Artículo de opinión
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
20 de junio del 2025
La caricatura, desde sus orígenes más remotos, ha sido una forma de expresión visual que combina arte, exageración y crítica. A diferencia de otros lenguajes gráficos, no busca representar la realidad con fidelidad, sino que distorsiona sus elementos esenciales para revelar una verdad más profunda. Su nacimiento no fue solo fruto de la diversión o el ingenio individual, sino una respuesta a contextos sociales donde la palabra no bastaba. En los trazos deformados de una caricatura hay una visión crítica del mundo, una forma de interpelar al poder, al comportamiento humano o a la moral social (Bryant, 2009).
Los antecedentes históricos nos llevan al Renacimiento, cuando artistas como Leonardo da Vinci esbozaban rostros grotescos en sus cuadernos como ejercicios anatómicos o gestuales. Pero no fue hasta la llegada de la prensa gráfica y la expansión de la opinión pública que la caricatura adquirió un papel crucial en la vida política, social y cultural. Desde los primeros panfletos ilustrados en Europa hasta las revistas satíricas del siglo XIX, esta forma de arte pasó de ser marginal a convertirse en una herramienta potente de intervención simbólica (Donald, 1944).
Exagerar para decir la verdad: orígenes artísticos
La palabra “caricatura” proviene del italiano caricare, que significa cargar o exagerar. Esta definición encierra el núcleo mismo de su sentido: acentuar rasgos o situaciones hasta el límite de lo grotesco para hacer visible lo que normalmente pasa desapercibido. En el siglo XVI, artistas como Annibale Carracci utilizaron este principio para crear estudios de figuras humanas deformadas, con fines tanto expresivos como cómicos ( Hannoosh, 1992).
Fue recién en el siglo XVII que estas prácticas adquirieron un matiz más social. En Inglaterra y Francia, el grabado comenzó a utilizarse para representar figuras públicas de forma ridiculizada. Con la consolidación del poder burgués y las tensiones religiosas, aparecieron dibujos que mostraban al clero, la nobleza o los enemigos políticos con cuerpos animales, narices descomunales o posturas grotescas, jugando con la visualización como arma subversiva (Bryant, 2009).
Durante el siglo XVIII, en plena efervescencia ilustrada, la caricatura se convirtió en aliada del pensamiento crítico. En Inglaterra, artistas como William Hogarth elaboraron series gráficas que retrataban la decadencia moral y social con una mezcla de humor negro y observación aguda (Donald, 1944).
Esta tradición gráfica encontró en el siglo XIX su madurez política. Con la consolidación de los periódicos y las revistas ilustradas, la caricatura se volvió una sección permanente. En publicaciones como La Caricature (Francia) o Punch (Inglaterra), los artistas no solo satirizaban el poder, sino que establecían un estilo visual reconocible y eficaz ( Hannoosh, 1992).
Sátira, ideología y subversión
La caricatura no es inocente. Su propósito nunca ha sido meramente decorativo ni anecdótico. Desde sus primeras apariciones públicas, ha estado cargada de intención: hacer visible lo que el discurso oficial oculta, desarmar la retórica del poder, señalar contradicciones sociales o exponer hipocresías cotidianas (Infante Yupanqui, 2021).
En muchos contextos históricos, la caricatura fue utilizada como una forma de resistencia simbólica. En regímenes autoritarios, donde la crítica directa podía ser castigada, los dibujantes optaban por deformar en lugar de acusar, por insinuar en lugar de declarar; un lenguaje que le permitió sobrevivir a pesar de la censura (Laughton, 1996).
En la práctica política, esto se tradujo en duros enfrentamientos. En Francia, Honoré Daumier fue encarcelado por sus caricaturas contra el rey Luis Felipe, lo que reafirmó el poder simbólico de la gráfica periodística para cuestionar sin neutralizar la provocación (Laughton, 1996).
El carácter subversivo de la caricatura no radica solo en su crítica política. También ha sido clave para mostrar aspectos culturales invisibilizados: relaciones de clase, racismo, sexismo y otros temas que la palabra, a veces, no logra captar con la misma contundencia (Infante Yupanqui, 2021).
La caricatura llega al Perú: contexto y primeras figuras
En el Perú, la caricatura llegó con el desarrollo del periodismo moderno a mediados del siglo XIX. Las primeras expresiones gráficas de sátira política se dieron en hojas sueltas y publicaciones efímeras que circulaban en Lima en contextos de crisis electoral o institucional, donde ya se empezó a utilizar la imagen como denuncia (Rivera Escobar, 2006).
Uno de los pioneros fue Manuel Atanasio Fuentes, conocido como “El Murciélago”, en publicaciones como El Satélite o El Burro, donde combinó escritura y dibujo humorístico para criticar la gestión pública y la cleriperjudicial, sentando precedente para un humor gráfico con intención política clara (Rivera Escobar, 2006).
