Agathe Cortes

Un estudio publicado este miércoles, tras tres años de trabajo, saca a la luz la verdad: Molière (1622-1673) escribía sus obras y no tenía a ningún Cyrano escondido detrás de un árbol que le dictaba los versos. El hallazgo de dos investigadores franceses basado en la lingüística computacional desmiente la teoría alimentada desde 1919 por el escritor Pierre Louÿs que aseguraba que Pierre Corneille, un dramaturgo francés del siglo XVII, era el “negro literario” de Molière. La lingüística computacional es utilizada sobre todo por la policía, para identificar a un denunciante, luchar contra el plagio o por investigadores para estudiar la literatura de épocas lejanas. La investigación se ha publicado en la revista Science Advances.

Los científicos han analizado 37 obras de algunos dramaturgos de la época además de Molière, como Scarron, Rotrou, Pierre y Thomas Corneille, mediante un algoritmo lingüístico de los hábitos de escritura y tics del lenguaje. Los científicos se basan en el hecho de que una persona escribe usando una proporción específica de palabras, expresiones o secuencias gramaticales. Si uno quiere copiar a la perfección una escritura terminará por delatarse con sutilezas inconscientes que le son propias e inimitables. Jean-Baptiste Camps, coautor del estudio e investigador del l’École Nationale de chartes de París (Francia), resalta que plagiar es imposible ya que el impostor termina utilizando en exceso las palabras que repite el autor.

Dos teorías contra Molière

La hipótesis de que Molière no tenía tanto talento como para escribir obras maestras se disparó de nuevo a principios de los años 2000. Quienes lo han creído a lo largo de este siglo afirmaban que los estilos de los Corneille y Molière eran demasiado similares, particularmente las obras El enfermo imaginario, Tartufo, de Molière y Horacio o El Cid de Corneille. También se insistía en la falta de educación literaria del primero, en su ajetreada agenda como mayordomo del rey y director de la compañía de teatro de la corte. Era una suma de evidencias que le impedían, según aseguraban algunos intelectuales, ser el autor de tal literatura referente del país. El primer rumor que se lanzó era que Molière escribía la sinopsis de la historia, pasaba el texto a Corneille, que versificaba el texto, es decir, que hacía el trabajo técnico más complejo, explica el estudio.

Nadie tenía certeza, tan solo eran suposiciones, y la segunda teoría nació acentuando la controversia. Según el investigador Dominique Labbé, que se interesó por el asunto en 2003, la mayoría de las obras teatrales de mediados del siglo XVII estaban firmadas por los actores y poetas y no por el autor real del manuscrito. El nombre de Molière, como era conocido, servía para promover y vender la obra mientras Corneille se quedaba en la sombra. Su estimación es que el 90% de las comedias de esa época y la mitad de las tragedias no tenían la firma correcta, cuenta el estudio.

El fin de la polémica

Labbé ha sido un guía para Camps y su compañero Florian Cafiero, de la Universidad Paris-Diderot, ya que como aseguran “ya había hecho un trabajo estadístico ejemplar y con una muy buena idea, aunque no era del todo fiable”. El trabajo de los franceses, según las cifras del estudio, tiene resultados de una precisión del 93%, 95% y 100%. “Estamos muy contentos y podemos decir que el método nos permitirá mejorar el conocimiento de las obras antiguas y resolver las disputas de autoría”, añade Camps.

Por otro lado, la escasa presencia de manuscritos archivados mantuvo el misterio en una nebulosa ya que no bastaban para llegar a conclusiones. El trabajo resalta que la naturaleza de los textos supuso algunos problemas de identificación. El estilo del teatro clásico es homogéneo, tiene la misma inspiración, sigue unas normas y códigos muy precisos, para la versificación por lo que todos los autores tienen puntos en común. “Lo que más nos sorprendió fue que algunos versos de autores distintos podían encontrarse en dos obras dispares. Hay un número muy limitado de registros literarios y todos los textos se parecían muchísimo”, explica el científico.

Cafiero y Camps se han adentrado más allá de las reglas de la época y resuelto el enigma. Han utilizado seis técnicas de atribución (léxico, rimas, prefijos y sufijos, sintaxis y conjunciones) que dieron el mismo resultado, por lo que pondrían la mano en el fuego que Molière era el verdadero y único autor de sus logros. “Ahora queremos buscar más ejemplos, resolver más polémicas y enseñar a nuestros alumnos estos temas que traen tanto entusiasmo a la cultura”, concluyen uno tras otro.