Artículo de información

Jorge Aristides Malqui Espino, José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

13 de enero del 2026

En la historia de las independencias sudamericanas abundan figuras que encarnan la épica del combate y la audacia del mar, pero también existen trayectorias que obligan a mirar con sobriedad las contradicciones del carácter humano. Hipólito Bouchard pertenece a esa estirpe ambigua: corsario temido, combatiente decisivo en las luchas emancipadoras del Río de la Plata y del Perú, y al mismo tiempo protagonista de una muerte violenta que expone los límites morales de una vida marcada por la dureza y el exceso (Basadre Grohmann, 2005).

Recordar a Bouchard no implica absolverlo ni condenarlo sin matices, sino comprenderlo en su tiempo. La historiografía tradicional suele detenerse en sus campañas navales, en su aporte a la independencia y en su audacia frente a potencias imperiales. Sin embargo, su final en el valle de El Ingenio, en Nazca, revela que la autoridad ejercida sin justicia termina erosionando cualquier legitimidad, incluso la construida en nombre de la patria (Contreras y Cueto, 2013).

Un francés al servicio de la revolución americana

Hippolyte Bouchard nació el 15 de enero de 1780 en Bormes-les-Mimosas, cerca de Saint-Tropez, en Francia. Su origen europeo no fue un obstáculo para integrarse a las luchas americanas; por el contrario, como muchos hombres de mar de su época, encontró en el Atlántico Sur un escenario donde la causa independentista ofrecía riesgo, aventura y sentido político. Al obtener la ciudadanía argentina, Bouchard selló una lealtad que no era solo legal, sino también ideológica (Halperín Donghi, 1972).

Como corsario al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Bouchard participó en campañas navales que extendieron el conflicto independentista más allá de las costas sudamericanas. Sus acciones, a menudo temerarias, respondían a una lógica de guerra irregular en la que el hostigamiento al comercio enemigo era una forma legítima de combate. En ese contexto, el corsario fue visto como un instrumento necesario, aunque incómodo, de la revolución (Lynch, 2006).

Carácter, disciplina y violencia en el mar

Desde sus primeros años como marino, Bouchard se distinguió por un carácter duro y una concepción autoritaria del mando. Los testimonios sobre su trato con la tripulación hablan de castigos severos y represalias implacables frente a la insubordinación. En la mentalidad naval de fines del siglo XVIII e inicios del XIX, la disciplina era considerada una virtud indispensable; sin embargo, en el caso de Bouchard, esa disciplina rozó con frecuencia la violencia desmedida (Basadre Grohmann, 2005).

La historiografía coincide en que este rasgo no fue accidental, sino constitutivo de su personalidad. En el mar, donde la jerarquía se impone para garantizar la supervivencia, el corsario forjó una autoridad basada más en el temor que en el respeto. Esa forma de mando, tolerada en tiempos de guerra, se convertiría más tarde en una semilla de conflicto cuando Bouchard intentó trasladarla a la vida civil (Contreras y Cueto, 2013).

Del combate al retiro: las haciendas de Nazca

Tras la independencia del Perú, el Estado le asignó a Bouchard las haciendas de San José, San Javier y anexos en el valle de El Ingenio, en Nazca. La concesión respondía a una práctica común de la época: recompensar a los combatientes con tierras productivas. En apariencia, el corsario había encontrado un espacio para retirarse y reconvertir su energía bélica en actividad económica (Lynch, 2006).

Bouchard se dedicó entonces a la siembra de caña de azúcar y a la transformación de las haciendas en un ingenio azucarero. Este paso del mar a la tierra no fue solo un cambio de oficio, sino una prueba de adaptación cultural. La autoridad que había ejercido sobre marineros libres se trasladó ahora a un sistema de trabajo sustentado en la esclavitud, con consecuencias mucho más graves (Basadre Grohmann, 2005).

Esclavitud y abuso: la repetición del mando sin límites

Al asumir el control de sus haciendas, Bouchard reprodujo el mismo esquema de dominio que había ejercido en sus naves. Los esclavos fueron tratados con una dureza extrema, y los abusos se volvieron frecuentes. La historiografía regional recoge testimonios que describen castigos físicos, humillaciones y un clima permanente de terror. En este punto, la figura del héroe independentista se resquebraja ante la realidad de un poder ejercido sin freno moral (Contreras y Cueto, 2013).

