Próximo a cumplir noventa y siete años, el general Francisco Morales Bermúdez acaba de publicar “Mi última palabra”, un diálogo con el periodista Federico Prieto Celi, texto al que califica como su testamento político. Aquí las reflexiones de un personaje que se despide de la vida pública. 

Por Luis Felipe Gamarra

No es fácil entrevistar a un personaje que ha vivido intensamente sus noventa y seis años de vida, que forma parte de la historia del Perú, y que es el más antiguo presidente en vida del país. Pero el encargo es sumamente preciso: conversar con el general Francisco Morales Bermúdez Cerrutti sobre el libro que acaba de publicar, “Mi última palabra” (Ediciones B), un diálogo con el periodista Federico Prieto Celi, que él mismo califica como su testamento político. Se trata de un valioso testimonio que encapsula el ocaso de un periodo en la historia del Perú.

¿Por qué es su última palabra?

Hace varios años, en 1996, el periodista Prieto Celi me buscó para hacer una memoria dialogada. Así nació el libro “Regreso a la democracia”. Pasaron los años y le pregunté si podíamos sacar otra edición. Mucha gente me pide el libro y este ya no se encuentra en librerías. En ese contexto, Federico me preguntó si lo podíamos actualizar en forma de diálogo. A diferencia del libro anterior, en el que me hacía preguntas y yo las contestaba, en este seríamos dos personas conversando, y así nació la iniciativa.

¿Por qué lo titula “Mi última palabra”?

Porque es el cierre de un ciclo histórico. Ha sido un largo recorrido, tanto en la vida militar como en la política. Posteriormente, como expresidente, fui convocado por muchos centros de estudios, que me invitaban a dar conferencias. Y, hoy, a mi edad, que ya dije todo lo que tenía que decir, hago un repaso de mi vida. Más que mi última palabra, es una revisión de lo vivido.

¿Es un esfuerzo más por querer parecer un demócrata a pesar de haber encabezado una dictadura?

Una cosa es asumir la presidencia por las circunstancias que me obligaron, y otra es por decisión. Yo me sentí obligado por ser el general más antiguo de la Fuerza Armada, y el gobierno era de la Fuerza Armada, no del general Velasco. Y la cabeza era la Fuerza Armada, no Velasco. ¿Qué hacía? ¿Me iba o corregía la situación? El gobierno se estaba hundiendo.

En su libro no lo dice, pero hizo una contrarrevolución.

No. Me propuse reducir el impacto negativo que produjo el exceso de estatizaciones, de presencia del Estado en el país, porque no era mi filosofía política.

¿Enmendar no es corregir? ¿Corregir el curso de una revolución no es una contrarrevolución?

No diría retroceder. Pongo esta imagen: el gobierno era un tren que iba a una velocidad, de tal naturaleza, que íbamos camino al caos. Entonces me propuse evitar el caos, porque íbamos camino a ser Cuba, porque las Fuerzas Armadas estaban politizadas. En los tres institutos (Ejército, Marina y Aviación), en momentos diferentes, el personal se levantó contra sus comandantes generales, porque respondían más a Velasco que al mandato de las Fuerzas Armadas. Y yo era el más antiguo. Sentí una obligación. Me siento más demócrata que dictador.

Hay una frase que le dice a José María de la Jara (de Acción Popular)….

¡Yo me quedo aquí hasta que me dé la gana!

Esa es una frase de un dictador.

Fue un impromptus (sic), ante una actitud totalmente negativa. De la Jara era de La Inmaculada, lo conocía mucho. No hice una gran amistad, pero éramos conocidos. Ese día me trató como dictador y le respondí como dictador. Fue una reacción. Pero mi filosofía, como general más antiguo del Ejército, era apoyar la democracia. Estaba en un gobierno militar, y tenía que tomar decisiones duras, pero no porque era mi espíritu. A mí me llamó Velasco, en 1968, para ir a Chorrillos, en la madrugada. Esa tarde, en mi oficina, le dije a un grupo de oficiales que yo no estaba de acuerdo con el golpe. Consideré que había recursos políticos para manejar esa situación. Belaunde fue elegido constitucionalmente, ¡tenía más recursos que un dictador!

Pero la diferencia entre un demócrata y un dictador, como pasó más tarde, es que no puede desmantelar el aparato estatista heredado de los militares, porque cada reforma debe pasar por el Congreso. Mientras ustedes se reunían una noche entre uniformados y emitían hasta cincuenta decretos supremos, un gobierno democrático debe debatir.

Es relativo. La posición de un presidente elegido por el pueblo es más fuerte. Y si no lo es, es lo que se debe fortalecer. El jefe de la nación es el presidente de la República, está arriba de todos. Y si es elegido, y es demócrata, hay mucho poder. Aquí se desperdicia el poder.

