En el 793 la historia de Europa, irremediablemente, cambió para siempre. El 8 de junio de dicho año, tras una larga travesía desde Escandinavia, varias embarcaciones vikingas llegaron a la isla británica de Lindisfarne. Tras poner pie en tierra, los fieros guerreros pusieron sus ojos sobre el monasterio que se alzaba a tan solo un puñado de metros de la playa. Penetraron en él, lo saquearon y mataron o esclavizaron a los monjes que allí moraban.

A pesar de que esta no fue la primera incursión realizada por los hombres del norte en la zona, se sabe que anteriormente habían realizado algún ataque en las Orcadas (ubicadas al norte de Escocia), sí fue la más sonada. Aquella que dio inicio a la conocida como Era Vikinga: el tiempo en el que guerreros procedentes de territorios escandinavos sembraron el terror en la Europa de la Edad Media. El tiempo en el que la frase «a furare normannorum liberanos domine» («de la furia de los normandos salvanos señor») resonó con fuerza en Inglaterra.

Efectivamente, después del ataque al monasterio de Lindisfarne, nada volvió a ser lo mismo para los habitantes de las islas británicas. Durante los años siguientes, las incursiones de los vikingos en sus costas no dejaron de aumentar. Solo era cuestión de tiempo que los guerreros nórdicos llegasen a la conclusión de los beneficios de colonizar la rica tierra de los reinos en los que se encontraba dividida la actual Inglaterra. Y no tardaron demasiado. A mediados del siglo IX, un enorme contigente compuesto por guerreros escandinavos llegó a las costas de Gran Bretaña. La «Crónica anglosajona» lo llamó «la gran horda pagana» o el «Gran Ejército Vikingo».

Primeras conquistas

El «Gran Ejército», cuyo número de combatientes resulta difícil de calcular, estaba liderado, según las sagas, por varios hermanos entre los que destacaba la figura de Ivar Sinhuesos. Parece ser que eran hijos del semilegendario Ragnar Lodbrok (Calzas peludas), quien, supuestamente, fue asesinado por el rey sajón Aella, por lo que sus descendientes buscaban venganza en las islas.

Las huestes nórdicas arribaron a las costas de Anglia Oriental entre el 865 y el 866. Tras pasar el invierno acampados cerca del mar, dirigieron sus pasos hacia el reino de Northumbria, donde se estaba librando desde hacía tiempo una sangrienta guerra civil por la sucesión del trono. Los normandos supieron sacar provecho de la situación y comenzaron a tomar varios enclaves en el norte de la isla.

La conquista del importantísimo enclave político, religioso y económico que era York, ocurrida en el Día de Todos los Santos del 866, pone en evidencia que «los vikingos habían recibido información relativa a los acontecimientos que se desarrollaban en norte, ya fuese a través de alguna flota vikinga que se dirigiese hacia el sur o por medio de informantes ingleses», según sostiene Clare Downham, profesor de la Universidad de Liverpool, en el Nº 26 de Desperta Ferro Antigua y Medieval. Por su parte, Paddy Griffith incide en su obra « Los vikingos, el terror de Europa» (Ariel) en lo oportuno que resultó para los intereses del contingente escandinavo la división en la que se encontraba sumida Northumbria: «”El gran ejército” logró avanzar gracias a que supo explotar las divisiones políticas entre los estamentos dominantes de la zona, por lo común bastante competentes desde un punto de vista militar».

Invasores vikingos reproducidos en el manuscrito de época «Vida, pasión y milagros de san Edmundo»Con la toma de York, llamada Jorvik por los invasores, los nórdicos consiguieron una base de operaciones desde la que orquestar el resto de la invasión de la isla. Durante el invierno descendieron hacia Mercia y tomaron Nottingham. El intento de Burhred, monarca de este reino, por recuperar la plaza fue contrarrestado por los nórdicos, lo que obligó a firmar la paz. Por otra parte, en marzo del 867, los dos rivales por el trono de Northumbria, decidieron unir fuerzas para liberar York. A pesar de que, según parece, lograron salvar las defensas de la ciudad, el ataque acabó siendo un fracaso. Los dos aspirantes a la corona murieron durante la batalla, según recogen las crónicas de la época.

Una vez afianzado su dominio sobre Northumbria, los escandinavos pusieron sus ojos en Anglia Oriental. Allí hicieron frente al rey Edmundo, al que derrotaron en batalla en noviembre del año 869. «Ivar capturó a Edmundo, lo ató a un árbol y lo utilizó como blanco para sus prácticas de tiro. Para asegurarse de que el rey estaba muerto, los vikingos realizaron el ritual del águila sangrienta, que consistía en arrancar las costillas de la espina dorsal y remover los pulmones», explica Jonathan Clements en « Breve historia de los vikingos» (Ediciones B) sobre la defunción del monarca. Sin embargo, según Downham, el supuesto hijo de Ragnar no llegó a participar en el asesinato, ya que por entonces se encontraba guerreando en Irlanda. A este respecto, se sabe que en el 871 Ivar condujo varios barcos cargados de esclavos hacia Dublín. La muerte de este caudillo normando tuvo lugar en el año 873. Para entonces era conocido como “rex Nordmannorum totius Hibernie et Brittanie” («rey de todos los hombres del norte, de toda Irlanda y de Britania»).

