por Pablo Torres-Vergara

La crisis sanitaria actual demostró que las relaciones entre investigadores y políticos son asimétricas y verticales, invocando así al fantasma que anunciaba la creación del Ministerio de Ciencia como un mero saludo a la bandera. El Ministerio de Ciencia, como todo ministerio, es una repartición que actúa –y siempre lo hará– bajo la pauta del Gobierno de turno. Por tanto, los investigadores e investigadoras debemos estar atentos y aprender de las lecciones que la contingencia nos está dejando, para ser capaces de trascender a las ideologías que gobiernan y permear de manera efectiva en la toma de decisiones para el desarrollo de políticas públicas. Todo esto lo digo mientras la sociedad es víctima de las precariedades sociales que se han agravado y visibilizado con mayor fuerza, producto de esta pandemia.

En el marco de la pandemia actual, la directora de Nature, una de las revistas científicas más prestigiosas, mencionó en una entrevista que hoy en día los gobiernos se nutren más de la evidencia científica para el desarrollo de políticas públicas y que existe un mejor trabajo colaborativo entre los gobiernos y las comunidades científicas pertenecientes a todas las áreas del conocimiento. En Chile, sin embargo, hemos sido testigos de la poca consideración que el Gobierno le ha dado a la opinión de la comunidad científica, expresada en las polémicas entre el Ministerio de Salud y la Mesa de Datos COVID-19, encabezada por el ministro de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Dr. Andrés Couve Correa.

En este contexto, hace unas semanas, se publicó una carta firmada por profesionales e investigadores –a la cual adherí–, dirigida al Presidente de la República, para pedir acciones más concretas en el manejo de la situación sanitaria en el país. Respecto a esta carta, en un análisis introspectivo me pregunté por qué iba dirigida al Presidente, siendo que tenemos a un ministro que actuaría como asesor e intermediario en la materia. Pensaba en cómo el ministro Couve, con su background académico, estaría exponiendo sus puntos de vista ante la maquinaria política que está a cargo del manejo sanitario en el país.

Los políticos son hombres y mujeres de acción, gente con trayectoria (y no tanta), caracterizada en general por golpear la mesa, hablar duro, argumentar desde las posturas de sus partidos y no estar para rodeos ni explicaciones detalladas como las que se dan en el mundo académico y de la investigación –no busco caricaturizar, la experiencia personal me ha mostrado que es así–.

Imaginé cómo sería estar en el rol de ministro de Ciencia, tratando de dialogar con el exministro de Salud, Jaime Mañalich, un personaje de la política conocido por su carácter testarudo y afición a la polémica, mientras una columna de un diario de circulación nacional dice que a la Mesa de Datos del Ministerio de Ciencia… le faltan datos. Me imaginé lidiando con los requerimientos de los expertos de la Mesa de Datos, personas que trabajan de forma metódica en responder preguntas específicas en sus líneas de investigación, pero a su vez insatisfechas por la calidad de los datos entregados. Me imaginé repartiendo cajas de comida con una vestimenta institucional y de inmediato me pregunté sobre la situación actual del ministro Couve. ¿Es alguien que no puede utilizar sus armas académicas y se ha visto sobrepasado por las circunstancias? ¿Es un cómplice activo/pasivo de las acciones llevadas a cabo por el Gobierno? ¿O está articulando su próxima jugada para posicionar la investigación en Chile como una materia prioritaria?

Respecto a la última pregunta, he visto al ministro Couve comunicando que la ciencia está en la toma de decisiones, trabajando en la generación de instrumentos que permitan una mayor comunicación entre investigadores y el Gobierno, participando en los reportes diarios explicando metodologías de conteo de casos que generan más interrogantes, y comentando sobre la posibilidad de que Chile disponga de una vacuna para este coronavirus.

Conversando de lo anterior con sociólogos –entre ellos mi compañera y un académico/investigador de las ciencias sociales que conozco desde hace años– me comentaron que un concepto enseñado en cursos básicos de sociología es la necesidad que tiene la política de reproducir el poder y valerse de aquello que necesite para perpetuarlo. En ese sentido, ¿si la ciencia no ayuda a reproducir el poder del Gobierno de turno o actores de interés, entonces no sería considerada por la política gubernamental?

¿Cómo la ciencia podría estar en la toma de decisiones, si el sistema por el cual el conocimiento científico se transmite (Web of Science, por ejemplo) es excluyente desde un punto de vista de acceso comunicacional y económico? ¿Los investigadores estamos dispuestos a intervenir en política más allá, desde nuestros conocimientos? Si Couve tiene éxito, vaya que sería un tremendo avance.

Se ha criticado desde la comunidad científica la gestión del ministro Couve en el manejo de la pandemia y ya hay voces pidiendo su renuncia por faltas a la ética y avalar las acciones del recién salido ministro de Salud. No obstante, me pregunté si en Chile la investigación en todas las áreas del conocimiento ha tenido un rol histórico y activo en política, con el antecedente de que por años hemos estado inmersos en una cultura laboral que promueve –desde las mismas universidades, unas más, otras menos– el individualismo, el clientelismo, la competencia –a veces descarnada– por adjudicarse fondos en un ambiente de precariedades y la necesidad (algunas veces) de publicar artículos sin mucho propósito para aumentar la productividad y sobrevivir en el sistema.

También me pregunté: ¿cuántos investigadores(as) discuten actualmente de igual a igual con los políticos que nos gobiernan y representan, en los temas prioritarios para el país? Quienes hacemos investigación en Chile, ¿tenemos formación o experiencia en política? ¿Cómo argumentamos ante un político de trayectoria? ¿Cómo convencemos, desde las incertezas que propone la ciencia, a personas que buscan controlar el poder desde las certezas? ¿Somos democráticos y ejercemos gobernanza en nuestras mismas organizaciones?

Actualmente, hay buenos críticos del sistema, se ha intentado articular esfuerzos para tener una voz común y exponer las precariedades que existen en las condiciones laborales de investigadores e investigadoras en el país, pero hay muy pocos líderes de opinión, gente que llegue directo donde se toman las decisiones, que haga nexos. No hay canales de comunicación fluidos y confiables, la crisis sanitaria actual demostró que las relaciones entre investigadores y políticos son asimétricas y verticales, invocando así al fantasma que anunciaba la creación del Ministerio de Ciencia como un mero saludo a la bandera. Es así como el ministro Couve lidera esta cartera cargando a sus espaldas el peso de las tradiciones que han regido las prácticas de investigación en Chile y, quien lo suceda, tendrá un trabajo muy duro en cuanto a generar un real giro de timón en la comunidad científica.

Para concluir, estamos experimentando un proceso de cambio social, económico y cultural, en el cual la investigación debe ser prioridad en la búsqueda de soluciones a las necesidades actuales y futuras del país. Lo anterior, que es solo una frase, puede volverse realidad siempre y cuando el cambio comience en nosotros y seamos capaces de romper los esquemas que rigen a la comunidad científica chilena. El Ministerio de Ciencia, como todo ministerio, es una repartición que actúa –y siempre lo hará– bajo la pauta del Gobierno de turno. Por tanto, los investigadores e investigadoras debemos estar atentos y aprender de las lecciones que la contingencia nos está dejando, para ser capaces de trascender a las ideologías que gobiernan y permear de manera efectiva en la toma de decisiones para el desarrollo de políticas públicas. Todo esto lo digo mientras la sociedad es víctima de las precariedades sociales que se han agravado y visibilizado con mayor fuerza, producto de esta pandemia.

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