Artículo de información

Jorge Aristides Malqui Espino, José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

23 de setiembre del 2025

La historia del Perú está llena de episodios solemnes en los que el pueblo, de manera inesperada, se convierte en protagonista. Uno de ellos ocurrió el 27 de julio de 1921, en plena inauguración del monumento ecuestre al general José de San Martín en Lima. Era la víspera del Centenario de la Independencia y las miradas estaban puestas en el presidente Augusto B. Leguía, en los discursos oficiales, en las delegaciones extranjeras y en la obra monumental del escultor Mariano Benlliure. Sin embargo, el recuerdo no quedó sellado por el protocolo ni por la grandilocuencia política, sino por el gesto audaz de un hombre sencillo, Artidoro Cossío, que decidió trepar al monumento cuando la cuerda que debía retirar el velo no cedió y dejó a todos en suspenso (El Comercio, 2021).

Ese acto, breve pero decisivo, ha pasado a la memoria colectiva como ejemplo de patriotismo espontáneo. Cossío, un obrero iqueño de apenas 31 años, esposo y padre de familia, no buscó gloria ni recompensa. Lo movió el impulso del momento: salvar la ceremonia y permitir que el rostro del Libertador se mostrara en todo su esplendor. Así, lo anecdótico se convirtió en historia, y lo personal en símbolo. A más de un siglo, su nombre regresa con fuerza, entre versiones que difieren en detalles, pero que coinciden en reconocer su valentía y la huella de humanidad que dejó en una de las fiestas patrias más recordadas del siglo XX (Angulo Puente Arnao, 1927).

El escenario del Centenario

La Lima de 1921 se encontraba transformada por la visión modernizadora de Augusto B. Leguía. El presidente había dispuesto que el Centenario de la Independencia fuese una celebración sin precedentes, y para ello inauguró la Plaza San Martín como un espacio central que debía proyectar modernidad y orgullo nacional. Allí se levantó el monumento ecuestre a San Martín, traído desde España, fruto del talento del escultor Mariano Benlliure. El 27 de julio se organizaron tribunas, desfiles militares y recepciones diplomáticas que reflejaban la magnitud del acontecimiento (Hamann Mazuré, 2016).

La expectación era inmensa. Las calles se llenaron de público que buscaba ser parte del momento histórico. Las delegaciones extranjeras —en particular la argentina, invitada de honor— se ubicaron en posiciones preferenciales. Leguía, con su estilo ceremonial, pronunció palabras de unión continental, exaltando la hermandad con Argentina y el sacrificio del Libertador. El ambiente era solemne y cargado de simbolismo. El detalle anecdótico, sin embargo, estaba por irrumpir con fuerza para romper la rutina del protocolo (El Comercio, 2021).

Cuando llegó el instante culminante, Leguía tomó la cuerda dispuesta para retirar el velo que cubría la estatua. Las notas del himno nacional acompañaban el momento, y la multitud aguardaba el gesto final. Sin embargo, la cuerda se rompió o se atascó, y el velo permaneció firme. Hubo desconcierto. El presidente insistió, tiró varias veces, pero el telón no cedió. La solemnidad se convirtió en tensión, y la multitud en murmullo. La apoteosis del Libertador parecía frustrada por un imprevisto técnico (López Aréstegui, 2021).

Fue entonces cuando lo imprevisto irrumpió en la escena. Entre los asistentes, un hombre del pueblo tomó la decisión que cambiaría el curso de esa jornada. Sin protocolo, sin título ni rango, pero con determinación, se abalanzó sobre la cuerda y comenzó a trepar con agilidad admirable. El asombro dio paso al aplauso, y lo que era un problema se transformó en un acto de coraje que aún hoy es recordado (Junchaya Paredes, 2013).

El gesto de Artidoro Cossío

El nombre de aquel hombre era Artidoro Cossío, y la prensa de la época destacó su intrepidez. El Comercio lo describió como “el entusiasta Cossío” que escaló hasta las crines del caballo de bronce para desatar los nudos que impedían la caída del velo. La revista Variedades narró cómo su entusiasmo patriótico fue aplaudido por el público y reconocido de inmediato por las autoridades. El momento se convirtió en símbolo de fervor cívico y en una lección de improvisación popular frente al bochorno oficial (López Aréstegui, 2021).

La hazaña no estuvo exenta de riesgo. Según testimonios recogidos por la revista Mundial, Cossío quedó por un instante suspendido, abrazado al cuello del caballo de bronce, sin posibilidad de descender por sí mismo. El público contuvo el aliento, temiendo que el joven pudiera caer desde los dieciséis metros de altura del monumento. Finalmente, fue auxiliado y descendió en medio de vítores. La imagen de aquel hombre “abrazado” al Libertador se convirtió en metáfora perfecta: el pueblo peruano sosteniendo la memoria de su independencia (Angulo Puente Arnao, 1927).

