Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

4 de diciembre del 2025 

En el Perú de los años setenta, cuando el país atravesaba un tiempo áspero de reformas, discursos encendidos y cambios que no siempre cuajaban en la vida real, los supermercados surgieron como un pequeño anuncio de modernidad. No eran templos de abundancia, sino más bien islas luminosas en una ciudad que todavía respiraba el olor profundo de los mercados tradicionales y la bodega de la esquina donde el fiado era pacto de palabra. Entrar a uno de estos establecimientos era acercarse a un mundo que prometía orden, higiene, autoservicio y un tipo de consumo que se vivía como un paso hacia adelante, aun cuando el país caminaba con más sobresaltos que certezas. Era la modernidad intentando instalarse, terca, en un país donde la costumbre pesaba más que el anuncio publicitario (Arkivperu, 2009).

Sin embargo, aquel impulso moderno no anuló lo anterior: convivió con él. La Lima setentera era un mosaico de contradicciones: velas en la mesa por los apagones, pero también pasillos brillantes en tiendas como Scala o Monterrey; calles polvorientas en distritos periféricos, pero vitrinas iluminadas en Miraflores y San Isidro. Los supermercados eran parte de esa tensión entre tradición y novedad que marcó la vida urbana. La gente iba por curiosidad, por comodidad o por aspiración; y aunque el mercado seguía siendo el corazón de la rutina, los autoservicios comenzaron a moldear otro modo de mirar los alimentos, el tiempo y el consumo. Lo moderno entraba de a pocos, sin desplazar del todo a la memoria, pero dejando claro que el país ya no regresaría al ritmo de antes (Hermoso Alvarado, 2013).

El nacimiento del autoservicio en el Perú

El primer paso hacia esta transformación lo dio Super Market, inaugurado en 1953 en Miraflores. Para los años setenta, aunque no dominaba el mercado, seguía siendo símbolo de modernidad. Allí, el carrito de fierro y las góndolas ordenadas introdujeron un gesto nuevo: el consumidor eligiendo solo, sin intermediación del vendedor. Este cambio cultural, que hoy parece normal, representó entonces una ruptura con la dinámica de conversación, recomendación y regateo que definía al mercado barrial. En plena década setentera, Super Market era ya parte del imaginario de un Perú que comenzaba a probar el sabor del autoservicio (Hermoso Alvarado, 2013).

En este escenario surgió Scala, una cadena que marcaría la época. Sus tiendas combinaban amplitud, diseño luminoso y un estilo que intentaba estar a la altura de ciudades más grandes de la región. La apertura del Scala Gigante en 1967 potenció esta imagen y, para los setenta, se había consolidado como referencia del consumo moderno. Sus estacionamientos, su señalética y su variedad de productos transmitían la idea de un país que quería parecer más ordenado, más práctico, más urbano. Scala era, para muchos limeños, la primera impresión de un supermercado “completo” y aspiracional (Arkivperu, 2009).

A la par, el mercado local se diversificó con la aparición de nuevas cadenas que ampliaron el mapa comercial. Tía, empresa de origen estadounidense-argentino, se instaló en Lima con tiendas sobrias pero prácticas, pensadas para sectores medios que buscaban precios competitivos. En la década del setenta, su presencia se convirtió en parte del tejido cotidiano del centro de Lima y de algunas zonas comerciales en crecimiento. Tía fue puente entre lo tradicional y lo moderno: no tan lujoso como Scala, pero sí más organizado y predecible que el mercado popular (La República, 2022).

En este panorama también destacó Monterrey, ligado al grupo Oechsle, que se expandió a ciudades del interior como Arequipa, Chiclayo y Trujillo. Para muchas familias de provincias, Monterrey fue el primer encuentro con un supermercado moderno, con estantes alineados, pisos brillantes y una oferta que mezclaba productos nacionales con algunos importados. Su presencia demostró que la modernidad comercial no era patrimonio exclusivo de Lima, sino una tendencia que empezaba a recorrer el país con una promesa común: ordenar el consumo cotidiano (La República, 2022).

La experiencia de compra en los setenta

El ambiente dentro de estos supermercados revelaba un contraste profundo con la calle limeña de la época. Mientras afuera la ciudad se debatía entre reformas estatales, tensiones políticas y una economía con sobresaltos, adentro predominaba una sensación de orden casi ceremonial: pasillos rectos, góndolas metálicas, anaqueles repletos de conservas y detergentes, vitrinas de embutidos y quesos bien iluminadas. Los supermercados representaban un modo distinto de vivir la ciudad, un refugio breve donde todo parecía funcionar mejor que en la vida real. Entrar era, en cierto modo, (Batalla, Perú 21, 2022).

