Redacción: Alfonso Tealdo

¡Orson Welles! El hombre que hizo temblar a Nueva York. Aquí está, señores.

–¿Whisky con soda?

–¡No! Peruvian drink.

–¡Pisco sauer!

–Trago peruano.

Su voz parece la del radio cuando se le ha puesto todo el volumen. ¿No recuerdan ustedes? Un día a este muchacho de 27 años, allá, en los Estados Unidos, se le ocurrió radio-teatralizar la obra de H. G. Wells: “La Guerra de los Mundos”. Y fue terrible. Por la Quinta Avenida avanzaron los ejércitos tremendos de los marcianos. Una mujer, ultrajada por un hombre de Marte, se quitó la vida. Todos vieron a los habitantes del planeta guerrero. Vibró hasta la médula la ciudad más populosa del mundo. Temblaron como niños los rascacielos. Y aquí está con nosotros, en el bar del Hotel Bolívar. Sí, existe Orson Welles. Saco azul a rayas blancas, corbata roja. Igual a todos. Aire mongólico en los ojos. Acciona como un títere. Pero no es un títere. Es un hombre excepcional. Profundamente sincero. Cuando usted le dice:

–”El Ciudadano (Kane)” es la mejor película que se ha hecho en los Estados Unidos, él responde:

–¡Yes!

Sin que le brillen de vanidad los ojos. Y es verdad. Naturalmente, usted no estuvo entre los que se salieron cuando se exhibió esa magnífica película. Usted comprendió hasta el último centímetro de celuloide. ¿Verdad?

Orson Welles. Nació en Wisconsin. Fue concebido en Río de Janeiro. Se educó en la India. A los seis años, pierde a su madre; a los doce, a su padre. Huérfano. ¿No es así? Y al hablar de esto prescindimos de los detalles. ¡Para qué! Para qué, si aquí, frente a nosotros, está él, el “self made man”.

–¡Pisco sauer!

–No, no estoy cansado. Conversemos.

–Sí, cuatro meses tratando de encontrar tema para un film. Vistas… ensayos. Nada más. No he encontrado nada con contenido intelectual.

Esa es su respuesta cuando le preguntamos por el Carnaval de Río. ¿Y las bahianas con sus trajes sensuales, con todos los colores de la pasión? ¡Nada! Claro. Orson Welles no es un comerciante. Oídlo:

–No hay eso que llamamos Sud América. Ese término no significa nada.

Él busca ambientes. Todos somos diferentes para él. Él quiso reunir cinco cortas historias en un film. Y se regresa sin haberlas encontrado.

–¡Peruvian drink!

Los ojos se prolongan en arrugas cuando piensa.

–¿Cree usted que hay vida en Marte?

Y ríe estrepitosamente. Como un muchacho.

–Y entre nosotros aquí, ¿en la Tierra?

Y se quedó callado, dramáticamente.

–Y ese famoso pánico, allá en Nueva York, cuando usted transmitió una audición, simulando que los marcianos nos habían invadido. ¿A qué lo atribuye usted? ¿A la técnica de la radio o al carácter del hombre norteamericano?

–¡Protesto!

Él cree que cada pueblo está dominado por un instrumento. En Estados Unidos es la radio y nada más.

–Aquí, en el Perú… ¿cree usted?

Y él nos dijo que sí.

Y ríe. Marte, para él, es su principal motivo de risa.

–Yo le hice un gran daño a la radio –nos dice–. Antes de mi obra sobre la invasión de los marcianos se creía que era verdad lo que la radio decía. Después no.

–¿Y usted estaba seguro de provocar un pavor colectivo de esas proyecciones?

–Sí.

–¿Por el carácter del pueblo norteamericano? ¿O por…

–¡Protesto!

Protesta y nos queda mirando con los ojos muy abiertos. Es un gran norteamericano.

–¡Pisco sauer!

–Sí, leo todo el tiempo… Shakespeare… Me gusta más Mozart que Beethoven… No, romántico, no: yo soy un clásico.

Y de repente, se queda sorprendido de estar entre nosotros. Como si fuéramos de Marte. Alguien le pregunta:

–¿Le interesa la elegancia?

Y él responde:

–Sí, cuando existía.

–¿Y la vanidad?

Y no respondió. Pero después de permanecer callado, y sin contestar a las dos o tres preguntas que siguieron, dijo:

–La vanidad es lo menos importante.

–¿Y Kane, el personaje de “El Ciudadano”?

–Era un hombre que no creía en nada. Solo creía en su personalidad. ¡Terriblemente cínico! Pero la gente no podía dejar de quererlo. Provocaba una gran admiración.

–¿La personalidad contra la moral?

–Sí; y sólo los grandes hombres pueden hacer eso.

–¿Y usted lo admira?

–No, me da pena.

De una tragedia irremediable, Orson Welles hizo la obra de la piedad y de la comprensión. Eso fue “El Ciudadano”.

–Escritor, desde muy joven. Primero hice historias detectivescas; después, libros de enseñanza. Me encanta educar. Es el trabajo más importante que hay en la vida: enseñar. Y lo difícil no es aprender: lo difícil es estimular.

Mucho dinero gana Orson Welles en la radio. Y toda esa ganancia la invierte en las funciones de su teatro “Mercury”. Allí representa obras clásicas y de interés social.

–¿Socialmente, cómo quiere usted, Welles, que sea el mundo?

–Cuando durante mis viajes –nos dijo– veo a la gente a través de los cristales del ferrocarril, del automóvil o del hotel, me gustaría que cada persona de las que contemplo tuviera las mismas oportunidades que yo.

Y luego:

–¿Por qué sólo Orson Welles puede ser un triunfador? Yo pertenezco al uno por ciento de los que pueden triunfar. ¡Y lo que sería el mundo si todos los que lo merecen pudieran!

–¡Pisco sauer!

–Sí, tengo toda la conciencia y el instinto del aristócrata. Me gustan las cosas graciosas de la civilización. Soy un epicúreo. Estoy interesado en una nueva aristocracia. Odio más a la esclavitud que lo que amo a la aristocracia. La aristocracia: dejar que cada uno tenga su oportunidad.

Y así terminó nuestra entrevista con Orson Welles. Y nada más. Así es él.


Publicado en La Prensa, 5 de agosto de 1942.