Gonzalo León

Al Capone, su vida, su legado y su leyenda (Anagrama), de Deirdre Bair, es una biografía exhaustiva que muestra, como señala el epígrafe del título, la vida y el legado del mafioso más conocido del mundo. En la introducción la autora señala que además de ser la historia de un delincuente convicto y de un enfermo lloriqueante, es también “la historia de un hijo, marido y padre cariñoso que se consideraba un empresario”.

Este punto es el más interesante, ya que lo diferenció a Capone de otros mafiosos, y es por tanto el que lo ha retenido en la retina de millones de personas por más de medio siglo. Claro que esto ya lo había observado el ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger en La balada de Al Capone, donde estableció los vínculos entre la organización criminal del mafioso y el capitalismo. Por ejemplo, durante la prohibición, la organización tenía turnos de despacho de camiones cargados con alcohol y buena parte de los crímenes estaban motivados por la lógica de la economía. Más que una organización delictiva, lo que el autor alemán detecta es una empresa exitosa. Y por si eso fuera poco, Al Capone era un patriota y un antibolchevique.

Deirdre Bair sigue por la senda de Enzensberger, aunque con mucha más investigación y con menos interpretación. Para ello, Bair se contactó con la familia Capone que seguía con vida, con los herederos, que algunos habían cambiado de apellido. Para ellos, Capone tuvo dos caras: una adentro de la familia y otra para los medios, lo que hace que su figura aún siga siendo un enigma.

Al Capone, su vida… empieza contando cuando Gabriele Capone, padre de Al, se embarca hacia Estados Unidos, con el propósito de probar fortuna. Lo acompañan su esposa, Teresa, y sus dos hijos. La familia viajaba desde un pueblo cercano a Nápoles; no era raro que los emigrantes de esa zona se apellidaran Capone, pero había un detalle que lo diferenciaba de los casi cincuenta mil italianos que llegaron a Nueva York en 1895 y es que sabía leer y escribir. Sin embargo, los compatriotas de Capone no conseguían buenos trabajos; por lo general, como escribe Bair, consistían “en construir túneles, alcantarillas y rascacielos, trabajos que ningún otro grupo nacional quería aceptar”. En el fondo, los italianos habían reemplazado a los irlandeses “en el estrato inferior de la ola inmigratoria de finales del siglo XIX”. El padre de Al consiguió un empleo mejor de dependiente en una tienda de comestibles, cosa que le permitía practicar su inglés. Su esposa, Teresa, también trabajaba, pero en la casa para diversos talleres de ropa.

Fue así que en 1899 Gabriele pudo instalar la barbería que había soñado. Y ese año, el 17 de enero para ser exactos, nació Alphonse, el cuarto hijo, ya que al llegar a Estados Unidos había nacido Salvatore. Enseguida vinieron sus otros hermanos: Erminio, Umberto, Amadoe, Erminia y Mafalda. En total seis hijos en trece años. Todos los hermanos tuvieron apodos o nombres americanos: el mayor Vincenzo era conocido como Jimmy y el que lo seguía, Rafaele, como Ralph. Para todos, la palabra de Teresa era ley, pese a que era Gabriele quien dictaba las leyes. Pronto consiguieron el respeto de la comunidad italiana residente, sobre todo cuando en 1906 Gabriel, sin la “e” ya, logró la ciudadanía estadounidense.

Sin embargo y pese a este respeto, los hijos de Gabriel tenían una vida que no era la que el padre quería que tuvieran; para empezar siempre tuvieron desinterés por los deberes escolares y disfrutaban mucho más circulando por las calles de Brooklyn. Y es que para los inmigrantes de cualquier nacionalidad la escuela representaba “una experiencia extraña, peligrosa y a menudo humillante”. Por otro lado, los profesores no se molestaban en insistir en la educación de los chicos italianos, que no sólo empezaban por el nivel inferior, sino que muchas veces se quedaban en él. Al Capone, pese a todo, aprendía rápido, “no tardó en hablar inglés con fluidez y era un buen estudiante que por lo general sacaba notas equivalentes a notables. Era especialmente hábil con los números”, pero no le gustaba asistir a clases, sólo lo suficiente para demostrar su capacidad, y “siempre decía que aprendía mucho más sobre la vida estando en la calle”.

Al siempre tuvo una constitución robusta para su edad y por eso aparentaba más de lo que tenía: a los diez o doce años pasaba por un chico de dieciséis o dieciocho. De adulto, y contrario a lo que algunos han creído, no era pequeño, medía un metro setenta y cinco, pesaba más de cien kilos y era un rival duro si había una pelea. Su propensión a las peleas, de hecho, fue lo que hizo que abandonara el colegio en sexto año. Eso unido a que no pudo soportar la humillación de tener que repetir de curso. Tenía casi catorce años.

