El valor de la prensa como fuente histórica radica en su capacidad para registrar aquello que rara vez aparece en los documentos oficiales: la vida diaria. En el caso del pan de dulce iqueño, los periódicos permiten seguir su presencia en anuncios comerciales, menciones sociales y referencias culturales que, acumuladas, configuran una narrativa consistente sobre su importancia en la ciudad. Esta evidencia confirma que los diarios no solo informaban sobre política o economía, sino que también funcionaban como cronistas involuntarios de prácticas domésticas que hoy resultan esenciales para comprender la identidad local (Junchaya Paredes, 2025).
La investigación histórica reciente ha demostrado que la construcción de la identidad iqueña no depende exclusivamente de grandes acontecimientos, sino también de la persistencia de hábitos compartidos. En ese contexto, el pan de dulce de Semana Santa aparece como un elemento articulador de memoria, capaz de conectar generaciones a través de una práctica reiterada y reconocible. Su presencia en la prensa no es casual: responde a su relevancia social, a su circulación en espacios públicos y a su valor simbólico dentro de la comunidad (Junchaya Paredes, 2025).
La conservación de estos registros resulta, por tanto, indispensable. Sin ellos, gran parte de la historia cultural de Ica quedaría reducida a fragmentos incompletos o a recuerdos imprecisos. La hemerografía no solo documenta la existencia del pan de dulce, sino que permite comprender las condiciones en las que fue producido, comercializado y consumido, ofreciendo una mirada integral sobre su papel en la sociedad (Junchaya Paredes, 2025).
Este enfoque obliga a reconsiderar el lugar de las tradiciones alimentarias dentro de la historiografía. Lejos de ocupar un espacio marginal, estas prácticas constituyen una vía privilegiada para acceder a los modos de vida, las relaciones sociales y los valores de una comunidad, especialmente cuando se analizan a partir de fuentes contemporáneas a los hechos (Junchaya Paredes, 2025).
Oficio y transmisión: el legado de los panaderos
El desarrollo del pan de dulce en Ica no puede entenderse sin la presencia de figuras clave dentro del ámbito panadero y pastelero. Antonio Polanco y Temístocles Villar representan dos trayectorias que confluyen en la consolidación de esta tradición, no solo como productores, sino como referentes de un oficio que combinaba técnica, innovación y prestigio social. Sus nombres aparecen asociados a la calidad del producto y a la expansión de la cultura repostera en la ciudad (La Voz de Ica, 2026).
La trayectoria de Villar resulta especialmente significativa, pues evidencia la circulación de conocimientos entre Lima e Ica. Su experiencia en establecimientos reconocidos de la capital le permitió introducir en la ciudad prácticas vinculadas a la dulcería fina, elevando el estándar local y contribuyendo a la diversificación de la oferta gastronómica. Este proceso demuestra que la tradición no es estática, sino que se construye a partir de intercambios y adaptaciones (La Voz de Ica, 2026).
Por su parte, Polanco desempeñó un papel clave en la apropiación y difusión de estas innovaciones, integrándolas a su propia producción y transmitiéndolas a nuevas generaciones de panaderos. Este proceso de enseñanza permitió que el pan de dulce se mantuviera vigente, incluso cuando sus características originales comenzaron a transformarse con el paso del tiempo (La Voz de Ica, 2026).
La continuidad del oficio, sostenida por aprendices y sucesores, confirma que el pan de dulce no es solo un producto, sino un saber en movimiento. Su permanencia depende tanto de la fidelidad a la tradición como de la capacidad de adaptación a nuevas condiciones económicas y sociales, lo que explica su vigencia hasta la actualidad (La Voz de Ica, 2026).
Transformaciones de la receta y permanencia simbólica
La evolución del pan de dulce refleja los cambios experimentados por la sociedad iqueña a lo largo del siglo XX. Si bien su forma característica se ha mantenido, la receta ha sufrido modificaciones que han simplificado su elaboración, eliminando algunos de sus componentes originales. Este proceso responde a factores diversos, entre ellos la disponibilidad de insumos y las condiciones del mercado (La Voz de Ica, 2026).
A pesar de estas transformaciones, el pan de dulce conserva su valor simbólico. Su asociación con la Semana Santa le otorga un carácter ritual que trasciende su composición material, convirtiéndolo en un elemento central de la celebración. Esta persistencia demuestra que el significado cultural de un alimento puede mantenerse incluso cuando sus características físicas cambian (Ministerio de Cultura del Perú, s. f.).
La dimensión simbólica del pan de dulce se refuerza a través de la literatura. La célebre comparación de Abraham Valdelomar, quien describió a Manuel como “bueno como el pan de Semana Santa”, evidencia que este alimento formaba parte del imaginario moral de la época y que su presencia excedía la mesa para instalarse en el lenguaje afectivo y cultural del sur peruano (Valdelomar, 1917, p. 59).
Este vínculo entre alimento y valor moral no es casual. Responde a una tradición en la que la comida cumple funciones que van más allá de la nutrición, actuando como vehículo de significados sociales y afectivos. En el caso del pan de dulce, su asociación con la bondad y la generosidad refuerza su papel dentro de la cultura iqueña (Valdelomar, 1917).
El pan como gesto de comunidad
La práctica de obsequiar pan de dulce durante la Semana Santa constituye uno de los aspectos más significativos de esta tradición. Este gesto, extendido incluso a los sectores más vulnerables, revela una concepción de la convivencia basada en el compartir, donde el alimento se convierte en un medio para fortalecer los lazos sociales (La Voz de Ica, 2026).
El acto de regalar pan no solo responde a una costumbre religiosa, sino que expresa una ética comunitaria en la que el otro es reconocido como parte del mismo tejido social. En ese sentido, la tradición trasciende su dimensión ritual para convertirse en una práctica de integración (Ministerio de Cultura del Perú, s. f.).
Esta lógica del compartir encuentra paralelos en otras tradiciones alimentarias del Perú, donde los alimentos festivos cumplen funciones similares. Sin embargo, el caso iqueño destaca por la persistencia de esta práctica y por su fuerte arraigo en la memoria local (Ministerio de Cultura del Perú, s. f.).
La vigencia del pan de dulce de Semana Santa plantea, finalmente, un desafío: preservar no solo la receta, sino el sentido profundo que la sustenta. Mantener viva esta tradición implica reconocer su valor como patrimonio cultural y asumir la responsabilidad de transmitirla en toda su complejidad histórica y social (La Voz de Ica, 2026).
Bibliografía
Andonaire Villegas, J. P. (2023). Semana Santa: sus primeras celebraciones en Lima y su evolución. El Comercio.
Junchaya Paredes, M. E. (2025). Cuatro hitos de iqueñidad: La construcción de la identidad colectiva en la provincia de Ica. Universidad de Piura.
La Voz de Ica. (2026, 4 de abril). Preludios iquenses (VI). El pan de dulce de Semana Santa: entre Polanco y Villar. Facebook.
Ministerio de Cultura del Perú. (s. f.). Casa de la Gastronomía Peruana.
Valdelomar, A. (1917). Yerba santa. En Cuentos completos.



