¿Quiere decir que, como sociedad, preferimos las dictaduras a las democracias? El único gobierno entre comillas fuerte fue el de Fujimori, porque dio un golpe.

En el Perú estamos atrasados en la concepción de lo que representa la democracia. ¡Nos falta escuela democrática! Desde las universidades, formación y espíritu democrático. Sin eso no hay futuro. Y más en el Perú, que es un país heterogéneo y con poca identidad nacional.

Para que haya justicia social es clave la igualdad. Usted habla en su libro de la comunidad “ALTECO” (almuerzo, té y comida), un grupo de empresarios que se reunían con el general Velasco para solicitar prebendas. ¿Puede decir ahora quiénes integraban ALTECO?

Eran amigos del general Velasco, no eran militares. Preferiría no decir nombres.

Pero se refiere a representantes de grupos económicos.

La mayor parte, indudablemente. Eran personas que sabían que si había un cambio de giro no les iba a convenir. Respeto al general Velasco. No creo que haya tenido ningún tipo de compromiso personal para favorecerse. Eran amigos que lo buscaban. No le pedían nada, pero, sabiendo que eran amigos del general, lograban el apoyo en otros niveles, sin comprometer la honestidad del general Velasco.

Otra cosa que queda clara en el libro es su necesidad de decir que no fue un traidor.

Por supuesto. Yo no soy un “felón”. Yo estaba frente a un juego de lealtades, como digo en el libro. Podía ser leal a Velasco o rompía con él en beneficio del país.

¿Volvió a reunirse con el general Velasco en su retiro de Chaclacayo?

No. No correspondía.

¿Qué hubiera pasado si él no se enfermaba?

Tendría que haber rectificado. Aunque, por entrevistas de la época, él mismo declara que habría intensificado la revolución. Tenía un dirigismo marcado, era una situación difícil.

N MILITAR EN UN GOBIERNO DE FACTO

Usted dice en el libro que si Sendero Luminoso hubiera aparecido en su gobierno, usted se quedaba hasta hacerlo desaparecer. Podría haberse quedado hasta una fecha indeterminada.

Hasta derrotar a ese adversario. Estaba muy en embrión entonces. Considero que se le podría haber derrotado rápidamente. Mira la visión democrática: se sabía que había personas de corte marxista, pero como no cometieron ningún acto terrorista no se les detuvo. No se podía meter preso a una persona por leer a Marx. Había un registro de inteligencia, se sabía que se reunían, que pensaban, que establecían una doctrina, pero nada más.

Con esa información, ¿no se arrepiente de no haber parado al terrorismo en etapa embrionaria, como la califica?

Pero si no habían cometido ningún acto terrorista. Si se les detenía solo por reunirse sí habría sido una dictadura. Y yo no me sentía capaz de eso.

Pero sí fue capaz de deportar a un grupo de políticos y periodistas a Argentina.

Ya lo he dicho varias veces. Me arrepiento profundamente de ese caso.

¿Se imaginó que entregando el poder este sería un mejor país?

Sí, sin duda. Lamentablemente no fue así. Hubo gente que me sugería que no dejáramos el poder. Silva Ruete (ministro de Economía durante su gobierno), por ejemplo. Pero les decía: “Aquí empeñé mi palabra y ya tenemos una fecha de salida”. Y así lo cumplí. Lo de Chuschi fue en plena transición. ¿Iba a poner en juego el regreso a la democracia por eso? No.

Se califica en contra del militarismo en el poder. ¿Alguna vez combatió a Fujimori por todos los males que engendró su gobierno con el poder de la Fuerza Armada de su lado?

En el año 2000 fui uno de los principales políticos que, cada sábado, desde la cabina de una radio, salía hablando lo que no se imagina, contra ese gobierno y ese proceso de re-re-elección. En los diarios, en “El Comercio” y “La República”, salí atacando a Fujimori. Era una dictadura. ¡Quería quedarse veinte años en el poder!

¿Qué siente después de escuchar los audios que involucran a autoridades del Consejo Nacional de la Magistratura, el Poder Judicial y el Ministerio Público?

Siento que el Perú atraviesa una de las peores crisis como república. Lo último que sostiene a un país es su justicia. Donde funciona correcta y honestamente un Poder Judicial, el país camina. Si la justicia tiene estos niveles de corrupción, el país se para.

¿Quién es el responsable político de esta crisis?

Esta crisis se debe a la deficiencia de los partidos políticos. No depende de una tendencia ideológica, es una ausencia total del pensamiento democrático. El Perú es un país presidencialista; si camina bien el presidente, camina bien el país. La democracia también requiere un nivel de mando, de liderazgo democrático.

