Las actuales propietarias de esta edificación barranquina única, que se erige imponente desde hace más de cien años en la calle Cajamarca, nos revelan las historias y anécdotas que alberga el Palacete, por el que ha pasado toda clase de personajes: desde expresidentes hasta bandas de punk.

Por Vania Dale

Habitantes del palacete

Don Aurelio Sousa y Matute fue una prominente figura política del Perú de inicios de 1900. Abogado reconocido y destacado miembro del Partido Demócrata, durante su vida ostentó tantos cargos políticos como era posible: fue presidente del Consejo de Ministros, ministro de Gobierno, de Justicia e Instrucción, de Hacienda y Comercio, además de presidente de la Cámara de Diputados y senador. No es de extrañar, pues, que el impresionante Palacete Sousa, que otrora fuera su vivienda, albergue historias y anécdotas de relevancia política.

La más impresionante, sin duda, tiene que ver con el presidente Piérola, de quien Aurelio era fiel simpatizante y cuya protección le costó, finalmente, el exilio (murió en Niza, en 1925). En 1909, tras el incidente en el que un grupo de pierolistas secuestraron al entonces presidente Augusto B. Leguía y lo quisieron forzar a renunciar al cargo a los pies del monumento a Bolívar –un evento que terminó con la muerte de una centena de manifestantes luego de la intervención de las fuerzas públicas–, Nicolás de Piérola tuvo que esconderse. Y lo hizo en el Palacete Sousa. “Mis tías nos contaron que vinieron los soldados a buscarlo”, dice María del Carmen Sousa, bisnieta de don Aurelio. “Mi bisabuela acababa de dar a luz, así que les dijo a los soldados que podían revisar toda la casa, pero que, por favor, al entrar al cuarto del bebé, no hicieran bulla, porque estaba durmiendo. Y ahí estaba Piérola, escondido dentro del ropero. Mi bisabuela había puesto la cuna justo delante de él, así que los soldados no revisaron allí”, relata. “Incluso, el que era el baño de mi bisabuelito tiene un hueco que da hacia el sótano, creemos que para facilitar cualquier escape”, acota Chela Sousa.

los propietarios originales, Aurelio Sousa y Matute y su esposa Rosa Miranda, junto a sus hijas Lola, Ángela, Rosa y Paquita

Las bisnietas mayores de Aurelio de Sousa guardan un cariño especial por el palacete. Durante su niñez, no vivían en Lima, sino en una hacienda arrocera de Chiclayo, que era también propiedad de don Aurelio, pero que el padre de ellas administraba. El Palacete era el lugar en el que pasaban sus vacaciones y, en ese entonces, Jorge Sousa Miranda, quien fue uno de los hijos de don Aurelio –además de alcalde de Barranco y diputado por Cajamarca, entre otros cargos– era su principal propietario. “Nosotras veníamos de montar caballos todo el día, y llegábamos acá, con el abuelo y sus mayordomos, sus bandejas de plata, sus pantallas de cristal… No podíamos correr aquí. Cuando nos levantábamos, andábamos de puntitas. Era realmente un palacio”, dicen las Sousa.

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También fue el escenario de la celebración del quinceañero de Chela. “Mis quince fueron en el jardín: mi abuelo no quería que nadie entrara a la casa”, recuerda. Para la ocasión, ella y su abuelo bailaron marinera.

Stefany Sousa H., Soraya Sousa L., Graciela Sousa L., María del Carmen y Reneé Sousa L. son cinco de los actuales propietarios del Palacete.

Ese espacio de ensueño, que de niñas percibían como intocable, albergaba una mística especial. “Esta casa era un misterio para nosotras. Así la veíamos de chicas. No sabíamos qué gente la habitaba. El abuelo tenía costureras, gente que se encargaba del lavado, cocineras… una persona para cada cosa. ¡La casa incluso tenía su propia capilla!”, cuenta Soraya, la menor de las hermanas Sousa, quien no alcanzó a pasar demasiado tiempo en el Palacete, pero que aun así conserva la impresión de aquellos días de esplendor.

Las muchas caras del palacete

Quien sí llegó a vivir en la construcción barranquina fue Alfonso Rosell Sousa, ahijado de Jorge Sousa Miranda. “Viví solo hasta los 4 años allí, pero luego he vuelto muchas veces”, cuenta. “Recuerdo que pasé mi época universitaria allí. Almorzaba con mi tío Jorge todos los lunes y le gorreaba su camioneta los fines de semana, una Jeep verde nuevecita que usaba para ir a la hacienda en Chiclayo”, comenta entre risas. “Mi tío Jorge era una bellísima persona”.

Jorge Sousa Miranda, junto a sus hijos Mercedes, Aurelio y Ángela, en los años cincuenta.

Al igual que él, su hermana Llumi tiene impreso en la memoria el recuerdo de los varios cumpleaños que celebró de chica en el Palacete, y los momentos de diversión y relajo junto a sus amigas al borde de la piscina –que hoy es solo un estacionamiento– durante los años sesenta. “En los meses de noviembre y diciembre, cuando ya empezaba a salir el sol, aprovechaba que tenía horario partido en el colegio y me iba con unas amigas a la piscina del Palacete. Mi tía Rosa, que fue quien nos crio tras la muerte de mi madre, nos preparaba algo para tomar y nos hacía algunos sánguches, y nosotros nos tirábamos ahí a tomar el sol, y después regresábamos al colegio”, cuenta Llumi.

