El viernes pasado, se publicó en este Diario un artículo de opinión de Ruchir Sharma, jefe de estrategia global de Morgan Stanley, en el que, entre otros temas, describía la importancia del crecimiento demográfico y de la población en edad de trabajar para la expansión de la economía de cualquier país.

Trayendo el argumento al plano local, la reflexión se debe aprovechar para poner sobre el tapete la situación que hoy enfrentan los jóvenes peruanos en el mercado laboral. De poco sirve el bono demográfico que experimenta el país –una coyuntura única, con vigencia durante algo más de una década adicional– si las personas jóvenes no cuentan con preparación suficiente ni oportunidades para aprender en el trabajo y crecer profesionalmente.

En ese sentido, los datos revelados la semana pasada sobre el número de personas de entre 15 y 29 años que no estudian ni trabajan (llamados ‘ninis’), o que se desempeñan en la informalidad, pintan un cuadro desalentador. En el Perú, los ‘ninis’ suman aproximadamente 1,5 millones de personas de un total de 6 millones. Casi el 80% de ellos están desocupados y, más llamativo aún, sin deseos de trabajar. Son varias las regiones en las que uno de cada cinco jóvenes no tiene una actividad productiva en su día a día, ni la busca. En paralelo –y a manera de complemento necesario– las cifras de informalidad laboral entre personas menores de 30 años llegan casi al 90%. Entre las mujeres, los números son incluso más alarmantes.

Ello sin duda impacta en la productividad de las personas y del país en general en el corto plazo, pero quizá sobre todo pasará factura en el largo plazo. La evidencia apunta a que, para una persona promedio, inicios poco auspiciosos en la etapa laboral cuando joven hacen más probable que se mantenga en oficios de baja remuneración para el resto de su vida. Y solo hay una oportunidad de dar un buen primer trabajo a cada persona.

Más aun, la problemática no es solo económica. Tiempos de ocio extendido entre hombres jóvenes pueden derivar en situaciones de violencia y pandillaje, sobre todo cuando la desocupación es extendida y las redes familiares son débiles.

Si bien la proporción de ‘ninis’ en el Perú es menor que en otros países de la región, un mejor diseño de políticas públicas para atender a este enorme grupo de población vulnerable –y del que muy poco se habla para las dimensiones demográficas que tiene– es urgente.

¿Cómo enfrentar el reto? En primer lugar, el acceso a educación superior de calidad
–técnica o universitaria– es aún pobre. Las instituciones educativas públicas pueden tener pocas plazas disponibles, y operan con recursos materiales y humanos insuficientes, mientras que las privadas tampoco garantizan calidad y su costo puede ser una gran barrera de acceso. En segundo lugar, la articulación entre la oferta educativa y la demanda del mercado laboral es insuficiente. Promover capacitaciones y certificaciones técnicas cortas en función al tipo de empresa que opera en cada región, por ejemplo, puede ser más efectivo que incrementar el número de graduados de Derecho o Administración desocupados a lo largo del país. En tercer lugar, los sobrecostos y rigideces propios del mercado laboral peruano perjudican más en las personas jóvenes, cerrando en muchos casos el acceso a un trabajo formal. Sin embargo, los esfuerzos por atender –siquiera parcialmente– el problema suelen ser recibidos con amplia resistencia política, como en el caso de la llamada ‘ley pulpín’.

Esta breve lista de sugerencias no agota las iniciativas que se pueden evaluar y ensayar para resolver el problema, pero sí da una idea de su complejidad y extensión. A corto plazo, los ‘ninis’ y la informalidad juvenil pueden causar bajo crecimiento e incluso delincuencia. A largo plazo, los frutos de mantener improductiva a buena parte de las nuevas generaciones de peruanos serán aun más amargos.