¿Quién podía imaginarse que Jonah Hill se colocaría algún día detrás de las cámaras? Pues, a decir verdad, cualquiera que haya seguido mínimamente la trayectoria de este actor. Incluso su decisión de debutar con una historia de perfil autobiográfico, protagonizada por un adolescente que es casi una versión de él mismo, demuestra que conoce la regla básica de una buena ópera prima: comienza hablando de lo que mejor conozcas.

Seguramente él haya tenido en mente al Martin Scorsese de Malas calles (1973) o al Harmony Korine de Kids (1995), aunque su protagonista comparte tono melancólico y mirada con Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes (1959). Si el resultado también recuerda a las primeras películas de Richard Linklater, será también por lo bien retratatados que están los Estados Unidos abúlicos de los 90. Hill se ha pasado una década huyendo del teenager vulgar y sin embargo tierno de Supersalidos, esforzándose casi tanto por adelgazar como por legitimarse como actor serio. Esa solemnidad es quizá lo único que lastra una opera prima que, por lo demás, late sincera, sin artificios ni imposturas. Como su alter ego en una acrobacia con la tabla, lo más difícil ya lo ha hecho: perder el miedo. Y, además, ha aterrizado bien.