Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

10 de abril del 2026

En una época en la que el lenguaje parece haberse independizado de la realidad y multiplicado sus propios fantasmas, el reísmo se levanta como una filosofía de la sobriedad intelectual. No propone un adorno teórico ni una moda académica, sino una exigencia severa de limpieza conceptual. Frente a la tendencia de convertir palabras en supuestas realidades autónomas, el reísmo recuerda que el pensamiento debe apoyarse en aquello que existe de manera concreta, individual y verificable. Su fuerza radica en esa disciplina: obligarnos a distinguir entre lo que hay y lo que solo nombramos como si existiera. (Kotarbiński, 1966).

La formulación clásica de esta corriente se debe a Tadeusz Kotarbiński, filósofo polaco vinculado a la tradición analítica de la Escuela de Leópolis-Varsovia. Su tesis central puede expresarse con notable dureza: solo existen cosas, es decir, objetos concretos e individuales; las llamadas entidades abstractas, como cualidades, relaciones, estados o esencias, no poseen una existencia independiente, sino que son productos del lenguaje o de ciertas formas de hablar. Esta posición no pretende empobrecer la reflexión humana, sino depurarla, apartándola de ambigüedades que suelen presentarse como profundidad cuando en realidad introducen confusión. (Kotarbiński, 1990).

El lenguaje y la fabricación de entidades

El reísmo parte de una sospecha fundamental: el lenguaje no solo describe el mundo, también puede deformarlo. Al sustantivar procesos, cualidades o vínculos, la lengua produce la impresión de que existen cosas allí donde acaso solo hay modos de hablar. Expresiones como “la justicia”, “la historia”, “la belleza” o “la sociedad” terminan funcionando en el discurso como si fueran entidades dotadas de vida propia, cuando en realidad remiten a conjuntos de acciones, personas, decisiones, hechos o valoraciones. El problema no es meramente gramatical, sino filosófico: el pensamiento acaba confundiendo el nombre con la realidad. (Ajdukiewicz, 1935).

Ese desplazamiento tiene consecuencias profundas. Cuando una abstracción ocupa el lugar de los individuos concretos, se pierde de vista quién actúa, quién decide, quién sufre o quién se beneficia. Se habla entonces de “la economía” como si fuera una fuerza autónoma, en vez de hablar de productores, comerciantes, trabajadores, consumidores y autoridades; se invoca “la historia” como si juzgara por sí sola, en lugar de examinar hechos realizados por seres humanos concretos en situaciones determinadas. El reísmo busca romper esa ilusión y devolver el análisis al terreno de los objetos y sujetos efectivamente existentes. (Quine, 1960).

La crítica reísta no significa que toda abstracción sea inútil en la comunicación cotidiana. Significa, más bien, que tales abstracciones no deben ser tomadas ingenuamente como si designaran seres reales independientes. El peligro comienza cuando el lenguaje deja de ser un instrumento auxiliar y pasa a mandar sobre el pensamiento. En ese momento, las palabras ya no ayudan a entender el mundo, sino que construyen una bruma verbal que reemplaza a las cosas. Por eso el reísmo puede ser leído también como una pedagogía de la vigilancia intelectual. (Kotarbiński, 1966).

Volver a lo concreto como método de claridad

La propuesta reísta exige un ejercicio constante de traducción. Cada vez que se emplea un término abstracto, debería ser posible reconducirlo a referencias concretas. Hablar del “Estado”, por ejemplo, tendría que implicar hablar de oficinas, normas, funcionarios, jueces, policías, ministros, presupuestos y actos administrativos; hablar de “la educación” tendría que remitir a escuelas, maestros, alumnos, materiales y prácticas específicas. Esta operación obliga a abandonar la comodidad de las grandes palabras y a pensar con mayor precisión. (Kotarbiński, 1990).

Esa disciplina de lo concreto vuelve más exigente el discurso, pero también lo hace más honesto. Muchas afirmaciones impresionan mientras permanecen en un plano general, pero se debilitan apenas se les exige mostrar de qué objetos o personas están hablando realmente. Allí aparece una de las mayores virtudes del reísmo: desenmascara la falsa profundidad de los lenguajes inflados y obliga a que cada proposición cargue con el peso de su referencia. En tiempos donde abundan discursos grandilocuentes y nociones vaporosas, esta sobriedad filosófica resulta especialmente valiosa. (Ajdukiewicz, 1935).

