Enrique Bonilla

Dice Juvenal Baracco que en una escuela de arquitectura siempre hay dos proyectos: el de los profesores y el de los alumnos. Quienes nos formamos en los años 80 vivimos esa situación con bastante intensidad, cuando nuestros profesores eran modernos y nosotros queríamos ser posmodernos. Así que mientras ellos todavía se entusiasmaban con Le Corbusier, Gropius, Mies van der Rohe y otros pocos con Wright, nosotros lo hacíamos con Aldo Rossi o con Robert Venturi, haciéndonos eco de sus críticas al funcionalismo y al excesivo racionalismo.

El proyecto moderno que defendían nuestros maestros comenzó cien años atrás, en 1919, con la fundación de la Bauhaus como una escuela de diseño, durante la denominada República de Weimar en la Alemania de la primera posguerra, y por coincidencia en la propia ciudad de Weimar; y buscó involucrar a los artesanos en el proceso de producción de objetos. Luego se mudaría a Dessau en 1925 y se convertiría en una Escuela Superior de Diseño, siempre bajo la dirección de Walter Gropius, hasta que este dimitiera en 1928. Lo sucedería Hannes Meyer –el más desconocido, pero no por eso menos importante director de la Bauhaus–, que impuso un mayor énfasis social y favoreció la politización de la escuela abrazando la ideología marxista, motivo por el cual despertó los recelos de los nazis. Finalmente, y bajo la dirección de Mies van der Rohe, se convertiría en Escuela de Arquitectura. Pero la presión política obligó al cierre de la Bauhaus en Dessau, para finalmente recalar en Berlín, ciudad donde, en abril de 1933, fuera finalmente clausurada por los nazis, acusada de ser un “germen del bolcheviquismo”.

Sobre la historia posterior a la clausura de la Bauhaus, me gustaría regresar a los 80, que es cuando apareció un libro que, por su título sugestivo, ¿Quién teme a la Bauhaus feroz?, generaba empatía con nosotros, jóvenes arquitectos que por entonces buscábamos afianzar nuestra “condición posmoderna”, como decía Lyotard, que en arquitectura se caracterizaba como un rechazo al pensamiento único y universal. Escrito por el ya importante periodista norteamericano Tom Wolfe –a quien más tarde se le reconocería como el creador del llamado “nuevo periodismo”–, el libro es una crítica a lo que realizaron los miembros de la Bauhaus, especialmente a Walter Gropius y Ludwig Mies van der Rohe, cuando, luego de la clausura de esta escuela por parte del nazismo en 1933, recalaran en Norteamérica.

La llegada de los “dioses blancos”, como los denomina Wolfe, significará una auténtica revolución en el medio académico norteamericano. Precedida por la no menos importante exposición que realizara el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), International Style, que, bajo la curaduría del historiador Henry-Russell Hitchcock y el arquitecto Philip Johnson, se desarrolló en 1932 y que sirviera para preparar el terreno para el arribo de los exdirectores de Bauhaus como adalides de la arquitectura moderna.

Así, en 1938, se instalan Gropius como director del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Harvard y Mies como director del Departamento de Arquitectura del Instituto Armour, el cual, años más tarde, se uniría al Instituto Lewis para formar el Instituto Tecnológico de Illinois (IIT). De esta forma la vanguardia europea se convierte en el establishment a nivel mundial y su influencia apunta hacia una arquitectura única y universal, como el pretencioso nombre de la exposición de Hitchcock y Johnson. Casi diez años después, en 1947, el International Style llegó al Perú de la mano de la Agrupación Espacio, cuando ya de vanguardia le quedaba poco y había comenzado a ser revisado tímidamente, pero aun así tuvo una gran influencia en la arquitectura peruana durante los siguientes treinta años, hasta que apareció la posmodernidad, esa que nos gustaba tanto a los jóvenes de entonces.

“Las vanguardias…”, decía Luis Alberto Sánchez en unas magníficas clases de literatura americana que dictaba en la Universidad de Lima, “nacen muertas, para después reaparecer y ser lo nuevo”. Desde hace muchos años, en el medio académico y en el profesional, hemos visto reaparecer una suerte de modernidad-posmoderna o un “historicismo moderno” –como lo llamó Ignasi de Solá Morales– convertido en una estética, en un lenguaje, o simplemente en minimalismo. Es común ver a los jóvenes arquitectos repetir aforismos de Mies van der Rohe como “Menos es más” y “Dios está en los detalles” con poca convicción ideológica. Entonces pienso que a la feroz Bauhaus de otrora ya nadie le tiene miedo. Pero cómo se extrañan las vanguardias, esas que permiten que el arte en general y la arquitectura en particular avancen.