Nunca me interesó el derecho procesal, soy un mal abogado de tribunales”, dice con humildad Carlos Fernández Sessarego, uno de los maestros de Derecho más brillantes de las últimas décadas. Con 14 libros publicados, tanto en el Perú como en el extranjero, dos teorías que han sentado jurisprudencia en cortes interamericanas, dos textos aún inéditos que está por publicar, y más de 60 años dedicados a la docencia, solo por mencionar algunos datos de su enciclopédica biografía.

Fernández Sessarego, hombre menudo de cabellos canos, de bigote robusto y epidermis cansada, parece atesorar su juventud en sus pupilas, que miran excitadamente el pasado para caminar con temeridad sobre el presente. Está por cumplir 89 años pero sus ojos resplandecen como la mirada inquieta de un niño. Es casi imposible seguirle la pista cuando se mete a rebuscar en el baúl de los recuerdos, porque es capaz de hablar de tres o cuatro temas al mismo tiempo sin perder la ilación de sus ideas. “Siempre fui así, leo varias cosas o escribo dos o tres libros al mismo tiempo. La vida es corta, hay que saber aprovecharla”, dice Fernández Sessarego.

Egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Marcos, completó sus estudios de Filosofía en esa misma casa, donde quedó deslumbrado por el existencialismo de Sartre, Heidegger, Jaspers, Zubiri y Marcel, a quienes leía en la biblioteca de la Facultad de Letras incluso antes de que llegaran a manos de sus profesores. “Me hubiera gustado ser un pensador, pero sabía que no iba a vivir de la Filosofía, por eso elegí el Derecho”, comenta Fernández Sessarego, quien se decidió por la judicatura al escuchar la cátedra del filósofo Juan Bautista de Lavalle, “un señor con  voz engolada y solemne”, que en su primera clase afirmó que el Derecho tenía tres objetos de estudio: la norma, la justicia y las relaciones humanas. “¿Una ciencia que tiene tres objetivos de estudio?, ¿qué es esto?, es imposible, pensé”, dice Fernández Sessarego, quien descubrió con fascinación aquella ciencia que no tenía clara su naturaleza de estudio. “Las matemáticas analizan los números, la botánica las plantas, la zoología los animales y la psicología la mente… ¿pero el Derecho? Ese día decidí que sería un filósofo del Derecho, para responder esa interrogante”, recuerda Fernández Sessarego.

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A lo largo de su trayectoria recuerda haber estado en un tribunal seis o siete veces. En una de esas oportunidades pudo haberse convertido en millonario, pero eligió seguir apegado al principio de sencillez que aprendió en San Marcos de aquellos intelectuales de espíritu renacentista, como Julio C. Tello, José Jiménez Borja, Carlos Cueto Fernandini, Julio Chiriboga y Enrique Barbosa. “Un día llegó a mi Estudio una amiga de colegio, cuyo marido estaba en problemas”. Un griego, de apellido Urakis, era el protagonista de un escalofriante caso de estafa entre dos socios, en la Lima de fines de los años cincuenta. “Urakis firmaba hojas en blanco para que su socio hiciera ciertos trámites, pero este usó una de estas hojas con su firma para hacer una adenda en su seguro que lo perjudicaba. Mi amiga me contó que ya habían tenido dos abogados pero que estos los habían abandonado. El caso estaba ya en la Corte Suprema, donde su suerte prácticamente estaba echada”. Fernández Sessarego tomó el caso, percatándose al ver el expediente que la firma de Urakis siempre se ubicaba cerca de las últimas líneas del texto. En cambio, en la adenda en discusión, la firma aparecía a una distancia que llamaba la atención. “Era un prueba irrefutable de que la firma y el texto no fueron colocados al mismo tiempo, pero no era suficiente”. Después de tomar el caso, un asesor de la empresa en litigio lo llamó para tomar un café. Paradójicamente era un antiguo profesor de la universidad, un distinguido abogado que ocupó años antes cargos importantes en el gobierno, por lo que Fernández Sessarego accedió con gusto a la entrevista. “Allí entendí por qué los otros abogados dejaron plantado a Urakis”. Durante la reunión, el abogado, cuyo nombre Fernández Sessarego prefiere mantener en el anonimato, le ofreció tres millones de soles de la época para que se apartara del proceso. Fernández Sessarego no aceptó. “Me puedo dar el lujo de decir que rechacé unos cuántos millones de ese entonces. Nunca me faltó nada. Creo en Dios y la Providencia, en la palabra y la honestidad. Nunca me ha sobrado pero tampoco me ha faltado nada. Mi vida es una sucesión de oportunidades sabiamente aprovechadas”, dice, después de reflexionar sobre el caso, una frase que define una trayectoria a la que nunca le faltaron las ocasiones para destacar en el ámbito profesional, pero, sobre todo que perfila a un personaje que tuvo solidez espiritual para enfrentar con integridad los obstáculos que le impuso el destino.

