La nueva versión de ‘El Rey León’ ha sido íntegramente creada por ordenador, pero viéndola nadie lo diría. Considerado desde un ámbito puramente técnico, el fotorrealismo de sus imágenes es una maravilla. Sin embargo, al ver la película resulta inevitable suponer que el director Jon Favreau se empeñó tanto en demostrar que podía subir el listón fijado en términos de ilusionismo visual por él mismo con ‘El libro de la selva’ (2016) que no se le ocurrió pensar en si hacerlo realmente tenía sentido. Después de todo, es importante recordar que el valor de la película original de 1994 se basaba en su naturaleza animada, que permitía dotar a los animales de emociones y actitudes que en la vida real no tienen.

Es cierto que en este ‘remake’ los animales de nuevo hablan y cantan pero, por lo demás, el empeño por hacer que parezcan salidos de un documental de naturaleza limita fatalmente sus movimientos y sus expresiones faciales, y el perjuicio que esa merma representa es especialmente grave si se considera que, recordemos, ‘El Rey León’ es un musical inspirado en ‘Hamlet’ sobre un felino que huye de los terribles planes de su tío y de su propio pasado para formar sociedad con un suricato y un jabalí flatulento.

Para empeorar las cosas, además, Favreau ha decidido hacer una película de trama prácticamente idéntica a la de su modelo que, eso sí, dura media hora más -el metraje extra, esencialmente, incluye una canción inédita y diálogos innecesarios-. Lo que la nueva versión no copia de aquel son sus logros visuales y sonoros: los colores ya no son deslumbrantes sino, esencialmente, gamas de marrón; las coreografías son pobres -de nuevo, la culpa es del realismo-, y las nuevas variaciones de las canciones originales son claramente inferiores. Teniendo todo eso en cuenta, ¿por qué iba nadie a preferir enfrentarse a la película de 2019 pudiendo recuperar la de 1994?