La claridad, desde esta perspectiva, no es un lujo estilístico ni un simple ideal académico. Es una condición para pensar con rigor y también para discutir con limpieza. Allí donde predominan expresiones indeterminadas, el debate se vuelve fácilmente manipulable, porque cada interlocutor puede cargar el mismo término con sentidos distintos sin admitirlo de manera abierta. El reísmo combate precisamente ese escenario: obliga a precisar, a identificar, a mostrar a qué realidad concreta se refiere cada palabra empleada. Su austeridad, lejos de empobrecer el pensamiento, lo fortalece. (Quine, 1960).

Derecho, política y los peligros de la abstracción

En el campo jurídico, la advertencia reísta tiene un valor singular. El derecho suele apoyarse en conceptos generales que facilitan la formulación normativa, pero esa misma generalidad puede ocultar problemas de interpretación y responsabilidad. Cuando se habla de “la voluntad del legislador”, por ejemplo, se introduce una expresión que aparenta unidad donde en realidad ha habido debates, votaciones, intereses contrapuestos, negociaciones y redacciones sucesivas. El lenguaje jurídico simplifica, pero al simplificar también puede encubrir la complejidad real del proceso que dio origen a una ley. (Bentham, 1782).

De igual modo, expresiones como “la persona jurídica”, “el interés público” o “la administración” pueden ser útiles para la técnica legal, pero requieren siempre una lectura cuidadosa que no olvide su carácter instrumental. Si se las toma como realidades autosuficientes, el análisis corre el riesgo de perder de vista a los sujetos concretos que actúan detrás de esas fórmulas. El reísmo no elimina el lenguaje técnico del derecho, pero sí invita a desconfiar de toda construcción conceptual que, por su propia abstracción, pueda alejar la mirada de los actos y agentes reales que configuran la vida jurídica. (Bentham, 1782).

En la política, este problema se vuelve todavía más delicado. Términos como “el pueblo”, “la nación”, “la patria” o “la voluntad popular” poseen una fuerza movilizadora inmensa, pero también una enorme capacidad de simplificación y encubrimiento. Bajo esas palabras se agrupan individuos distintos, intereses heterogéneos, sectores enfrentados y experiencias incluso contradictorias. Cuando un discurso político presenta tales abstracciones como si fueran una unidad homogénea y viviente, suele hacerlo para reforzar una narrativa de autoridad o legitimidad. El reísmo obliga a desmontar esa operación y a devolver la atención a las personas concretas, con sus diferencias y conflictos reales. (Quine, 1960).

Una filosofía incómoda, pero necesaria

No se trata de una filosofía complaciente. El reísmo incomoda porque nos quita apoyos verbales a los que estamos demasiado habituados. Obliga a revisar expresiones que usamos con naturalidad y que, sin embargo, funcionan muchas veces como refugios de imprecisión. Pensar reístamente exige renunciar a ciertos atajos y aceptar que la realidad es menos solemne que nuestras palabras, pero también más concreta, más resistente y más verificable. En ese sentido, no es solo una teoría sobre lo que existe, sino una gimnasia intelectual contra la pereza conceptual. (Kotarbiński, 1966).

Su valor contemporáneo es evidente. Vivimos rodeados de discursos políticos, mediáticos, jurídicos y académicos que a menudo se sostienen en grandes abstracciones de contornos inciertos. En ese escenario, el reísmo ofrece una herramienta de depuración: obliga a preguntar siempre quién, qué, dónde, cómo y en qué objeto concreto se apoya lo que se afirma. Esa exigencia puede parecer dura, pero es precisamente la dureza que necesita un pensamiento que no quiera entregarse al espejismo de las palabras vacías. (Kotarbiński, 1990).

Por eso el reísmo conserva una vigencia que va más allá de la historia de la filosofía polaca o de las discusiones de la lógica del siglo XX. Es una defensa del vínculo entre palabra y realidad, entre concepto y referencia, entre discurso y responsabilidad. Allí donde el lenguaje pretende erigirse en un mundo aparte, el reísmo recuerda con severidad que pensar bien comienza por no confundir las cosas con los nombres que les damos. Y esa lección, sobria y exigente, sigue siendo una forma de higiene intelectual indispensable. (Ajdukiewicz, 1935).

Bibliografía

Ajdukiewicz, Kazimierz. (1935). Language and meaning. Polish Academy of Sciences.

Bentham, Jeremy. (1782). Of laws in general. Athlone Press.

Kotarbiński, Tadeusz. (1966). Gnosiology: The scientific approach to the theory of knowledge. Pergamon Press.

Kotarbiński, Tadeusz. (1990). Praxiology: An introduction to the sciences of efficient action. Pergamon Press.

Quine, Willard Van Orman. (1960). Word and object. MIT Press.