Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
9 de junio del 2026
A más de medio siglo de la tragedia que conmovió al Perú y al mundo, Yungay continúa siendo mucho más que el nombre de una ciudad desaparecida. Su historia no se limita a los dramáticos acontecimientos del 31 de mayo de 1970 ni a las cifras de muertos que suelen acompañar cualquier referencia al terremoto de Áncash. Antes de convertirse en símbolo de una de las mayores catástrofes naturales de América Latina, Yungay fue una comunidad dinámica, profundamente integrada a la vida del Callejón de Huaylas y estrechamente vinculada a las montañas que dominaban el horizonte. Allí transcurrieron generaciones enteras dedicadas al comercio, la agricultura, la educación y la vida familiar. Sus calles de adobe, sus plazas y sus iglesias formaban parte de una geografía humana construida lentamente a lo largo de los siglos. Cuando la ciudad desapareció bajo una inmensa masa de hielo, roca y lodo, no solo quedaron sepultadas viviendas y edificios públicos; también quedó enterrada una forma de vida cuya memoria todavía sobrevive en los relatos de los sobrevivientes y en el recuerdo transmitido por sus descendientes. (Instituto Geofísico del Perú [IGP], 2020).
La antigua Yungay posee una singularidad que pocas ciudades destruidas comparten. No fue reconstruida sobre sus ruinas ni absorbida por la expansión urbana de las décadas posteriores. El lugar donde existió permanece conservado como un gran camposanto nacional, una extensión de terreno donde la naturaleza y la memoria conviven sobre los restos de una ciudad que continúa bajo la superficie. Quienes visitan hoy ese espacio encuentran palmeras sobrevivientes, monumentos conmemorativos y senderos de reflexión, pero bajo sus pasos permanecen las calles, los hogares, los comercios y los objetos cotidianos que formaron parte de la vida de miles de personas. Esa condición convierte a Yungay en un caso excepcional dentro de la historia peruana: una ciudad desaparecida físicamente, pero presente en la conciencia colectiva del país. Su historia es la de una comunidad que existió plenamente antes de la tragedia y cuya memoria continúa desafiando al tiempo. (Instituto Nacional de Defensa Civil [INDECI], 2020).
La ciudad bajo el Huascarán
Antes de 1970, Yungay era una de las localidades más importantes del Callejón de Huaylas. Situada en un valle fértil y favorecida por las rutas de comunicación de la región, había desarrollado una economía basada principalmente en la agricultura y el comercio. Los campos cercanos producían frutas, cereales y otros cultivos que abastecían a los mercados locales, mientras la actividad comercial mantenía una relación constante con ciudades como Huaraz, Caraz y otras poblaciones de Áncash. La vida económica no era la de una gran capital regional, pero sí la de una ciudad que desempeñaba un papel relevante dentro de la dinámica social y productiva del departamento. Sus habitantes encontraban en ella oportunidades de trabajo, educación y desarrollo comunitario que fortalecían el arraigo hacia el territorio. (IGP, 2020).
La arquitectura urbana reflejaba el carácter tradicional de los pueblos andinos de mediados del siglo XX. Las casas de adobe con techos de teja dominaban el paisaje urbano. Muchas poseían amplios patios interiores donde se desarrollaba buena parte de la vida familiar. Las calles convergían hacia una plaza principal que servía como centro de encuentro para comerciantes, autoridades, estudiantes y vecinos. La iglesia ocupaba un lugar destacado dentro de la ciudad y las festividades religiosas marcaban el calendario colectivo. A diferencia de las ciudades que crecían aceleradamente por efecto de la migración y la modernización, Yungay conservaba una identidad relativamente estable, moldeada por costumbres transmitidas de generación en generación. (Ministerio de Cultura, 2020).
Los testimonios recogidos después del desastre suelen coincidir en un aspecto fundamental: la sensación de cercanía entre los habitantes. Las familias se conocían entre sí, las celebraciones congregaban a gran parte de la población y las relaciones sociales se construían sobre vínculos de confianza desarrollados a lo largo de los años. La ciudad tenía el ritmo característico de los espacios donde la vida comunitaria continúa siendo un elemento central de la existencia cotidiana. Las festividades patronales, los encuentros familiares y las actividades escolares fortalecían una identidad compartida que permitía a los habitantes reconocerse como parte de una misma comunidad. (INDECI, 2020).