En esa época un muchacho que no estudiaba tenía que trabajar, y eso fue lo que hizo al comienzo: dependiente de una tienda, cortando papel en una imprenta junto a su hermano Ralph. Gabriel quería que al menos su cuarto hijo tuviera un trabajo honrado; para eso le regaló una caja limpiabotas y le recomendó que la instalara en un punto muy concurrido, con tal mala suerte que al lugar que lo mandó era donde un grupo de mafiosos, liderado por Don Batista Balsamo, se reunía para sus transacciones. Cuando vio cómo los matones de Don Balsamo extorsionaban a los comerciantes de alrededor, “concibió la idea de entrar él también en el negocio de la extorsión protectora, aunque a una escala mucho menor”. De este modo comenzó brindándoles protección a otros limpiabotas: “Los primeros matones que recaudaron dinero en su nombre fueron dos primos suyos”.

El primer negocio delictivo de Capone iba viento en popa, y tuvo que contratar a otros muchachos para hacer efectiva las extorsiones. La banda ya estaba organizada y decidió ponerse un nombre: los Destripadores del Sur de Brooklyn. Pero Don Balsamo echó a pique el negocio cuando se enteró: “Con el tiempo, algunos muchachos, sobre todo Al, llamaron la atención de otros dos astros ascendentes en el firmamento del crimen organizado”. Se trataba de Johnny Torrio y Frank Yale, quienes eran muy distintos entre sí: el primero era astuto y usaba la violencia como último recurso y Yale era todo lo contrario.

Pero sin duda Torrio tuvo una importante influencia en la formación como el mafioso-empresario que se convertiría después Al Capone, a tal grado que era “un magnífico modelo de conducta para un chico avispado e inteligente”. Fue inevitable que sintiera respeto “por el hombre que le pagaba bien por recoger dinero y boletos en las casas de apuestas ilegales”. Rápidamente y gracias a su facilidad para sumar se convirtió en uno de los muchachos de confianza de la organización. Pese a ello desconocía aún otras dimensiones de los negocios del mafioso, como la prostitución, de hecho no iba a los burdeles. Y algo de razón tenía Torrio para no enviarlo ahí, porque con el tiempo fue una de sus debilidades: “probar la mercancía” de los burdeles.

Fue su hermano Ralph, quien lo introdujo en el mundo de la prostitución: “Ralph era un cliente asiduo de las chicas de salón de baile que querían echar un polvo rápido, de las prostitutas que trabajaban abiertamente en la calle y también de las que ofrecían servicios en los burdeles”. Pero el desenfreno de su hermano tuvo sus consecuencias en 1915, cuando se contagió de gonorrea, en una época donde no se conocía ningún remedio efectivo. Por su lado, Al, pese a que nunca admitió haber tenido gonorrea de joven ni haber buscado tratamiento contra la sífilis que contrajo de veinteañero, se acostó con muchas chicas siendo muy joven.

Quizá este interés en las prostitutas se debía a que no le llamaban la atención las chicas italianas, “que estaban sometidas a tan estricta vigilancia por sus familias que los muchachos como Al tenían pocas posibilidades de seducirlas”. Fue así como conoció a Mary Josephine Coughlin, una joven irlandesa apodada como Mae, en 1917 cuando ambos trabajaban en una fábrica de cajas de cartón. Al mantenía ese empleo, porque era un dinero que entregaba íntegro a su madre. Para la autora de esta biografía, es un misterio cómo una chica de un nivel social superior, dos años mayor, se dignó a mirar “a aquel matón callejero que no parecía tener futuro”. Pero no sólo eso, sino que se embarazó y vivió con él sin estar casada, todo esto en vista de que venía de una familia católica muy devota. Quizá una explicación sea que el padre de Mae, al igual que el de Al, había muerto antes de entrar a trabajar a la fábrica de cajas.

Un aspecto que resalta Deirdre Bair es que en aquel tiempo “las italianas solían casarse ya a los catorce años y por lo general con hombres mayores”, en cambio “las irlandesas se casaban un poco más tarde, por lo general entre los dieciocho y los veintiuno” y a menudo lo hacían con varones de otra nacionalidad. Lo cierto es que casarse con una irlandesa, para un italiano, era la oportunidad para ascender socialmente, pero no al revés. Los padres no veían con buenos ojos los matrimonios entre italianos e irlandeses. Pero hubo un aspecto que conquistó a Mae y fue que Al era un excelente bailarín y le gustaba decir frases ingeniosas, aunque “le gustaba mucho más que tuviera tanta determinación, ambiciones y deseos de mejorar como ella”.

