TODO EMPEZÓ MUY MAL

¡Qué bello es vivir! (1946) ha vuelto a casa por Navidad. Habrá que decir a los recalcitrantes que la película de Frank Capra (1897-1991) es mucho más que una bandeja de dulces de obligada inclusión en el menú navideño. Quienes dicen empalagarse con su sobrecarga sentimental e idealista -el reproche habitual- saben o deberían saber que el filme está considerado un clásico de la historia del cine por sus incuestionables valores artísticos. ¿Un clásico de la comedia? No es comedia, ya lo veremos, todo lo que reluce en la historia de George Bailey, ese hombre ejemplar interpretado por James Stewart, que está a punto de suicidarse por un accidente económico de su empresa y que es rescatado para la vida y la felicidad por un ángel enviado en su auxilio por el mismísimo Dios. El camino de ¡Qué bello es vivir! hacia la gloria de la que lleva años disfrutando, pese a sus antagonistas, no fue nada fácil y empezó muy mal. También el de su director. Para empezar, El mejor regalo, el cuento de cuatro mil palabras del escritor e historiador norteamericano Philip Van Doren Stern (1900-1984), en el que se basa, fue rechazado por un montón de editoriales. Van Doren, harto y desengañado, se costeó de su bolsillo una edición de 200 ejemplares que envió personalmente a amigos y conocidos. Cayó en manos de Charles Koerner, jefe de los estudios RKO, quien lo leyó, se entusiasmó, lo compró y se gastó una pasta en tres guiones distintos. Ninguno le complacía, y eso que sus autores fueron nada menos que Marc Connelly, Dalton Trumbo y el también dramaturgo Clifford Odets. Eso tiene su gracia porque, al menos los dos últimos, eran reconocidas figuras de la izquierda comunista, y Frank Capra, que recibió los tres guiones y la propuesta de Koerner de hacer la película, fue toda su vida un ferviente católico, conservador y republicano. Capra desestimó los tres guiones, formó su propio equipo de guionistas y él mismo participó en la escritura.

PARA LOS DESCORAZONADOS Y LOS OPRIMIDOS

Capra, el coronel Frank Capra, acababa de regresar a casa después de participar en la II Guerra Mundial. Su trabajo en el ejército había consistido en dirigir Why We Fight (1943-1945), una serie de siete documentales enseguida aplaudidos como obras maestras del género y cuya finalidad era animar a los soldados y convencer a la opinión pública de que los Estados Unidos debían participar en la guerra, incluso como aliados de los soviéticos, contra los nazis y por la causa de la libertad. Pero Capra se encontraba ahora mano sobre mano, desconcertado por los nuevos rumbos que en su ausencia habían tomado Hollywood y el gusto del público. Se preguntaba, como escribiría después en su imprescindible autobiografía -publicada en 1971-, si se habría “oxidado”, si habría perdido su “toque”. Su “toque”, ejercitado ya durante el cine mudo, no podía ser más eficiente y preciado. Al término de los años 30, Capra era el director más premiado por Hollywood, y lo siguió siendo hasta que John Ford le arrebató el cetro. Había ganado, en cinco años, tres Oscar al mejor director por tres grandes comedias: Sucedió una noche (1934), El secreto de vivir (1936) y Vive como quieras (1938). Muy pocos directores han tenido rachas semejantes. Además, Capra había dirigido, en la misma década, películas tan perdurables en el tiempo como Horizontes perdidos (1938) y Caballero sin espada (1939). Esta última, con su antológica escena de filibusterismo en el Senado, es uno de los mayores y más emocionantes alegatos en favor de la democracia y la libertad y en contra de la corrupción política que se han rodado jamás. Y es que Capra, hombre muy religioso, sí, conservador y de moral estricta, fue toda su vida un demócrata y un liberal radical en ese estilo americano que no se suele entender bien en Europa. Sólo hace falta ver con qué ojeriza retrata en ¡Qué bello es vivir! las sucias maniobras del todopoderoso, depredador y despiadado banquero Henry Potter. En Frank Capra. El nombre delante del título (T&B Editores), su mencionada, indispensable y apasionante autobiografía, Capra escribe, a propósito de ¡Qué bello es vivir!, párrafos como éstos: “[Quería hacer] un filme para decirles a los cansados, a los descorazonados y a los desilusionados; al borracho, al drogadicto, a la prostituta; a aquellos tras las rejas de una prisión y a aquellos tras los Telones de Acero, que ¡ningún hombre es un fracaso! (…) un filme que les decía a los oprimidos, a los empujados de un lado para otro, a los pobres: “Arriba las cabezas, amigos. Ningún hombre es pobre si tiene un amigo. Tres amigos, y eres asquerosamente rico””.

