Javier Salas

“El uso de mascarillas en sí no garantiza la protección si no se combina con otras medidas. El problema es que la gente que las utiliza puede tener una falsa sensación de seguridad y olvidar otros gestos esenciales como lavarse las manos”, advertía el 31 de marzo Tarik Jasarevic, portavoz de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Como en muchas otras ocasiones durante esta pandemia, la ciencia viene a sacarle los colores a las hemerotecas con conocimientos consolidados semanas o meses después. Un análisis recién publicado pone en entredicho esta idea de que las mascarillas podrían ser contraproducentes al generar una “una falsa sensación de seguridad”.

“La evidencia disponible no respalda las preocupaciones de que su uso afecte negativamente la higiene de las manos”, resume este artículo publicado en British Medical Journal por tres especialistas en comportamiento de la Universidad de Cambridge y el King’s College de Londres. Los autores estudiaron 22 revisiones sobre el uso de mascarillas realizados previamente a esta pandemia para analizar el comportamiento de la gente con respecto a otras medidas contra contagios, seis de los cuales estudiaban la higiene. “El uso de mascarillas no redujo la frecuencia del lavado o desinfección de manos en ninguno. De hecho, en dos estudios, las tasas declaradas de lavado de manos fueron más altas en los grupos que las usaban”, concluyen. En otros estudios en los que se medía el gasto de jabón en los grupos que usaban mascarillas, comparados con otros que no las usaban, tampoco se observó influencia negativa.

La idea de que las mascarillas puede propiciar que se quebranten otras medidas se basa en una teoría denominada de compensación del riesgo, que presupone que algunas conductas que dan seguridad generan conductas más arriesgadas. Un ejemplo clásico es que hay ciclistas que circulan de forma menos prudente al llevar casco, por esa sensación extra de seguridad. Este nuevo análisis, que revisa más de dos docenas de estudios (sobre mascarillas y otras medidas sanitarias), asegura que la teoría de compensación del riesgo no se sostiene. Y que en el caso del uso de mascarillas sería más bien al contrario: incluso se ha observado que lucir el tapabocas mejora el cumplimiento de otras conductas como lavarse las manos para evitar contagios.

El equipo que firma el estudio no encontró ninguna prueba de que obedecer medidas sanitarias tenga efectos contraproducentes porque reduzca la percepción del riesgo. En el caso de las mascarillas, incluso descubrieron que hay tres estudios que muestran que usar cubrebocas mejora el cumplimiento del distanciamiento físico en terceras personas. El estudio no descarta que exista la posibilidad de que algunas personas puedan comportarse como explica la teoría de compensación del riesgo, pero eso no se traduce en problemas a nivel general de la población: “Es poco probable que sea suficiente para contrarrestar, o incluso revertir, los efectos beneficiosos y conducir a un peor resultado para una población”.

Además, el estudio asegura que una medida preventiva como las mascarillas puede incentivar el uso de otras medidas, ya que las agrupamos mentalmente: al ver una señal de mantener la distancia al entrar en una tienda recordamos que también debemos ponernos la mascarilla. Del mismo modo, una persona con la cara cubierta puede convertirse en una señal para iniciar comportamientos protectores en otras personas: les recuerda a los demás viandantes que deben ponerse la suya y mantener la distancia. En estos meses, muchos especialistas en comportamiento y salud han publicado estudios que ayudaban a guiar la forma de actuar de la gente para mejorar su cumplimiento de estas medidas, porque se trata de conductas que se pueden aprender, interiorizar y automatizar.

“El concepto mismo de compensación del riesgo, en lugar de la compensación de riesgo en sí, parece la mayor amenaza para la salud pública al retrasar las intervenciones potencialmente efectivas que pueden ayudar a prevenir la propagación de la enfermedad”, critica la profesora Theresa Marteau, de Cambridge. Marteau y sus colegas dicen que los resultados de las revisiones sistemáticas más recientes no justifican esta preocupación tampoco para otros temas sanitarios, como las medidas para hacer frente a enfermedades de transmisión sexual. Observaron que, por ejemplo, para la vacunación contra el virus del papiloma humano se dio el efecto opuesto: quienes se vacunan tenían un comportamiento sexual mucho más prudente.