Por ese entonces Johnny Torrio cedió a Al a Frank Yale, que era calabrés y cuyo verdadero nombre era Francesco Ioele. Ioele sonaba parecido a Yale, por lo que tomó ese apodo y para jugar más con esa pronunciación abrió un bar de mala muerte en Coney Island al que llamó Club Harvard. Al aprendió de Yale como había aprendido de Torrio, pese a que era mucho menos elegante y le gustaba vestir con ropa chillona, joyas, puros gruesos y sombreros: “Al admiraba el vestuario de Yale y se compró trajes como los suyos”.

Torrio había cedido a Al cuando diversificó su campo de acción y se expandió a Chicago, donde después de mandar a asesinar a un mafioso local, por fin se consolidó en esa ciudad. Mientras tanto, que Al trabajara con Yale le servía. Lentamente se fue convirtiendo en un hombre de confianza: “Si alguien, desde las prostitutas y otros empleados de burdeles hasta los camareros de los bares y billares, se había atrevido a engañar a Yale alguna vez con el dinero que se le debía o con la protección por la que se le pagaba, más le valía no intentarlo de nuevo mientras Al Capone estuviera en escena”.

Sin embargo luego de un incidente Capone fue enviado a trabajar nuevamente con Torrio, esta vez a Chicago. Gracias a eso aprendió que debía tener cierta creatividad financiera, que “desarrolló durante el resto de su vida empresarial”. Como necesitaba de una fachada para explicar sus ingresos, imprimió tarjetas comerciales con el nombre de Al Brown, “compraventa de muebles usados” o “doctor en medicina”. El ascenso dentro de la organización fue tan rápido que en poco tiempo tuvo dinero suficiente para trasladar a toda su familia a Chicago, comprando una casa de dos pisos, bastante austera, aunque con todas las comodidades. Esa casa fue la que ocupó hasta su detención.

Mientras tanto, Torrio decidió llevarse su cuartel general a las afuera de Chicago, hasta un pequeño pueblo llamado Cicero, una población fabril fundada por inmigrantes de Bohemia, gente en general muy tranquila y mayoritariamente católica. En 1924 cuando Torrio llevó a su madre a su pueblo natal en Italia, dejó a Capone a cargo de la dirección de operaciones de la organización. Capone tenía para entonces veinticinco años y su mano derecha era Ralph; en general siempre confió en gente de su familia. Desde un hotel, lideraba las operaciones que, entre otras cosas, consistía en influir en el voto popular y conseguir elegir a la lista de la organización. Todo iba bien hasta que el periódico local comenzó a denunciar “todos los chanchullos orquestados por Al Capone” y otro periódico de Chicago advirtió que la elección sería fraudulenta y que correría sangre durante la jornada. Bueno, y así fue.

“La lista de Al Capone ganó las elecciones tras una sangrienta jornada en la que, además de Frank [su hermano], murieron algunos hombre suyos [en un confuso enfrentamiento con la policía]. Dos ciudadanos corrientes fueron igualmente abatidos en el tiroteo”, cuenta la autora de la biografía. Ese año 1924 la proyección de su liderazgo se debilitó momentáneamente por más motivos: primero, estalló una guerra entre bandas, que hizo que Torrio se estuviera permanentemente moviendo, y segundo, el 12 de enero de 1925 se produjo un atentado en contra de Al en un restaurante de Chicago. Por fortuna “se echó al suelo y se libró por los pelos de la andanada de tiros”. Unos días después el propio Torrio fue víctima de otro atentado, con peor suerte, quedando milagrosamente con vida, después de varios disparos en el pecho.

Esta diferencia de suerte llevaría a Capone a situarse como líder de la organización, porque Torrio, debilitado y aún en peligro de muerte, le cedió el control después del atentado. Un año más tarde los ingresos brutos anuales procedentes de sus negocios se estimaban en 1377 millones de dólares de hoy. En 1929, cuando era uno de los jefes máximos del hampa americana con sólo treinta años, su fortuna fue calculada en 550 millones de dólares. Por otra parte, un estudio de Harvard Business School concluyó que entre 1920 y 1930 hubo alrededor de 700 muertes vinculadas con las bandas, y que Capone fue responsable directo o indirecto de al menos 200 de ellas, es decir 20 por año, casi 2 al mes. Para esta fecha Al Capone era el Capone que todos conocemos hoy.