Javier Jiménez

Avi Loeb no es un astrónomo cualquiera. Ex-director del Departamento de Astronomía de la Universidad de Harvard, director del Instituto de Teoría y Computación en el Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica y miembro del Consejo de Asesores de Ciencia y Tecnología del Presidente de los Estados Unidos, Loeb es una de las mentes más originales y polémicas de las ciencias planetarias actuales.

No es para menos: fue uno de los principales defensores de la posibilidad de que Oumuamua, el primer objeto interestelar observado que hemos descubierto en el Sistema Solar, fuera una nave extraterrestre y está convencido de que el ‘Proyecto Galileo’ es nuestra mejor baza para encontrar tecnología extraterrestre, pero esas distan mucho de ser sus ideas más extrañas. La de ahora, sin ir más lejos, se lleva la palma.

Las respuestas menos estudiadas del origen del Universo

 

En su última columna de Scientific American, Loeb repasa brevemente las distintas teorías que tratan de responder al que, para él, es “el mayor misterio en la historia de nuestro Universo, qué es lo que sucedió antes del Big Bang”. Acto seguido, se arremanga y pasa a comentar “una posibilidad menos explorada”: la teoría de que el Universo pueda ser un experimento, la creación de laboratorio de una civilización tecnológica tremendamente avanzada.

“Dado que nuestro Universo tiene una geometría plana con una energía neta cero, una civilización avanzada podría haber desarrollado una tecnología que creó un universo bebé de la nada a través de un túnel cuántico”, dice Loeb. La tesis del polémico astrónomo postula que la síntesis entre la física cuántica y la teoría de la relatividad (uno de los “santos griales” de la física contemporánea) permitiría desarrollar la tecnología necesaria para crear “universos bebés” en el laboratorio.

Aunque la teoría es llamativa y ayudaría a conciliar ideas como el “principio antrópico” con la física actual, todo esto es indemostrable a efectos prácticos, claro. No obstante, la teoría da pie a Loeb a construir una clasificación de civilizaciones distinta a la que Nikolai Kardashev propuso en los años 60.

En lugar de hablar de civilizaciones de tipo I, II y III según su aprovechamiento de recursos, Loeb habla de civilizaciones de clase A (capaces de reproducir las condiciones cósmicas que hicieron posible su existencia), clase B (capaces de ajustar las condiciones de su entorno inmediato para ser independiente de su estrella anfitriona) y clase C (el resto). Nosotros, según Loeb, estaríamos en esa clase C. Al fin y al cabo, si el sol se muriera hoy, seríamos incapaces de recrear las condiciones habitables de nuestro planeta.

Pero más allá de todo esto, la clasificación es estimulante porque amplía las maneras que tenemos de pensar en la vida fuera de la Tierra. No dejan de ser “experimentos mentales” y es probable que si el autor no fuera Loeb nadie le haría ningún caso, sin embargo son del tipo de ideas locas que nos hacen redimensionar (constantemente) nuestro lugar en ese frío e inhóspito sitio llamado Universo.