Eran las tres y veintitrés de la tarde del domingo 31 de mayo de 1970. Muchos hogares en el Perú apuraban el almuerzo atrasado tras haber visto por televisión el partido inaugural del Mundial de Fútbol que se jugaba en México. La selección anfitriona y el combinado de la URSS (Ex-Unión Sovietica) habían empatado sin goles, en una discreta demostración futbolística.  Pero la atención del país entero estaba centrada en el debut de la selección peruana en dicho torneo que tendría lugar dos días después frente a su similar de Bulgaria, en la ciudad mexicana de León.

Nada hacía presagiar la desgracia que estaba por ocurrir. De pronto, un movimiento sísmico de grandes magnitudes se empezó a sentir en gran parte del país. La fuerza del terremoto de 7,9 grados en la escala sismológica de entonces y cuyo epicentro fue a 44 kilómetros al suroeste del puerto de Chimbote, hizo salir despavoridas a millones de personas, quienes sentían que el sismo aumentaba de intensidad conforme pasaban los segundos. Escenas de pánico se sucedieron entonces. Adultos y niños corrían a lugares abiertos en busca de seguridad, otros permanecían en sus hogares y las mujeres clamaban en medio de las pistas “¡Señor aplaca tu ira!”. Cuando culminó el mismo, el público volvió a sus hogares y en las siguientes horas fue enterándose con asombro, por los “flashes” informativos de radio y televisión, de la magnitud de la tragedia que tuvo como epicentro el Callejón de Huaylas.

Sin embargo, el horror estaba aún por venir. La ladera oriental del nevado Huascarán se desprendió y originó un aluvión que se dirigió hacia la ciudad de Yungay, destruyendo todo a su paso. Precisamente en dicha localidad, el reconocido sismólogo peruano ingeniero Mateo Casaverde se hallaba acompañado de una delegación de expertos de la ex-Yugoslavia para estudiar el impacto de los sismos en esa zona del país. Según su relato, pudo observar el aluvión que se dirigía hacia la ciudad. Sin pensarlo dos veces, se dirigió junto a los visitantes hacia el cementerio ubicado en la parte alta de la ciudad donde lograron refugiarse, apenas segundos después que el aluvión pasara a unos metros de sus pies. Dijo que observó una capa de 60 metros de lodo que se dirigía incontrolable a la ciudad. Afortunados fueron también los asistentes a la función de circo en el estadio local, quienes también formaron parte de los sólo trescientos habitantes de la ciudad que salvaron la vida. Finalmente, Yungay quedó sepultada, quedando solamente la parte superior de las cuatro palmeras de su Plaza de Armas como mudos testigos de la catástrofe, convirtiéndose para siempre en un gran camposanto. En tanto, Ranrahirca, por segunda vez, quedó bajo las escombros del aluvión con una cifra de veinte mil muertos.

Otros testigos de excepción como el desaparecido camarógrafo Roque Zacarías de Canal 4 y el reportero gráfico René Pinedo de la revista Caretas (quien de niño fue rescatado del aluvión de Ranrahirca en 1962) contaban que para llegar al lugar se demoraron entre tres y cinco días, con muchas horas de caminata ante la destrucción de la carretera de acceso desde Lima. Asimismo dijeron que durante esos primeros días los aviones no podían aterrizar con la ayuda debido a que la nube de polvo y tierra lo cubría todo.

El saldo fue devastador. Fueron más de ochenta mil muertos, veinte mil desaparecidos y otros miles de heridos y damnificados. El país estaba conmocionado, pero había que empezar las labores de reconstrucción. La ayuda internacional no tardó en llegar desde países vecinos así como de otros continentes. Precisamente se crearía cerca de este lugar la Nueva Yungay, donde se ubicaron los pocos sobrevivientes y que es conocida hasta ahora como “La Capital de la Solidaridad Internacional”, en reconocimiento a estos gestos de hermandad, pero que se vieron empañados tras comprobarse que algunos malos funcionarios del régimen militar de entonces le dieron otros destinos. Signos de una corrupción de la que aun somos testigos.

La dimensión mundial de la tragedia no pudo quedar fuera de México 70. Dos días después, el fútbol devolvió un poco de alegría al país. La selección peruana ganó 3 a 2 a Bulgaria en un vibrante partido donde nuestro combinado logró remontar un marcador adverso de 0-2 con goles de Alberto Gallardo, Héctor Chumpitaz y Teófilo “Nene” Cubillas. La selección peruana salió al campo de juego con cintillos negros, en memoria de las víctimas de la reciente tragedia. Trascendió que la floja performance del arquero Luis Rubiños se habría debido a la falsa información dada en vísperas del trascendental encuentro, acerca que Trujillo, su ciudad natal, había desaparecido a raíz del sismo. La noticia de la tragedia fue ocultada celosamente por la dirigencia, pero finalmente se filtró.

A raíz del sismo se creó CRYRZA, un organismo gubernamental que centralizó las acciones de reconstrucción. Dos años después en 1972 se crearía el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI). Y ahí se inició la cultura de prevención de sismos en nuestro país. Paulatinamente, la población ha tomado conciencia durante estos cincuenta años que como parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, nuestro país debe estar preparado para contingencias de esta naturaleza. El 31 de Mayo es el Día Nacional de Prevención de Sismos, fecha en la cual se realizan simulacros a nivel nacional.

En Miraflores, la Municipalidad tiene a su cargo permanentes capacitaciones y simulacros.  Los 14 almacenes soterrados ubicados en igual número de parques del distrito, con alimentos y herramientas para la supervivencia de la población en las primeras 72 horas del desastre natural, lo convierten en el único gobierno local del país con esta infraestructura.

Domingo 31 de Mayo de 1970. Una fecha para no olvidar y reflexionar sobre lo mucho que falta hacer no solo en materia de prevención, sino de infraestructura de salud, educación y demás servicios básicos. (MTL).

Foto: Diario La Prensa