LA EXPERIENCIA PERSONAL DEL DIRECTOR

En la esencia de ¡Qué bello es vivir! está la idea de que “la vida de cada hombre toca muchas otras vidas. Y que si él no está allí dejará un tremendo agujero”. Por eso, Clarence, el bonachón ángel sin alas que evita el suicidio en el río de George Bailey, le muestra a éste cómo sería en el futuro el horror de su ciudad y el horror de sus más próximos si él, un hombre básicamente bueno, no hubiera nacido. No se puede negar, como señalan sus críticos acervos, que la película rebosa idealismo y sentimentalismo. El pensamiento de Capra se basa en el humanismo cristiano que da valor a cada individuo por sí mismo y, por supuesto, en el concomitante individualismo propio de los Estados Unidos, que cree en la existencia y viabilidad de un espíritu y un sueño americanos basados en la libertad, las oportunidades y el esfuerzo. Y ese pensamiento capriano era, además, fruto de su educación y de su peripecia personal. No era fácil discutírselo. El menor de siete hermanos, hijo de campesinos italianos católicos y analfabetos, recolectores de fruta, Capra emigró con su familia a los Estados Unidos a la edad de cinco años. Sería inacabable el listado de los trabajos de quinta categoría y mal pagados que el joven Frank Capra tuvo que desempeñar para pagarse la escuela y ayudar a su familia hasta que consiguió ir a la universidad y graduarse como ingeniero químico. También el de los antros en los que -cuando no viajaba de polizón en trenes de mercancías- tuvo que malvivir. Y también el de los oficios de bajo o menor rango en los que trabajó en Hollywood hasta conseguir la primera oportunidad de dirigir una película. Toda esa experiencia está en su mirada hacia los personajes de ¡Qué bello es vivir!

EL PROYECTO INDEPENDIENTE DE “LIBERTY”

Al volver de la guerra, Capra consideró que los grandes estudios de Hollywood estaban atrapados en la repetición de fórmulas manidas y que sólo se podía respirar fuera de ellos. Con tres de sus amigos, los grandes directores William Wyler y George Stevens y con el prestigioso productor Robert Briskin, fundó una productora independiente, una de las primeras en la historia del cine americano: Liberty. El nombre aludía por igual a la libertad que los cuatro socios querían experimentar respecto a los estudios hollywoodenses y a la libertad propia del patriotismo democrático norteamericano, recién puesta en valor en el combate de los Estados Unidos contra el nazismo en el que los cuatro amigos habían participado activamente. De hecho, eligieron como logo y símbolo de su empresa la célebre Campana de la Libertad de Filadelfia. ¡Qué bello es vivir! fue la primera de las nueve películas que Liberty firmó con la RKO para su distribución y a punto estuvo de ser la última que la compañía pudo hacer. De hecho, Liberty sólo llegó a producir otra, El estado de la Unión (1948), también dirigida por Capra y que igualmente fue un fracaso. Estrenada en diciembre de 1946, ante la Navidad, ¡Qué bello es vivir! -ahí donde la tienen- dividió a la crítica, obtuvo muchos comentarios negativos y fue un completo fracaso de público. Recuperó la inversión a trancas y barrancas y con los años, hundió a Liberty -que tuvo que ser vendida a la Paramount un año y pico después-, impidió que Wyler y Stevens dirigieran la película anual que estaba prevista en el acuerdo entre los socios y dejó herida para siempre la carrera de Capra, quien sólo pudo hacer cinco películas más en los siguientes 15 años. Para colmo, ocurrió algo sangrante para Capra y para la compañía. Wyler, antes de rodar para Liberty, tenía un contrato con la MGM y dirigió Los mejores años de nuestra vida (1946), sobre el drama de la readaptación a la vida civil de los excombatientes de la Segunda Guerra Mundial. En la siguiente edición de los Oscar, el filme de Wyler le arrebató al de Capra las cinco estatuillas a las que había sido nominado: película, director, actor principal, actor secundario y guion adaptado. La película de un amigo y socio, encima realizada para un gran estudio, hundió la posibilidad de levantar la taquilla de ¡Qué bello es vivir! y contribuyó a la ruina de la empresa creada por ambos.

