El feminicidio en el Perú alcanzó este año cifras de escándalo. Hasta hoy 160 asesinatos que dejaron 189 niños huérfanos, más de un tercio de ellos en Lima y alrededores. En el 68% de los casos fueron las parejas o exparejas de estas mujeres quienes cometieron el crimen.

En este tema, los guarismos no son nada fríos, sino al contrario, nos están diciendo, gritando, que nuestro país es un entorno hostil para el género femenino, amenazante incluso, pues llegar a tal volumen de muertes solo puede explicarse en un arraigado desprecio por la vida de la mujer, ya que si le sumáramos los intentos de feminicidio, que raramente se denuncian –porque el enemigo suele estar en casa y ser el sustento familiar–, llegaríamos a cifras aún más abultadas de maltrato, incluidas las de violación, donde la muerte es solo uno de los avatares de esta cultura de violencia que se ceba en las peruanas cual amargo pan de cada día, como lo reiteran, una y otra vez, noticieros y diarios locales.

De ahí que Nancy Tolentino, directora ejecutiva del Programa Nacional contra la Violencia Familiar y Sexual del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP), haya afirmado que nuestra sociedad es sumamente permisiva con estos crímenes, que hasta se “normalizan” al incorporarlos al paisaje rutinario de la vida social y familiar.

Hablamos evidentemente de un mal que debe empezar a combatirse desde la más temprana edad escolar, inculcando el respeto y la igualdad entre los géneros: sí, eso que el fundamentalismo religioso ve con pavor antediluviano y que a estas alturas del siglo XXI no se puede seguir tolerando, pues es justamente esa doctrinaria idea de inferioridad femenina el principio y origen de una larga cadena de maltratos que con frecuencia culmina en crueles modalidades de feminicidio.

La desprotección es tan alarmante, que justo ayer se tuvo que detener a un suboficial de la PNP, en una dependencia de Ate, que habría realizado tocamientos indebidos a una menor de 13 años que fue a denunciar una violación. Es decir, ya el colmo.

Pero lo que tenemos por delante es una tarea que no solo atañe a nuestro sistema de justicia o a las fuerzas policiales, sino a una política de previsión que más allá del MIMP, debe comprometer a las fuerzas vivas de la educación en el Perú para sembrar las semillas de una nueva cultura que acabe de una vez por todas con esta violencia de género que está desangrando al país.