A comienzos del siglo XX, la revista Monos y Monadas (1905–1917) marcó el hito clásico de la caricatura peruana, con influencias europeas y un estilo más preciso en el trazo, focalizado en miembros del poder. Su lenguaje visual robusteció la crítica local (Rivera Escobar, 2006).
En décadas posteriores, artistas como Julio Málaga Grenet, Carlos Baca-Flor y Jorge “Coco” Salazar consolidaron el género con su trabajo gráfico en periódicos. Sus dibujos fueron más que sátira: se convirtieron en archivos simbólicos del poder nacional (Rivera Escobar, 2006).
Difusión y vigencia contemporánea
Con el cambio de siglo, la caricatura peruana comenzó a ocupar nuevos espacios de difusión, más allá del papel impreso. El auge de internet, los blogs personales y las redes sociales ofreció a los caricaturistas un campo más ágil, inmediato y viral. Figuras como Álvaro Portales, Renzzo y Omar Zevallos se adaptaron a estos entornos digitales sin perder profundidad ni contundencia, llevando la crítica política y social a públicos más jóvenes, menos acostumbrados al formato tradicional del periódico o revista. Este tránsito no supuso la desaparición de la caricatura impresa, sino su convivencia con otros lenguajes visuales, en una etapa que algunos han llamado la “desmaterialización del trazo” ( Hannoosh, 1992).
Uno de los personajes centrales en el desarrollo de la caricatura política moderna en el Perú fue sin duda Juan Acevedo, creador del entrañable Cuy, pero también teórico, formador y activista visual. Su papel en medios como Caretas, Marka y Monos y Monadas fue decisivo, pero más aún su apuesta por la historieta como herramienta de cambio social. Acevedo promovió talleres de historieta en zonas populares y rurales, difundió el dibujo como instrumento de empoderamiento y publicó libros didácticos como Para hacer historietas, donde se planteaba una pedagogía crítica desde el trazo. Su enfoque ha sido considerado pionero en América Latina y su influencia perdura en las nuevas generaciones de artistas gráficos (Rivera Escobar, 2006).
Junto a él, el trazo preciso y certero de Carlos “Carlín” Tovar se convirtió en símbolo del humor político peruano desde los años noventa. Desde su tribuna en La República, Carlín retrató con agudeza las tensiones del poder, el oportunismo de los partidos, la corrupción y la fragilidad institucional. Sus personajes, caricaturizados con ironía pero también con profundidad, se volvieron parte de la memoria visual del país. Su estilo sobrio, alejado del exceso gráfico, reforzó el impacto conceptual de cada mensaje. La figura de Carlín continúa vigente, siendo referencia obligada cuando se habla de crítica gráfica en el Perú actual (Infante Yupanqui, 2021).
Finalmente, la muerte de Nicolás Yerovi en enero de 2025 marcó el fin de una generación. Yerovi, heredero directo del dramaturgo Leonidas Yerovi, fue director y alma de Monos y Monadas, revista satírica fundamental para la caricatura nacional. A lo largo de décadas, cultivó una mirada mordaz sobre la política, mezclando el humor ácido con la teatralidad del absurdo. Su legado se encuentra tanto en sus viñetas como en su labor editorial, que dio espacio a decenas de artistas peruanos. La despedida de Yerovi fue sentida como el cierre de una etapa en la historia del humor gráfico peruano, pero también como una invitación a mirar hacia adelante con lápiz en mano y espíritu crítico (Angulo, 2025).
Referencias
Hannoosh, M. (1992). Baudelaire and Caricature: From the Comic to an Art of Modernity. Pennsylvania: Pennsylvania State University Press.
Angulo, J. (2025, Enero 20). Infobae. Retrieved from Falleció Nicolás Yerovi, destacado periodista y escritor que impulsó la sátira política en Perú, a los 73 años : https://www.infobae.com/peru/2025/01/19/fallecio-nicolas-yerovi-destacado-periodista-y-escritor-que-impulso-la-satira-politica-en-peru-a-los-73-anos/
Bryant, M. (2009). The Man Who Hated Caricature. History Today, 56(1),, 56–59.
Donald, K. F. (1944). Hogarth and English caricature, en cursivas. Londres: Transatlantic Arts.
Infante Yupanqui, C. R. (2021). La caricatura contemporánea en el Perú y las huellas de una larga travesía. Huamanga, Perú: Fondo Editorial de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.
Laughton, B. W. (1996). Honoré Daumier. New Haven: Yale University Press.
Rivera Escobar, R. (2006). Caricatura en el Perú: El período clásico (1904–1931). Lima: Universidad de San Martín de Porres.



















