FERNANDO DE TRAZEGNIES GRANDA
Jurista. Miembro de número de la Academia Peruana de Derecho. Catedrático (*).
Me parece muy importante en  la vida recordar a los maestros, a esas personas que nos enseñaron a vivir  la vida profesional  y  académica  porque  su recuerdo tiene siempre algo que aportarnos. Es así como hoy me permito recordar a ese gran jurista, gran civilista y gran persona que fue el doctor José León Barandiarán. Recibí la amistad personal del doctor León Barandiarán, lo que me permite recordarlo con muchos detalles.
En una oportunidad, el doctor León Barandiarán me contaba, emocionado por el recuerdo, su encuentro con César Vallejo. Y me decía: “Sentí miedo verdaderamente. Era el respeto y la timidez que uno siente frente al genio”. Yo creo que no hay mejores palabras para expresar mi relación con este ilustre jurista. Ahora que trato de escribir su semblanza, basado en el recuerdo de  tantas conversaciones que tuve con él, debo reconocer que ante este esfuerzo por recordar y resumir quién fue el doctor León Barandiarán, siento el respeto, la admiración y la timidez de quien está –aunque solo sea en la memoria– frente a una de las figuras más significativas del Derecho peruano.
La perspectiva humanista
 
Ya se ha hecho un lugar común decir que el doctor José León Barandiarán no es solo un extraordinario especialista en derecho civil sino que también es, ante todo, un jurista, un hombre de derecho en el cabal sentido de la palabra. De ahí que un instituto de derecho  minero, una especialidad tan alejada de las preocupaciones inmediatas del doctor León, haya decidido dedicarle un homenaje con motivo de sus bodas de oro profesionales. La razón es clara: su vida profesional está por encima de  toda  especialidad  y  ni  los  civilistas,  ni  los comercialistas, ni ningún otro tipo de especialistas pueden pretender que su especialidad agota la significación jurídica de quien fue el doctor León Barandiarán. En realidad, estamos ante el recuerdo de un jurista completo; y desde esa perspectiva medular, su obra, su actividad, afectan aún ahora a todo especialista posterior, en la base misma de su especialidad.
Pero lo que quiero proponer en este recordatorio tiene una intención bastante atrevida. Ya el Derecho es en sí mismo una especialidad,  si  lo consideramos desde el punto de vista del saber total; y por eso, decir de una persona que es un jurista, es decirle que es un especialista del Derecho. Es así como el jurista se distingue del poeta, del filósofo, del lingüista, etcétera. Pues bien, yo quisiera sostener en esta semblanza  que el  doctor  León Barandiarán, antes que ser jurista, fue un verdadero humanista; es decir, un estudioso del hombre sin especialidad o compartimento que lo confine o lo limite. En otras palabras, aún la especialidad genérica del Derecho le quedaba estrecha a una personalidad volcánica y multifacética como la de él. Para su inquietud cognoscitiva, no existían los compartimentos-estanco.
Una anécdota relatada por el propio doctor León Barandiarán nos puede ilustrar cómo su inteligencia fina y su sentido del humor, que es un privilegio solo de las mentes grandes y amplias, le evitaron siempre caer en el riesgo de adoptar como ideología un cierto humanismo abstracto. Nos dice que, habiéndole solicitado la Facultad de  Derecho de San Marcos en 1968 que pronunciara una conferencia sobre los derechos humanos, se encontró en un grave compromiso. “¡Qué podía yo decir sobre los derechos humanos!”, me contaba. “Sobre ese tema solo podía repetir las generalidades que se dicen siempre”. Por este motivo, puesto que el tema no le permitía expresar ideas originales, decidió hacer una conferencia con palabras originales.
Es así como redactó un ensayo con los lugares comunes sobre los derechos humanos, pero expresados en un lenguaje fantástico, utilizando las palabras más extrañas y desusadas que pudo encontrar. La conferencia terminó con la siguiente frase: “habiéndose en escopo del bien social dado obstención a una calabiótica no obnoxia de frangirse senescentemente, siendo de repetir con El Quijote que siempre es alabado más el hacer el bien que el mal”. El auditorio quedó atónito, no sabiendo si lo que había oído era un razonamiento de una altura conceptual inalcanzable para la mente común o si estaba ante una de las manifestaciones más agudas y con más carga crítica del sentido del humor del doctor León Barandiarán.