Graciela en plena celebración de sus 15 años en el Palacete Sousa, en 1962, junto a su abuelo Jorge.

Mucho tiempo después, el Palacete tuvo algunos años de vida cultural alternativa. Alfonso Rosell hijo, por ejemplo, recuerda haber ido a un concierto de bandas de punk a finales de los ochenta, donde la piscina –al igual que en los cumpleaños y las tardes de primavera de Llumi– era la protagonista; solo que aquella vez, en lugar de sánguches y bebidas refrescantes, había caballetes con pinturas bordeándola y, de fondo, proyectaban “The Wall”, la surrealista –y extremadamente politizada– película de Pink Floyd.

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El resurgir

Tras el fallecimiento de Jorge Sousa Miranda, sus hijos heredaron los derechos de su padre, pero no habitaron la casona, sino que la alquilaron a dos colegios: primero, al Holy Trinity, y, luego, al San Fernando. “Fue un error de mi papá alquilar la casa a esos colegios”, asegura la menor de las Sousa, pues contribuyeron al deterioro de la edificación. Por eso, en el año 2000, luego de la muerte de Aurelio Sousa nieto, sus hijos se embarcaron en un juicio de desalojo. “Fue muy difícil retirar a la gente del colegio de aquí”, relatan las Sousa. “Aparte del colegio, había inquilinos precarios a los que el colegio subarrendaba partes de la propiedad. Fue todo un triunfo sacarlos”.

Detrás: Graciela Sousa L., sus padres Reneé de Sousa y Aurelio Sousa Cabada, y su hermano Aurelio Sousa L. Delante: sus hermanas María del Carmen y Carolina Sousa L.

Después del maltrato al que fue sometido, del brillo de antaño del Palacete poco quedaba. El deterioro de la propiedad era evidente, tanto así que incluso algunas páginas web defensoras del patrimonio local clamaban por su pronta recuperación.

Como atendiendo a ese clamor, en 2013, Casacor lo eligió como sede de su edición de ese año, y elPalacete –como bien dicen las Sousa– revivió. La feria, fiel a su convicción de poner en valor las edificaciones más emblemáticas de la capital, contribuyó tremendamente a la recuperación de la construcción, que hoy en día es sede de diversas producciones de televisión local, pues desde hace aproximadamente dos años está alquilado por la compañía Pro TV.

Jorge Sousa Miranda, con sus nietas Graciela, Carolina y María del Carmen, y Aurelio Sousa Cabada, hijo de Jorge y padre de las niñas. Debajo: Nicolás de Piérola fue presidente del Perú en dos oportunidades, de 1879 a 1881 y de 1895 a 1899.

Pero, hace pocos meses, la noticia de un “incendio” en el Palacete llamó la atención de los medios; sin embargo, se trató de un fuego que fue controlado rápidamente y que afectó solamente el patio en que la productora conserva parte de su utilería. No dañó la edificación en sí: hay Palacete para rato.

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De otro mundo y de otro tiempo

La familia Sousa era originaria de Cajamarca, al igual que muchas otras familias que construyeron sus casas en la misma calle barranquina –motivo por el cual la bautizaron con el nombre de la provincia–. De hecho, la fantástica tienda de artesanías Las Pallas, que creó Mari Solari, se estableció en la que solía ser una casa de propiedad del abuelo.

En esa calle, sin duda una de las más vistosas y coloridas del distrito, se erige este monumento vivo cargado de historia, que inmediatamente nos remite a otro tiempo. Y a otro mundo, por qué no. De Eiffel no solo tiene la escalera, sino también el techo del primer piso, conformado por unas placas labradas en metal que diseñó el ingeniero parisino y que una compañía inglesa instaló. “La escalera es invaluable… una obra de arte. Y no se ha oxidado, está intacta”, comentan las hermanas Sousa. A pesar del paso del tiempo (tiene más de cien años de construido) y de los malos usos que le dieron algunos de sus inquilinos, el Palacete es una construcción fuerte, todo un ejemplo de resistencia.

Reneé, María del Carmen, Stefany, Graciela y Soraya Sousa, en la escalera del Palacete diseñada por Gustave Eiffel.

“Quedan pocas casonas así, y esta es una de las más emblemáticas de Barranco”, opinan las Sousa.
Con lo difícil y costoso que resulta mantener una construcción de tal envergadura, el futuro del Palacete es incierto. “Tal vez algún inversionista quiera tomarlo para hacer un hotel boutique o un edificio residencial en la parte de atrás, y usar el Palacete como casa club”, comenta Chela. “La verdad es que sí hemos tenido varias ofertas, pero no hemos podido hacer nada… Nos hemos puesto ‘disticosas’, porque estamos exigiendo cierto estándar”, enfatiza. Además, como patrimonio cultural que es, cualquier posible proyecto tiene que ser presentado al Ministerio de Cultura y a la municipalidad del distrito para su aprobación.

Después de los trabajos de restauración.

Pero el Palacete está en buenas manos. Las hermanas Sousa, lideradas por Chela, hace mucho tiempo se compraron el pleito y vienen dedicando esfuerzos a la misión de conservar este lugar, que es muestra tangible del legado de su familia, además de un elemento arquitectónico de indiscutible belleza, una construcción invaluable para la historia de Barranco y de la Lima antigua. Y la historia hay que honrarla y preservarla.