Una fuerza parlamentaria como la que ostenta el fujimorismo, ¿no complica ese liderazgo?

En un gobierno democrático, una fuerza aplastante es absurda. La misión del Congreso es ejercer un control normal del Ejecutivo, no pararle la función. A mi entender, según el juicio nacional, este Congreso no cumple su función.

¿Qué opina de Keiko Fujimori?

El fujimorismo posee una gran responsabilidad, de obstruccionismo. Las circunstancias los obligan a tomar otras medidas, pero han tenido una actitud obstruccionista. En general, mal. Ha hecho mucho daño. No ha sabido manejar el poder. Pudo salir por lo alto, pero…

¿Cree que el presidente Martín Vizcarra concluirá su gobierno?

Sí. Ha tomado decisiones firmes. Sobre todo respecto a los últimos acontecimientos. Ha asumido el poder que tiene. Yo voté por Kuczynski, pero me equivoqué.

Pensé que en su libro iba a revelar que el golpe contra Velasco paró la guerra con Chile. Por el contrario, reafirma que es una leyenda.

Nunca, nunca, se trató ese tema. La idea, la concepción política, fue tener, en el centenario de la Guerra con Chile, una fuerza disuasiva. Fuerte, pero disuasiva. Y le diré una cosa que no dije tan claramente en el libro. Si le declarábamos la guerra a Chile habríamos perdido. Teníamos una fuerza disuasiva, pero no era suficiente. Para salir a la guerra debe estar preparado el país como nación, y no lo estábamos. Eso lo sabía el general Velasco y toda la cúpula militar. Conmigo como jefe de Estado Mayor, se me ocurrió hacer una maniobra ofensiva conjunta en el sur; eso alimentó esa leyenda. Pero fue falso. Hubo militares de menor rango que tenían un fervor legítimo, pero no era suficiente. Debemos tener en cuenta el contexto global. Estados Unidos apoyaba a Chile, la Unión Soviética al Perú. Eran demasiados elementos a tener en cuenta.

Otra cosa que me llama la atención de su libro es que parece no arrepentirse de nada.

Tengo un sentimiento de las cosas que pude hacer bien. Me arrepiento de haber deportado a un grupo de peruanos. Pero el diálogo que tuve con Prieto Celi no me llevó a más reflexiones.

Dice que el Perú no integró el Plan Cóndor, pero la justicia italiana, que lo condenó a usted en ausencia, afirma lo contrario.

El Perú nunca formó parte del Plan Cóndor. Lo he dicho muchas veces. La detención de esos argentinos se produjo con los protocolos propios de inteligencia y extradición.

¿Qué le gustaría que diga en su epitafio?

Un soldado con corazón de civil.

¿Se sentiría cómodo si esta entrevista se titula “El dictador demócrata”?

No. Fui un militar, que en un gobierno de facto, llevó al país a la democracia.

¿Por qué le cuesta tanto aceptar que fue un dictador?

Porque no lo siento así.

¿Cómo se le dice al líder de un gobierno militar de facto?

El dictador es el que dicta su voluntad. Y mi voluntad fue conducir al país a la democracia.
Además de convocar a elecciones, ¿qué siente que hizo por construir una democracia?
Disminuir la presencia del Estado. La pesca estaba en manos del Estado, pero en mi gobierno se le devolvió al sector privado. Lo mismo que las fábricas de cemento.

Pero no privatizó la economía con la contundencia que se requería para evitar la crisis de los años ochenta.

No, porque no se podían hacer cosas bruscas. Mi gobierno fue un régimen de transición. Las reacciones podrían haber sido peores. Había gente enquistada que quería seguir en el poder. Tenía que ir poco a poco, reduciendo la velocidad.

Algo que no dice en el libro es cómo ha hecho para estar tan lúcido a sus noventa y seis años.

Dormir tranquilo. Tengo la conciencia tranquila. Eso da fuerza, que se expande y se siente. He hecho mucho ejercicio en la vida. Hice toda clase de deportes. Incluso, cuando entré al gobierno, con Velasco, mandé poner una mesa de ping-pong en mi oficina, y convoqué a los mejores jugadores del ministerio, con quienes jugaba todos los días a las doce. Solo dejé de trotar a los ochenta y cinco años, corría una vuelta al Golf. Y realicé caminatas, la misma distancia, hasta los noventa. Solo me ha parado ahora una hernia.

¿Cómo prefiere que lo llamen, general Morales Bermúdez o señor Morales Bermúdez?

Señor, porque un general también debe ser un señor.