A pesar de esta modernidad, los supermercados no sustituyeron al mercado tradicional. La mayoría de familias seguía comprando productos frescos —pollo, verduras, frutas— en sus mercados de confianza, donde la conversación y el regateo eran parte de la experiencia. Los supermercados se especializaron en productos envasados, importados, artículos de limpieza y ofertas estacionales. Esta convivencia entre ambos mundos definió la década: un pie en el futuro, otro en la costumbre ancestral del mercado (Batalla, 2022).

El imaginario setentero también estuvo marcado por los comerciales de televisión y las campañas promocionales. Marcas como Scala impulsaron concursos, sorteos y programas televisivos que dieron una nueva dimensión al consumo. La publicidad, aún incipiente, convirtió la compra en espectáculo. Para una sociedad que buscaba símbolos de progreso, estos mensajes reforzaban la idea de que el supermercado no era solo un lugar para abastecerse, sino un signo de pertenencia a un tiempo más moderno (RPP – Redacción, 2021).

Y, sin embargo, bajo esa modernidad latía una nostalgia que nunca se fue. Las abuelas seguían prefiriendo la bodega donde conocían al dueño; los padres seguían confiando en el mercado para las compras grandes; y los hijos, atraídos por lo nuevo, se deslumbraban con los carritos metálicos y el sonido de las cajas registradoras. Los supermercados setenteros no borraron la tradición: la enmarcaron, la complementaron y la obligaron a coexistir con una modernidad que avanzaba a su ritmo (Batalla, 2022).

El contexto social y político del supermercado setentero

Hablar de supermercados en el Perú de los setenta es hablar también del clima político que sacudía al país. Bajo el gobierno militar de Velasco Alvarado y luego el de Morales Bermúdez, el Perú vivió reformas profundas que alteraron la economía y el comercio. Los controles de precios, las estatizaciones y las tensiones inflacionarias generaron un entorno inestable, pero paradójicamente los supermercados mantuvieron una estética de orden y abundancia. En medio de la crisis, representaban una imagen de estabilidad, aunque fuera momentánea (La República, 2022).

Las crisis de abastecimiento que afectaban a algunos sectores productivos no siempre golpearon con la misma intensidad a los supermercados, que lograban mantener góndolas abastecidas gracias a proveedores organizados y productos importados. Esto reforzó su imagen como espacios de cierta seguridad dentro del desorden general. Para muchas familias, comprar allí era una forma de alejar el ruido político que ocupaba la calle (Batalla, 2022).

También fue en esta década cuando se consolidó el modelo de consumo como aspiración. El supermercado no solo vendía productos: vendía una idea de vida. La publicidad mostraba familias sonrientes, carritos llenos y hogares impecables, contraponiendo ese ideal a la realidad cotidiana de un país en conflicto. En los setenta, consumir en un supermercado era casi un acto simbólico: un pequeño gesto de orden frente al desorden del país (Batalla, Perú 21, 2022).

Con el final de la década, el país quedaba marcado por cicatrices políticas y sociales, pero el supermercado se abría camino como institución urbana. Las cadenas que brillaron en los setenta dejaron su huella: Scala, Tía, Monterrey, Super Market. En los ochenta y noventa otras marcas tomarían la posta, pero la identidad del consumo moderno quedó trazada. Los setenta fueron la década donde lo nuevo empezó a asentarse sin borrar lo anterior, creando un paisaje híbrido que aún define nuestras ciudades (Batalla, 2022).

Referencias

Arkivperu. (29 de Setiembre de 2009). Arkivperu. Obtenido de «Scala Gigante». El primer supermercado peruano (1967): https://arkivperu.com/scala-gigante-el-primer-supermercado-peruano-1967/

Batalla, C. (23 de Setiembre de 2022). Gestión. Obtenido de La historia de las tiendas comerciales y supermercados que marcaron la vida de los peruanos: https://gestion.pe/economia/empresas/tiendas-comerciales-tiendas-por-departamento-supermercados-centros-comerciales-lima-peru-nnsp-noticia/

Batalla, C. (24 de Setiembre de 2022). Perú 21. Obtenido de ¿Cuáles eran las tiendas comerciales y supermercados que inundaron las ciudades del Perú del siglo XX?: https://peru21.pe/economia/tiendas-comerciales-tiendas-por-departamento-supermercados-centros-comerciales-lima-peru-nnsp-noticia/

Hermoso Alvarado, R. (12 de Marzo de 2013). El Comercio. Obtenido de Súper Market, el primer supermercado del Perú: https://elcomercio.pe/blog/huellasdigitales/2013/03/super-market-el-primer-superme/

La República. (24 de Junio de 2022). La República. Obtenido de ¿Cómo se llamaban los primeros supermercados peruanos y cuándo cerraron?: https://larepublica.pe/datos-lr/respuestas/2022/06/23/como-se-llamaban-los-primeros-supermercados-peruanos-y-cuando-dejaron-de-existir-monterrey-supermarkey-scala-evat