Sobre todo ello se elevaba la presencia constante del Huascarán. La montaña dominaba el paisaje y formaba parte inseparable de la identidad local. Su imagen aparecía cada mañana en el horizonte y acompañaba las actividades diarias de los habitantes. Para la mayoría de ellos, el nevado era un símbolo de belleza, grandeza y permanencia. La posibilidad de que aquella montaña pudiera convertirse en el origen de una tragedia de dimensiones históricas parecía, sencillamente, inimaginable. (Centro Peruano Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres [CISMID], 2020).
El último domingo
La mañana del 31 de mayo de 1970 comenzó como cualquier otra jornada dominical. Las familias asistieron a ceremonias religiosas, visitaron a sus parientes o aprovecharon el descanso para compartir el tiempo libre. Los comercios desarrollaban sus actividades habituales y la ciudad conservaba la tranquilidad característica de un domingo en los Andes. Nadie sospechaba que aquella sería la última vez que Yungay existiría como una ciudad viva.
A las 3:23 de la tarde, un poderoso terremoto sacudió gran parte del territorio peruano. Las construcciones comenzaron a estremecerse y el miedo se extendió rápidamente entre la población. Sin embargo, el desastre que transformaría para siempre la historia de Yungay no se encontraba en las calles ni bajo la superficie terrestre, sino en las alturas del Huascarán. El movimiento sísmico provocó el desprendimiento de una gigantesca masa de hielo, nieve y roca que inició un descenso devastador por las laderas de la montaña. (Plafker, Ericksen & Fernández Concha, 1971).
A medida que avanzaba, la avalancha aumentó su volumen y su capacidad destructiva. La velocidad alcanzada redujo al mínimo las posibilidades de reacción. Cuando la masa de material llegó al valle, la ciudad quedó prácticamente indefensa. En cuestión de minutos, calles enteras desaparecieron bajo toneladas de escombros naturales. Las viviendas colapsaron, los edificios públicos fueron arrasados y miles de personas quedaron atrapadas sin posibilidad de escapar. Lo ocurrido fue tan rápido y devastador que muchos sobrevivientes describieron posteriormente la experiencia como una interrupción repentina de la realidad, una ruptura brusca entre la vida que conocían y el paisaje de destrucción que encontraron después. (CISMID, 2020).
Lo que había tomado generaciones construir desapareció en pocos minutos. La ciudad dejó de existir como espacio urbano y se transformó en una inmensa superficie cubierta por materiales procedentes de la montaña. Las pérdidas humanas fueron devastadoras, pero también lo fueron las pérdidas culturales, históricas y emocionales. Bibliotecas familiares, documentos, fotografías, objetos personales y recuerdos materiales de varias generaciones quedaron sepultados bajo el aluvión. La tragedia destruyó edificios y calles, pero también fragmentó la continuidad de una comunidad que había construido su identidad a lo largo de siglos. (INDECI, 2020).
Las palmeras que sobrevivieron
Entre la destrucción casi absoluta surgieron algunos elementos que lograron resistir. El más importante fue la colina donde se encontraba el antiguo cementerio de Yungay. Gracias a su posición elevada, el lugar quedó fuera del alcance principal del aluvión y permitió que varias personas salvaran la vida al refugiarse allí durante los instantes finales del desastre. Con el paso del tiempo, aquella elevación se convertiría en el principal símbolo físico de la antigua ciudad. (Ministerio de Cultura, 2020).
Las palmeras ubicadas en el cementerio sobrevivieron a la tragedia y permanecen hasta hoy como uno de los emblemas más reconocibles de Yungay. Su permanencia posee una fuerza simbólica extraordinaria. Mientras viviendas, escuelas y templos desaparecieron bajo la avalancha, aquellos árboles continuaron en pie observando el lugar donde alguna vez se desarrolló la vida cotidiana de miles de personas. Las palmeras representan la continuidad de la memoria en medio de una destrucción que parecía haber borrado cualquier rastro del pasado. (Ministerio de Cultura, 2020).