La vocación del maestro
 
El doctor León Barandiarán nació en Lambayeque en diciembre de 1899. Realiza sus primeros estudios en Chiclayo y después es enviado a Lima por sus padres a fin de que lleve adelante sus estudios de abogado en la Universidad Nacional  Mayor de San Marcos. Evidentemente, el Lambayeque de la época era un ambiente culturalmente pequeño para un espíritu inquieto. La lectura no era un hábito muy difundido e incluso, cuenta el doctor León Barandiarán, no había muchos libros disponibles.
Por eso su venida a Lima causa en él una profunda impresión y quizá marca su destino. Confrontado con un nuevo mundo que se le abría intelectualmente, se convierte en un lector obsesivo. Me dijo alguna vez, con un cierto pudor de revelación íntima, que aquí, en Lima, pudo leer dos libros que le dejaron profunda huella: la Biblia y El Quijote. Paralelamente a esta vida de lectura desenfrenada, realiza brillantemente sus estudios de Derecho, obteniendo las más altos notas durante toda la carrera.
En 1925 se graduó de abogado y en 1927 de doctor. Un año más tarde ingresaba a la docencia como catedrático auxiliar de la Universidad  Nacional Mayor de San Marcos para enseñar el curso de Derecho Civil, cuyo titular era ese otro gran jurista, Ángel Gustavo Cornejo. Este es un hito importante en su vida; porque si tuviéramos que caracterizar la actividad jurídica del doctor León Barandiarán con un solo trazo, deberíamos decir que es ante todo un maestro, con una indesmayable vocación académica
En  conversaciones personales, el doctor  León Barandiarán planteaba que concebía el  ejercicio profesional del hombre de Derecho básicamente  desde tres perspectivas: el juez, el profesor investigador y el abogado. De estas tres funciones, consideraba que la más excelsa es la de juez porque tiene que abandonar todo punto de  vista  particular y resolver jurídicamente un conflicto con la máxima imparcialidad; esto requiere virtudes muy especiales que no le hacen falta y que no suele tener el abogado. Sin embargo, curiosamente, el doctor León confiesa que, por razones diversas y meramente circunstanciales, nunca ha ejercido la función judicial. Toda su participación en la administración de justicia ha sido como fiscal suplente de la Corte Suprema.
Ya en un discurso en 1954, al asumir el cargo de decano del Colegio de Abogados de Lima, el doctor León advertía atrevidamente a sus colegas: “La abogacía por doquier, y el Perú no es una excepción, es una tarea congestionada de dificultades. Primitivamente, el abogado era el patrono, y su patrocinado era el cliente en la pristinidad del vocablo. Hoy, la relación ha cambiado. El abogado proporciona  servicios  a  su  defendido, mediante una remuneración, y  ello  puede  ser  una  eventualidad  proclive, para que la voluntad del primero resulte inordinada frente a la del segundo”. De ahí que, advertía el doctor León Barandiarán, sea cada vez más necesario asegurarle al abogado su independencia técnica y hacerle ver que, por encima de los deberes para con su cliente, tiene deberes para con su profesión.
Su actividad docente, que se inició en la universidad donde hizo sus estudios y a la que primero retribuyó con su talento, fue ampliada a la Pontificia Universidad Católica del Perú donde varias generaciones de abogados han sido formados con sus enseñanzas. Más  tarde,  la Universidad  de  San Martín de Porres y la Universidad de Ica han sido también beneficiadas con sus cursos. Además, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos lo nombró Profesor Emérito y las universidades de Piura, Trujillo, Cusco, Arequipa y Lambayeque lo incorporaron como catedrático honorario.
En el extranjero fue igualmente reconocida su calidad académica y la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile lo nombró catedrático nonorario mientras que la Universidad Rockefeller, de Estados  Unidos,  lo  hizo  doctor honoris  causa. Quizá el reconocimiento más adecuado de su contribución a la historia del Derecho peruano es el que le prodigaron las facultades de Derecho del país reunidas en el Cusco en 1961 al otorgarle el título de “Maestro de la docencia jurídica”. Porque el doctor León Barandiarán es ante todo un maestro, un gran maestro.
El doctor José León Barandiarán falleció hace casi 30 años. Sin embargo, sigue vivo en la memoria de todos los que lo conocimos y sus libros y escritos seguirán acompañándonos.
[*] Fragmentos del ensayo “Recordando al Maestro. Memoria del doctor José León Barandiarán”, publicados originalmente en diciembre del 2016 (en Themis. Revista de estudiantes de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú. N° 70) y publicados en este especial con autorización del autor.