Tras la conquista de Northumbria, Mercia y Anglia Oriental, los vikingos decidieron disfrutar de la tierra ocupada. Durante los años siguientes no mostraron demasiado interés en proseguir su avance hacia el sur. Fueron otros escandinavos los que, tras arribar a las islas en el 871, trataron de continuar las conquistas. A la cabeza de este nuevo contingente se encontraba un guerrero llamado Guthrum.

Precisamente, en abril de ese mismo año, Alfredo, hijo menor de Etelwulfo, ascendió al trono de Wessex, que anteriormente ocupaba su hermano. Este nuevo rey, que pasó a la historia como «el Grande», acabó por frenar definitivamente el empuje normando en Inglaterra. Aunque para ello tuvo que realizar grandes esfuerzos y sufrir varias traiciones.

Halfdan, hermano de Ivar, también llegó a las islas en el 871. Participó en batallas como la de Ashdown, en la que fue derrotado por las fuerzas sajonas. «Este año (871) se libraron nueve batallas al sur del Támesis; además hubo innumerables escaramuzas en las que Alfredo, hermano del rey (…) participó. Este año murieron (de entre los enemigos) nueve condes (conocidos como “earls”) y un rey (llamado Bacseg), y el mismo año los sajones occidentales firmaron la paz con el ejército enemigo», reza la «Crónica anglosajona» a este respecto. Lo cierto es que, a pesar de las victorias británicas, los vikingos continuaron campando prácticamente a sus anchas por la isla. Durante el 872 y el 873, Halfdan encabezó varias incursiones provechosas en Mercia.

A pesar de que, como señala Richard Hall en « El mundo de los vikingos» (Akal), gracias a la «Crónica anglosajona» se conocen los lugares en los que el «Gran Ejército» establecía sus campamentos de invierno, hasta 1970 no se había hallado ningún rastro de los mismos. Fue entonces cuando se descubrió en una tumba comunal en Repton (Derbyshire), ubicada bajo una iglesia, los restos de 200 guerreros normandos; así como varias armas, monedas y joyas. Cerca de esta localización, en Ingleby, también aparecieron varios enterramientos vikingos.

Tras las victorias alcanzadas en Mercia, Halfdan dirigió sus pasos hacia Northumbria. Mientras tanto, otros caudillos normandos se asentaron en Anglia Oriental. Entre estos se encontraba Guthrum, que tomó el puerto de Wareham, ubicado en Dorset. «A medida que (los escandinavos) avanzaban hacia el sur, ambos bandos empezaron a cansarse y a desmoralizarse», afirma en su obra Clements sobre la difícil situación en la que se encontraban los nórdicos y los sajones. Para ponerle fin, ambos bandos accedieron a firmar un tratado de paz.

El Danelaw

A pesar que Guthrum juró el acuerdo sobre un brazalete consagrado a Thor, no tardó demasiado en romper su palabra y proseguir el avance hacia el sur. Encontrándose en Exeter, el caudillo normando planeaba plantar cara a las huestes de Alfredo con el apoyo de 120 barcos vikingos que se dirigían hacia la zona. Sin embargo, una tormenta provocó el hundimiento de toda la flota, lo que obligó al jefe escandinavo a firmar un nuevo tratado. Gracias a este acuerdo, los sajones comenzaron a pagar al invasor para que retirase sus tropas.

El reparto de la isla- wikimedia

«Este pago fue un precursor del “danegeld“, un tributo que otros gobernantes posteriores y menos celebrados pagaban a los vikingos para evitar que sus tierras fueran saqueadas», sostiene en su libro Clemens. A pesar de las ventajas que le reportaba, Guthrum, víctima de la codicia, no tardó en volver a las andadas. En el 878 lanzó un ataque sobre Chippenham, donde Alfredo se encontraba pasando el invierno. El monarca, que fue pillado por sorpresa, tuvo que huir hacia las tierras pantanosas de Somerset. Allí conformó un ejército que derrotó a los normandos en la batalla decisiva de Edington. Sin embargo, las condiciones de la paz que siguió a esta victoria continuaron siendo óptimas para los nórdicos.

Gracias a este pacto, que fue determinante para la historia de Inglaterra, se estableció un reparto del territorio entre sajones y vikingos. La frontera entre ambos estaba marcada por el curso del Támesis por el oeste y Chester en el este. De este modo, el «Gran Ejército» se garantizó el dominio de Northumbria, parte de Mercia y Anglia Oriental; territorios que recibieron el nombre de «Danelaw». A cambio, Guthrum se vio obligado a adoptar como religión el cristianismo, lo que no debió suponerle un gran esfuerzo debido a las inmejorables condiciones con las que alcanzaba la paz.

Alfredo, por su parte, logró frenar el impulso hacia el sur de los normandos, lo que garantizaba la seguridad del reino de Wessex. Además, «el Grande» estaba convencido de que los colonos escandinavos supondrían una nueva defensa contra futuras invasiones, ya que a partir de entonces ellos también eran habitantes de facto de la parte noroccidental de la isla. Sin embargo, no pasó demasiado tiempo antes de que, gracias en parte a la llegada de nuevas hordas a las tierras del sur, los vikingos del Danelaw se animasen a lanzar nuevos ataques contra los dominios del monarca sajón. Se abrió entonces una nueva etapa que estuvo marcada por el retroceso del «Gran Ejército».