Walter Domínguez

La encrucijada del diablo (o Devils at the Crossroads), el excelente documental que estrenó Netflix sobre el músico de blues Robert Johnson, ofrece un nuevo capítulo sobre una saga frondosa, apasionante y tal vez inútil o inocua: la de los mitos en el mundo del rock.
Robert Johnson, en una de las dos únicas fotos que se conocen de él.

Robert Johnson, en una de las dos únicas fotos que se conocen de él.
Robert Johnson, en una de las dos únicas fotos que se conocen de él.

De Johnson -un guitarrista que vivió entre 1911 y 1938 y sentó las bases del blues moderno- apenas se conocen dos fotografías y 29 canciones, que registró en dos sesiones en un estudio de Texas entre 1936 y 1937. Pero a su legado imborrable e inocultable se le adosó una leyenda que fue inspiración para una película que se vio en todo el mundo (Encrucijada o Crossroads, del director Walter Hill y estrenada en 1986) y dos documentales, el mencionado y otro británico, The Search to Robert Johnson, de 1992, dirigido por Chris Hunt.

Lo que se afirmaba de este músico negro es que llegó a dominar tan bien su instrumento por un pacto que había hecho con el Diablo, en un cruce de caminos (el famoso crossroad). Es decir, para ser un virtuoso de la guitarra le ofreció a cambio su alma a Satanás. Hermoso cuentito al que se le agregaba que tocaba de espaldas al público para que no se vieran sus ojos rojos de poseído por el demonio. El relato no contemplaba que, quizás, Johnson fuera una persona tímida.

Claro, sus letras -ambiguas y con alusiones a Satán- reforzaron el mito, que explicaba que siendo un guitarrista mediocre desapareció por un año y que, al regresar al circuito de bares y garitos en que se tocaba blues, su manejo de la guitarra era deslumbrante. La encrucijada del diablo, hecha con un férreo rigor histórico, al punto de encontrar la casa de madera en la que se crió en el Delta del Mississippi, tiene testimonios de guitarristas importantes e influenciados por Johnson (Eric Clapton, Keith Richards) y además aporta un dato que podría explicar el porqué de su “repentino” virtuosismo: durante ese año había practicado todas las noches con Ike Zimmerman, otro guitarrista que fue su mentor y lo introdujo en la técnica del slide (el tubito metálico que se usa en uno de los dedos para pulsar las cuerdas y conseguir un sonido muy característico). Igual, volvemos al mito: esas prácticas se llevaban a cabo en un cementerio, supuestamente “porque allí los conocimientos no se olvidaban”.

Pero los mitos en el rock no se acaban con Johnson.

 Los misterios de la tapa de Abbey Road. El sacerdote, el deudo que carga el féretro, el muerto y el sepulturero.

Los misterios de la tapa de Abbey Road. El sacerdote, el deudo que carga el féretro, el muerto y el sepulturero.

Muchos creen aún que el verdadero Paul McCartney murió en un accidente y que Los Beatles, para no cortar el éxito de su carrera, buscaron ¡y encontraron! un reemplazante que tocaba y cantaba tan bien como él (y que era zurdo, además). ¿Las pruebas? Débiles: en la tapa de Abbey Road Lennon vestido de blanco representaría a un sacerdote; Ringo, de negro, sería quien carga el féretro; y George, de jean e informal, sería el sepulturero. El hecho de que Paul esté descalzo sólo comprobaría que ya no formaba parte de este mundo. Hubo centenares de artículos al respecto y hasta estudios antropométricos de fotografías de distintas épocas de McCartney, que intentaban explicar que se trataba de dos personas distintas.

 Keith Richards y el porqué de tanta transfusiones. Foto: Boris Horvat/AFP

Keith Richards y el porqué de tanta transfusiones. Foto: Boris Horvat/AFP

También es un mito que los Rolling Stones se cambiaban la sangre periódicamente, debido a sus excesos y que ése era el motivo de su longevidad. Lo real es que Keith Richards sufrió algunos accidentes que lo obligaron a varias transfusiones. Claro que en algún momento se cansó de explicar y prefirió que siguieran corriendo los rumores.

La banda Led Zeppelin también tiene sus mitos.
La banda Led Zeppelin también tiene sus mitos.

La banda Led Zeppelin también tiene sus mitos. Su guitarrista Jimmy Page era un aficionado a las ciencias ocultas y llegó a abrir una librería temática en Londres. De él también se decía que, para triunfar, había hecho un pacto con Satán. Y algunos lo acusan de ser el responsable de la muerte de Karac, el hijo de seis años del cantante Robert Plant, cuando en realidad fue víctima de un extraño virus estomacal. La leyenda dice que ese fue el principio del fin de la separación de Zeppelin, aunque la muerte de su baterista John Bonham por una excesiva borrachera (en la casa de Page) fuera el motivo real.

Y qué decir de Elvis Presley, de quien aún muchos niegan su muerte, si hasta Andrés Calamaro le dedicó una canción en su álbum Alta suciedad: “Elvis está vivo, me lo dijo un amigo cuando el sol empezaba a caer. Está en el cuarto forrado de leopardo dorado. Se queda viendo su propio funeral… En Memphis lo saben todos, pero es gente muy discreta y no dice nada. Será mejor así”.

Cuando la realidad no alcanza, suelen aflorar los mitos. Aunque en todos los casos mencionados más arriba (Johnson, Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelin, Elvis), mucho más importante que lo que se dice de ellos es la música que nos entregaron.