Típico de los 80 e inicios de los 90 era cargar ‘kilos’ de música en la mochila cuando querías llevarla contigo de un lugar a otro. Esos ‘kilos’ de música eran casetes. Y en el peor de los escenarios, si no te alcanzaba para comprar la cinta original de tu artista predilecto, tenías que estar pendiente a cualquier canción suya que pasaran en la radio, con casetera lista y el dedo en el botón REC para presionarlo a tiempo. Y rogando, por supuesto, que el locutor de turno no arruine tu grabación.

Si bien los casetes nunca desaparecieron por completo, el progreso tecnológico dio paso a los CD’s musicales hacia la segunda mitad de los 90: un formato que permitía un sonido más limpio, mayor capacidad para almacenar canciones y, como gran ventaja, la novedad de que no existía un lado A o lado B, como sí ocurría con las cintas magnéticas.

Así las cosas, tras el descomunal éxito del walkman vino el discman, pero hablar de esos dispositivos en pleno 2019 suena arcaico, especialmente porque vivimos en una época en la que el streaming de música está en franco apogeo y cada vez más usuarios contratan estos servicios. Según un informe de la Federación Internacional de la Industria Discográfica —con cifras a octubre del 2018—, el 86% de los internautas escucha habitualmente música a través de servicios de streaming en línea. Una estadística que no deja dudas.

EL FENÓMENO MP3
Hay quienes aseguran que el principal “culpable” de haber transformado la forma en la que escuchamos música es Apple. En octubre del 2001, la firma de Cupertino introdujo en el mercado un pequeño aparato que era capaz de almacenar hasta 1.000 canciones: el iPod. Ese año, la gran innovación de Steve Jobs y compañía logró vender 600.000 unidades, según da cuenta el portal Xataka. Su segunda generación, lanzada menos de un año después con capacidad de hasta 20 gigabytes, podía almacenar 4.000 canciones, toda una revolución para la época.

“El iPod fue uno de los pioneros en materia de reproductores de audio digital. Pero junto con esta gran invención, aparecieron también los servicios ilegales de descargas de música tipo Kazaa o Napster, que se ganó juicios de un montón de discográficas, y unos años después fue obligada a cerrar”, recuerda Pedro Arévalo, productor radial y docente de la Facultad de Comunicaciones de la USIL.

Más allá de cuestiones legales, lo cierto es que durante los primeros años del siglo actual el mp3 se convirtió en el formato por excelencia. “La gran ventaja era la portabilidad de sus archivos; es decir, el peso de cada canción en mp3 podía reducirse hasta en un 90% en comparación a las de un CD, lo cual facilitó enormemente su propagación”, refiere Carlos Sayán, director de la carrera de Música de la UPC.

A criterio suyo, el enorme éxito que tuvo el mp3 responde a una coyuntura particular: su uso comenzó a masificarse de forma paralela al auge de Internet. Sin embargo, el surgimiento del formato AAC —y su posterior popularización— fue dejándole sin piso sistemáticamente.

STREAMING, EL MODELO DOMINANTE
La evolución de los formatos musicales continúa con el gigante de hoy: el streaming. En ese espectro tenemos a Spotify, Apple Music, Deezer, Amazon Music, Tidal y YouTube Music, plataformas que no solo permiten escuchar música en el momento y lugar que uno desee, sino que también posibilitan una experiencia personalizada. En el Perú también está disponible Movistar Música, una aplicación exclusiva para clientes de Movistar que se ofrece en versiones Lite y Premium, y cuenta con un repertorio que supera las 40 millones de canciones.

De momento, la que se lleva la porción más grande de la torta es Spotify: 232 millones de usuarios a nivel global. Y de ellos, 108 son cuentas de pago, según cifras reveladas por la propia compañía a comienzos de agosto pasado.

Con un catálogo que bordea los 40 millones de canciones, la empresa sueca ha “obligado” a consumidores y artistas a adaptarse al nuevo modelo que impera en la industria. Así lo cree Pedro Arévalo, quien refiere que cada formato tuvo un rol esencial en el camino hacia el dominio digital. “Actualmente, si eres una banda o solista y no estás en servicios de streaming, no existes. De hecho, a través de la publicación digital de su música, muchos artistas se ahorran la inversión de lanzar álbumes en formato físico”, refiere.

Una fórmula que, indudablemente, se ajusta a la efervescencia del mundo digital.