Después de escuchar los argumentos de Fernández Sessarego, el vocal a cargo de la causa, Domingo García Rada, uno de los pocos magistrados ilustres del Poder Judicial, convocó a audiencia. “Hablé tres horas en la corte, el otro abogado también. Le dije a mi cliente que iba a perder en algo, en la venta de una prenda, que era delito, pero sobre el grueso había aún una esperanza”. Según Fernández Sessarego, García Rada era un juez independiente, porque este, pese a que en una oportunidad el general Manuel Odría le sugirió con un revólver sobre la mesa que modificara su voto para que el ex presidente José Luis Bustamante y Rivero no regresara del exilio, se mantuvo firme. Urakis ganó el proceso. Fernández Sessarego regresó a casa con la conciencia tranquila.

El hombre de las oportunidades

Catalina Sessarego falleció antes de que el pequeño Carlos cumpliera los dos años de edad. Su padre, Carlos Fernández Mora, un periodista y escritor costarricense, amigo de intelectuales peruanos como Luis Alberto Sánchez y Víctor Hugo Haya de La Torre, quiso llevarse a su hijo, pero sus abuelos maternos le rogaron que lo dejara en Lima, exagerando alguna enfermedad del niño o subrayando la importancia de acabar el año escolar que ya había empezado.

Carlos, más conocido en aquellos años como “plátano mosqueado”, por sus pecas, era tan despierto que después de un breve examen oral, el director del colegio Antonio Raimondi les sugirió a sus abuelos que lo matricularan en el segundo grado, porque el programa de primer grado se lo sabía de memoria. Para el año 1938, como era un muchacho que no podía estar quieto, compró un kilo de caramelos de limón por S/. 1 en la fábrica Arturo Field.

“No existían quioscos así que me convertí en un distribuidor de golosinas”. Después de reinvertir sus ganancias en otra bolsa, le quedaban de utilidades S/. 2, una propina que no tenían ni los niños más ricos de la escuela. Sin embargo, pasaron los meses y le salió la competencia, por lo que tuvo que cambiar de giro. Como estaban de moda las cometas, se convirtió en proveedor de pabilo.

Cuando otros compañeros lo imitaron, compró canicas, los famosos ojos de michi, para venderlos durante los recreos. Pero ese periodo de bonanza acabó repentinamente. “En 1938, cuando tenía 12 años, falleció mi abuelo, que era el sustento de la casa. Mi abuela y yo nos quedamos desamparados”, recuerda Fernández Sessarego. Felizmente, al año siguiente, el colegio creó el premio excelencia, que consistía en una beca para el alumno más destacado de toda la escuela. “Gané ese año y así sucesivamente, hasta acabar la secundaria, no tuve que pagar más una pensión”. Un año antes de acabar el colegio, un profesor de psicología le solicitó que preparara una clase sobre la atención. Coincidentemente, dos años después, en la entrevista para ingresar a San Marcos, le tocó al azar ese mismo tema, por lo que ingresó en el año 1943 con primer puesto a la Facultad de Letras.

Sin embargo, sin trabajo, no tenía cómo comprarse libros ni financiar sus viajes a la universidad. Por suerte, en el paradero del tranvía, se encontró con su maestro de literatura, Luis Bedoya Reyes, quien le preguntó cómo estaba. “Buscando trabajo”, una frase que repitió mucho durante aquellos años. Bedoya Reyes lo recomendó como periodista en la revista Turismo. Así conoció a Jorge Basadre, quien sería años después su profesor. Pero dejó la revista porque le solicitaron trabajar más horas, complicando sus horarios de clase.