El episodio que precede a su muerte resulta particularmente revelador. Según las crónicas, tras abusar de una joven esclavizada, Bouchard ordenó castigarla con latigazos. Ese acto no fue un hecho aislado, sino el detonante de una rebelión largamente contenida. La violencia acumulada encontró en esa noche un límite definitivo (Basadre Grohmann, 2005).

La noche del 4 de enero de 1837

La muerte de Bouchard ocurrió en la noche del 4 de enero de 1837. Los esclavos de la hacienda San Javier se levantaron en rebeldía, decididos a poner fin a los abusos. El antiguo corsario se defendió con pistola y sable, desplegando una resistencia feroz que recordaba sus años de combate. La escena, cargada de dramatismo, culminó en el atrio del templo, donde una certera pedrada lo derribó (Lynch, 2006).

Al intentar incorporarse, Bouchard fue rodeado y asesinado a golpes. La tradición oral sostiene que las huellas ensangrentadas de sus manos permanecieron durante años en la pared del templo, como una marca silenciosa de la violencia que había gobernado su vida. La muerte, en este caso, no fue un acto de justicia institucional, sino una explosión desesperada de quienes no encontraban otro recurso frente al abuso sistemático (Contreras y Cueto, 2013).

“¡Toititos juimos!”: memoria y testimonio

A la mañana siguiente, las autoridades interrogaron a los esclavos. La respuesta colectiva quedó grabada en la memoria local: “¡Toitos juimos patroncito, toititos juimos!”. La frase, más que una confesión literal, expresa una solidaridad forjada en el sufrimiento compartido. Nadie quiso individualizar la responsabilidad; todos asumieron el acto como un gesto común de liberación (Basadre Grohmann, 2005).

Este episodio revela una dimensión pocas veces explorada en la historia republicana temprana: la tensión entre los ideales de libertad proclamados por la independencia y la persistencia de la esclavitud en la vida cotidiana. La muerte de Bouchard expone esa contradicción de manera brutal, recordando que la emancipación política no siempre significó emancipación moral (Halperín Donghi, 1972).

Sepultura, exhumación y repatriación

Los restos de Bouchard fueron sepultados en la bóveda del templo de la iglesia de San Javier por el reverendo padre Isidoro Pacheco. Durante décadas, su tumba permaneció en relativo olvido, como si la comunidad hubiese preferido el silencio antes que el recuerdo incómodo. Recién en 1962 sus restos fueron hallados en una cripta, reactivando el interés histórico por su figura (Lynch, 2006).

El 6 de julio de ese año, una comisión formada por la Armada Argentina y la Armada del Perú procedió a la exhumación y repatriación de los restos a Buenos Aires. Hoy descansan en el panteón viejo de la Armada Argentina, en el Cementerio de la Chacarita. El traslado simboliza una reivindicación institucional de su rol militar, aunque no borra las sombras de su final (Basadre Grohmann, 2005).

Gloria, caída y advertencia histórica

Hipólito Bouchard murió en El Ingenio, Nazca, un 4 de enero de 1837, lejos del mar que le dio fama y del escenario épico que construyó su leyenda. Su vida encarna una paradoja central de la historia latinoamericana: hombres que lucharon por la libertad de las naciones, pero que no supieron —o no quisieron— aplicar ese principio en su ejercicio cotidiano del poder (Contreras y Cueto, 2013).

La muerte del corsario no debe leerse solo como un hecho trágico, sino como una advertencia. La autoridad sin límites, incluso cuando se reviste de méritos patrióticos, termina devorándose a sí misma. En ese sentido, la historia de Bouchard nos recuerda que la independencia no se sostiene únicamente con valentía, sino con justicia, templanza y respeto por la dignidad humana (Halperín Donghi, 1972).

Referencias

Basadre Grohmann, Jorge. (2005). Historia de la República del Perú. Lima: Empresa Editora El Comercio.
Contreras, Carlos; Cueto, Marcos. (2013). Historia del Perú contemporáneo. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
Halperín Donghi, Tulio. (1972). Revolución y guerra: formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Lynch, John. (2006). Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826. Barcelona: Editorial Ariel.