CUANDO LA SUERTE CAMBIÓ

¿Qué pasó después? Pues ocurrió que, transcurridos muchos años, cambió el gusto del público o, al menos, su percepción de ¡Qué bello es vivir! La película se pasó en Estados Unidos por televisión en unas Navidades y tuvo audiencias millonarias entre un público familiar que se conmovió con ella. Sucesivos pases televisivos y navideños confirmaron el fenómeno, y la (mala) suerte de ¡Qué bello es vivir! cambió para siempre: se convirtió en un clásico. Nadie puede discutir sus ingredientes primordiales: la realización de Capra en las escenas íntimas y en las corales, la eficacia de un guion que maneja tres tiempos distintos, las excelentes interpretaciones de los protagonistas y de los increíbles secundarios, su extraordinaria ambientación en las escenas de interiores y en las calles, la versátil música de Dimitri Tiomkin, la formidable fotografía en blanco y negro… Un sector del público discute, como decíamos al principio, su idealismo y su sobrecarga sentimental. Capra siempre dijo que era su mejor película, que era “mi clase de filme para mi clase de gente”. Y está ya visto y comprobado que hay una “clase de gente”, un numerosísimo público que -méritos cinematográficos aparte- no pone reparos a la intervención del cielo en la vida de George Bailey y al canto a la bondad, el sacrificio, la amistad y la solidaridad con el que concluye la película y que marca su significado.

¿Y SI FUERA UNA PELÍCULA MUY OSCURA?

Pero hace ya muchos años que algunos críticos norteamericanos aportaron una inquietante mirada que, aun a costa de los propósitos e intenciones de Capra, le da la vuelta por completo al presunto candor y optimismo idealista de la película. ¿No es menos cierto que Bailey explota y se desespera por completo antes de intentar suicidarse -nada menos- por sentir que su vida de hombre bueno y sacrificado no le ha servido para nada? ¿no es verdad que, pese a su estupenda mujer y sus cuatro hijos -o precisamente por eso-, se siente atrapado en una vida pequeña y mediocre sin haber cumplido su sueño de salir de su insignificante ciudad y ser un gran arquitecto? ¿Y qué vemos cuando el ángel de la guarda le muestra lo que habría sido el futuro si él no hubiera nacido y si su benéfica influencia no se hubiera producido, por tanto, sobre sus vecinos y familiares? Vemos un mundo oscuro, negrísimo, en el que han triunfado los capitalistas desalmados como Henry Potter, un mundo lleno de tristeza, violencia, alcohol, garitos, abandono, soledad, amargura y decadencia. Y algunos dicen: ¡ése es exactamente nuestro mundo de hoy! Entonces, en verdad, ¿cómo veía la vida real Frank Capra? ¿Blanca o negra?: ¡Qué bello es vivir!