Nuevamente desempleado, caminando por la Plaza San Martín, se encontró con Porras Barrenechea, otros de sus profesores, quien también le preguntó cómo estaba. “Buscando trabajo”, le respondió Fernández Sessarego.

Porras lo recomendó al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde Enrique García Sayán se desempeñaba como Canciller de la República. Durante ese periodo, en plena administración de Luis Bustamante y Rivero, Fernández Sessarego trabajó como mensajero entre Torre Tagle y Palacio de Gobierno.

Una tarde, Bustamante y Rivero lo invitó a tomar el té, donde le ofreció, a sus cortos 21 años, convertirse en segundo secretario de la misión peruana en Estocolmo. “Gracias presidente pero solo me falta un año para acabar mi carrera, preferiría quedarme”, le dijo Fernández Sessarego, sin imaginar que pocas semanas más tarde, en octubre de 1948, el general Odría daría un golpe de Estado, deportando a Bustamante a Buenos Aires.

Al lado de diplomáticos como Alberto Soto de la Jara y Juan Flores Dammert, Fernández Sessarego renunció al Ministerio de Relaciones Exteriores. “Nosotros somos representantes del Perú, no del gobierno”, le dijeron sus grandes amigos de la universidad, los diplomáticos Carlos García Bedoya y Juan José Calle, para convencerlo de que se quedara. Pero Fernández Sessarego les respondió: “cuando el gobierno es una dictadura nos convertimos automáticamente en cómplices de un régimen autoritario”.

Nuevamente, sin trabajo, se encontró por los pasillos de la universidad con el profesor José León Barandarián, quien le ofreció un puesto de practicante en el estudio Barandarián, Montoya & Del Carpio. “Iba a algunas diligencias, pero no fui gran practicante”, dice Fernández Sessarego. Se retiró de ese bufete en busca de una mejor oportunidad. Coincidentemente, en la calle, se encontró con una amiga de la familia, quien le ofreció un puesto como agente de ventas en el diario La Prensa.

Cuando salió de allí, el padre José Dammert Bellido, otro de sus profesores de colegio, lo recomendó para que enseñara un curso de Sociología en la Universidad Católica. “Solo había leído a Durkheim, pero me las arreglé por insistencia de Dammert. Hice un curso que hoy se llamaría Realidad Nacional”, explica Fernández Sessarego.

Finalmente, tras acabar su carrera de Derecho, fundó su propio Estudio en el centro de Lima, pero se mudó a San Isidro a mediados de los años cincuenta. Sus colegas lo creyeron un loco por mudarse lejos del Poder Judicial, del Ministerio Público, así como de la mayoría de instituciones del Estado, pero pocos años más tarde el resto de Estudios importantes le siguieron los pasos. “Cuando tomaba una decisión no importaba qué pasara, yo iba directo a mi objetivo”, dice el abogado.

La política llamó por teléfono

“Yo te conozco del colegio, queremos hacer un movimiento cristiano, ¿te interesa?”, le dijo la voz al otro lado del teléfono. Fernández Sessarego respondió que sí. Cortó el teléfono se preguntó, “¿cristiano?”. Fernández Sessarego buscó una Biblia que tenía su abuela en casa para saber qué era el cristianismo. “Ese día descubrí que en ese libro estaba toda la sabiduría del mundo. Nunca más olvidé las bienaventuranzas, donde se decía que el reino de los cielos será de los justos. Yo quería ser abogado, me obsesionaba la justicia, por lo que era un cristiano sin saberlo”.

A fines de los años cuarenta, como integrante de este partido universitario, buscó a Fernando Belaunde Terry, quien le llevaba 14 años de edad. “Yo tenía 21 años, él 35, y le pedí que se sumara a las filas de este partido, la Unión de Estudiantes Cristianos, pero respetuosamente me explicó que él tenía su propio proyecto, con el que llegaría algunos años más tarde a la presidencia”.

