Juan de Dios Peza nació el 29 de junio de 1852 en México y falleció el 16 de marzo de 1910. Fue un importante poeta del siglo XIX que además realizó labores como político.

Comenzó sus estudios en una escuela de orientación agrícola pero años más tarde se pasó al Colegio de San Ildefonso, considerado de los mejores a nivel educativo. Allí conoció al poeta Ignacio Ramírez, quien impartía clases en dicha institución y para quien Peza se convirtió en su alumno predilecto. Además, también tuvo de profesor a Ignacio Manuel Altamirano.

Era un acérrimo defensor de las ideas liberales; lo hacía con una pasión pocas veces vista y, a través de su escritura, puede descubrirse su gran convencimiento en torno a estas ideas. Cabe mencionar que colaboró con diferentes medios periodísticos entre los que se encontraron la Revista Universal y El Eco de Ambos Mundos.

En lo que respecta a sus creaciones, su publicación que se considera más identitaria de su ideología y estilo es “Cantos del hogar”. Un poemario de naturaleza absolutamente intimista que, además, se considera emblemático de la poesía de su generación. Otras creaciones son “Canto a la Patria”, “La lira mexicana” y “Los últimos instantes de Colón”.

 

Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—

el pueblo al aplaudirle le decía:

«Eres el más gracioso de la tierra

y el más feliz…»

Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,

en sus noches más negras y pesadas,

iban a ver al rey de los actores

y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,

llegóse un hombre de mirar sombrío:

«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso

como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;

no me importan mi nombre ni mi suerte

en un eterno spleen muriendo vivo,

y es mi única ilusión, la de la muerte».

—Viajad y os distraeréis.

—¡Tanto he viajado!

—Las lecturas buscad.

—¡Tanto he leído!

—Que os ame una mujer.

—¡Sí soy amado!

—¡Un título adquirid!

—¡Noble he nacido!

—¿Pobre seréis quizá?

—Tengo riquezas

—¿De lisonjas gustáis?

—¡Tantas escucho!

—¿Que tenéis de familia?

—Mis tristezas

—¿Vais a los cementerios?

—Mucho… mucho…

—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?

—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;

yo les llamo a los muertos mis amigos;

y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico—perplejo

vuestro mal y no debo acobardaros;

Tomad hoy por receta este consejo:

sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

—¿A Garrik?

—Sí, a Garrik… La más remisa

y austera sociedad le busca ansiosa;

todo aquél que lo ve, muere de risa:

tiene una gracia artística asombrosa.

—¿Y a mí, me hará reír?

—¡Ah!, sí, os lo juro,

él sí y nadie más que él; mas… ¿qué os inquieta?

—Así —dijo el enfermo—no me curo;

¡Yo soy Garrik!… Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,

enfermos de pesar, muertos de tedio,

hacen reír como el actor suicida,

sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!

¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,

porque en los seres que el dolor devora,

el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,

si sólo abrojos nuestra planta pisa,

lanza a la faz la tempestad del alma,

un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,

que las vidas son breves mascaradas;

aquí aprendemos a reír con llanto

y también a llorar con carcajadas.