El reconocimiento no se hizo esperar. Las delegaciones extranjeras organizaron una colecta para premiar su gesto patriótico. El propio presidente Leguía le entregó un estímulo económico, mientras que la Municipalidad de Lima le obsequió un reloj de oro de la marca Longines, gesto que buscaba eternizar su valentía en un objeto tangible. Cossío recibió estos presentes con humildad, consciente de que lo suyo había sido un impulso más que una hazaña calculada (Junchaya Paredes, 2013).

El relato de su acción fue reproducido en distintos medios durante las semanas siguientes. La Crónica lo mencionó como un ejemplo de fervor patrio; Variedades lo elevó como héroe popular; Mundial aportó los detalles de su vida personal, señalando que era obrero, esposo y padre, natural de Ica. Esta última información permitió humanizar al personaje y devolverle el rostro de un hombre común, no un protagonista oficial, sino alguien que emergió de entre la multitud para salvar la ceremonia (Angulo Puente Arnao, 1927).

Mitos, versiones y memoria

A lo largo de las décadas, la historia de Artidoro Cossío ha sido repetida en diversas publicaciones, aunque con matices y variaciones. En algunos casos se le da el nombre completo de Cipriano Artidoro Cossío, aunque las fuentes originales no siempre coinciden en este detalle. También ha habido discrepancias sobre su edad, su estado civil o el monto exacto de las recompensas. Estas variaciones demuestran cómo la memoria histórica se entrelaza con el mito y cómo los detalles anecdóticos tienden a modificarse con el tiempo (Hamann Mazuré, 2016).

En medios digitales recientes, blogs de historia y páginas locales han vuelto a contar el episodio, rescatando su lado humano y anecdótico. La Voz de Ica ha reivindicado su origen, recordando a sus lectores que fue un hijo de esa tierra quien abrazó al Libertador en aquel día centenario. Estas publicaciones han devuelto a Cossío a la escena pública, en una época en la que se busca rescatar los héroes olvidados, aquellos que no figuran en las estatuas ni en las grandes crónicas, pero que tuvieron momentos decisivos (Junchaya Paredes, 2013).

Lo más interesante es cómo este episodio refleja el diálogo entre historia oficial e historia popular. Mientras los discursos de Leguía buscaban enmarcar el Centenario como un triunfo de su régimen y de la modernidad nacional, la anécdota de Cossío mostró que el pueblo también tenía voz y presencia en la construcción simbólica de la patria. No fue un general ni un político quien resolvió el problema de la ceremonia, sino un obrero anónimo que actuó con coraje. La historia se construyó así desde abajo, con gestos sencillos que desafían los relatos oficiales (López Aréstegui, 2021).

Hoy, más de un siglo después, la memoria de Artidoro Cossío sigue siendo motivo de orgullo para Ica y para el Perú entero. Su gesto se ha transformado en símbolo de espontaneidad patriótica y de participación ciudadana. Su nombre, aunque difuso en algunos registros, aparece como recordatorio de que la historia no solo la hacen los grandes hombres, sino también aquellos que en un instante deciden actuar y con ello cambian el rumbo de una celebración (El Comercio, 2021).

Referencias

Angulo Puente Arnao, J. (1927). Estaría de los límites del Perú (2.ª ed.). Lima: Imprenta de la Intendencia General de Guerra.

El Comercio. (23 de Julio de 2021). El Comercio. Obtenido de La solemne inauguración del monumento a José de San Martín: https://elcomercio.pe/185-aniversario/1921-l-la-solemne-inauguracion-del-monumento-a-jose-de-san-martin-l-bicentenario-noticia/?utm_source=chatgpt.com

Hamann Mazuré, J. (13 de Octubre de 2016). Diposit. Obtenido de Monumentos públicos y espacios urbanos. Lima, 1919-1930: https://diposit.ub.edu/dspace/handle/2445/35435

Junchaya Paredes, M. (15 de Agosto de 2013). La voz de Ica. Obtenido de Preludios iquenses (1): Artidoro Cossío, el iqueño que abrazó a San Martín.: https://www.facebook.com/diariolavozdeica

López Aréstegui, H. (14 de Julio de 2021). El Comercio. Obtenido de Luces y sombras de nuestro Centenario: https://elcomercio.pe/archivo-elcomercio/luces-y-sombras-de-nuestro-centenario-historia-nnsp-noticia/