El proyecto político de Fernández Sessarego acabó tempranamente, pero no por eso se alejó de la política activa. En el año 1956, cuando ya era un abogado independiente, participó en la fundación del que considera el mejor partido político de la historia. El Partido Demócrata Cristiano, encabezado por Héctor Cornejo Chávez y Luis Bedoya Reyes, sintetizaba no solo las convicciones demócratas que él tenía, sino que reunía a un conjunto de mentes brillantes, como abogados, intelectuales y economistas, a los que les bastaba sacar un comunicado en la prensa para provocar un remesón político.

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“Pero todo acabó cuando noté que empezaban a haber dos tendencias. Una, liderada por Bedoya, la otra, por Cornejo. No me gustó, pregunté qué estaba pasando, y me dijeron que para volar se necesitaban dos alas. No me convenció la respuesta pero me quedé tranquilo por lo menos un tiempo. Hasta que una mañana, sin previo aviso, Bedoya Reyes, acompañado de un grupo importante, renunció al partido. Nos quedamos entonces dos grupos, la gente de Cornejo Chávez, cada vez más radical, y nosotros, que teníamos vocación de centro izquierda, sin llegar a ser socialistas. Fue un golpe duro, porque era el partido soñado”.

Finalmente, la dirigencia decidió que se debía disputar la presidencia del partido entre los líderes que quedan, por lo que le propusieron a Fernández Sessarego a postular a la jefatura del PDC. “A mí me interesaba la política pero no había nacido para ser ese tipo de político que se pelea a través de la prensa. No me gustaba el activismo diario”. Felizmente, recuerda, perdió.

Durante ese periodo, como parte de la alianza entre Acción Popular y la democracia cristiana, Fernández Sessarego llegó a integrar el gabinete de Belaunde Terry como ministro de Justicia, cargo que ocupó por siete meses, hasta el día en el que el gabinete al mando de Fernando Schwalb López-Aldana renunció en pleno por una censura del Congreso.

Fernández Sessarego se terminó alejando del partido en el año de 1967, cuando el radicalismo de Cornejo Chávez lo llevó a exigir la llegada de una dictadura militar. “Me propusieron fundar otro partido, bajo el auspicio de las ideas originales de la democracia cristiana, ni tan a la derecha de Bedoya ni tan a la izquierda de Cornejo, pero no acepté”. Las aventuras políticas para Fernández Sessarego acabaron en el año 1968, antes de que empezara la dictadura del general Velasco.

El docente revolucionario

Si uno conoce la historia de la Facultad de Derecho de la PUCP sabrá que a fines de los años sesenta se produjo una gran reforma en la Facultad, que prácticamente no dejó piedra sobre piedra. Esta reforma estuvo encabezada por el abogado Jorge Avendaño, pero uno de los más importantes ideólogos de las transformaciones fue Fernández Sessarego.

Pese a que en un principio los cambios provocaron divisiones internas, se sentaron las bases para la que sería una de las mejores facultades de Derecho hasta la fecha, donde maestros de la talla de Fernández Sessarego han formado a varias generaciones de abogados, orgullosos de que los textos de su maestro no solo se consiguen en el Perú sino en el extranjero, donde han sentado jurisprudencia, como Argentina y San José de Costa Rica, con sus teorías sobre el daño al proyecto de vida y la teoría tridimensional del derecho.

Además de la PUCP, Fernández Sessarego ha sido profesor de la Universidad de Lima, de la San Martín, y hoy enseña en la universidad jesuita Antonio Ruiz de Montoya, al frente del curso de antropología jurídica, donde pronto cumplirá 63 años como docente.

Para sus alumnos queda la lección de honestidad, trabajo y sencillez que les ha enseñado a través de su ejemplo, de su vida y su trayectoria. “La justicia legal es fría, la solidaridad es cálida”, nos dice Fernández Sessarego antes de despedirnos, quien ha renunciado incluso a postular a la presidencia de la República en alguna oportunidad, para seguir siendo consecuente y leal con sus amigos y sus ideales. Es un filósofo del Derecho, un intelectual de la jurisprudencia, cuya obra es la respuesta a la pregunta que se hizo el primer día de clases.