También sobrevivió parcialmente la imagen de Cristo ubicada en la parte alta del cementerio. Con el tiempo, el monumento adquirió un profundo significado para sobrevivientes y familiares de las víctimas. Allí comenzaron a realizarse ceremonias conmemorativas y actos de recuerdo que transformaron el lugar en un espacio de duelo colectivo. Lo que antes había sido un cementerio se convirtió en el principal punto de referencia de una ciudad desaparecida. (INDECI, 2020).
Bajo ese paisaje aparentemente sereno permanece enterrada una ciudad completa. Las calles continúan allí. También las viviendas, los patios, los comercios y los objetos cotidianos que quedaron atrapados bajo millones de toneladas de material. La antigua Yungay no fue demolida ni desmontada; simplemente quedó oculta bajo la tierra, convertida en una presencia invisible que aún forma parte de la memoria nacional. (CISMID, 2020).
El camposanto y las leyendas de la memoria
Después de la tragedia surgió una pregunta inevitable: ¿debía reconstruirse la ciudad en el mismo lugar? Las autoridades, los especialistas y los sobrevivientes enfrentaron una decisión compleja. Finalmente se concluyó que el emplazamiento original debía conservarse como espacio de memoria. Miles de víctimas permanecían bajo los escombros y la recuperación de todos los cuerpos era imposible. Reconstruir sobre aquel terreno habría significado edificar una nueva ciudad sobre una inmensa tumba colectiva. A ello se sumaban las advertencias geológicas que recomendaban evitar una nueva concentración urbana en una zona vulnerable a fenómenos similares. (Plafker et al., 1971).
La decisión de declarar el lugar como Campo Santo Nacional otorgó a Yungay una condición excepcional. Mientras muchas ciudades destruidas por desastres naturales son reconstruidas sobre sus propias ruinas, la antigua Yungay quedó detenida en el tiempo. El terreno se transformó en un espacio dedicado al recuerdo y a la reflexión, donde la ausencia se convirtió en parte fundamental del paisaje. Cada visita al lugar implica recorrer un territorio donde la historia permanece literalmente bajo los pies de quienes lo observan. (Ministerio de Cultura, 2020).
Como ocurre en muchos lugares marcados por tragedias profundas, alrededor de Yungay surgieron relatos y leyendas. Algunas narraciones hablan de campanas que todavía pueden escucharse bajo la tierra durante determinadas noches. Otras cuentan historias de figuras humanas observadas cerca del antiguo emplazamiento urbano al caer la tarde. No existen pruebas que respalden estos relatos, pero su persistencia revela la necesidad humana de mantener algún vínculo con aquello que desapareció de manera tan abrupta. (INDECI, 2020).
También sobreviven interpretaciones vinculadas a la tradición andina, donde las montañas ocupan un lugar espiritual importante. En algunas versiones populares, el Huascarán aparece asociado a los antiguos apus, entidades protectoras presentes en la cosmovisión de los Andes. Más allá de la explicación científica del desastre, estas narraciones reflejan la búsqueda de significado frente a una pérdida difícil de comprender. Quizá por eso Yungay continúa despertando interés más de cincuenta años después. No es únicamente la historia de una ciudad destruida por un aluvión. Es la historia de una comunidad cuya presencia permanece viva bajo la tierra, entre las palmeras sobrevivientes, los recuerdos familiares y el silencio de un paisaje que todavía guarda los vestigios de una ciudad que nunca fue olvidada. (IGP, 2020).
Bibliografía
Centro Peruano Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres (CISMID). (2020). El gran terremoto de Áncash del 31 de mayo de 1970. Universidad Nacional de Ingeniería.
Instituto Geofísico del Perú (IGP). (2020). A cincuenta años del terremoto de Áncash de 1970. Lima: IGP.
Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI). (2020). Memoria histórica del terremoto de Áncash de 1970. Lima: INDECI.
Ministerio de Cultura. (2020). Campo Santo de Yungay: patrimonio histórico y lugar de memoria. Lima: Ministerio de Cultura.
Plafker, G., Ericksen, G. E., & Fernández Concha, J. (1971). Geological aspects of the May 31, 1970 Peru earthquake. United States Geological Survey.



















