Juan Diego Rodriguez Bazalar

“Será la causa de grandes calamidades”. Se cuenta que cuando Catalina de Médici nació, los astrólogos reunidos en torno a ella presagiaron que su destino sería asolar a quienes la rodearan. El sino augurado no fue tomado en cuenta por el papa Clemente VII, quien fungió como su tutor luego de quedar huérfana tras la peste, y no porque asumiera como falso el presagio, sino porque la usaría para mejorar su economía.

El Sumo Pontífice la casó con el príncipe Enrique II de Francia, hijo de Francisco I, para sellar un trató rentable, pero con ello la condenó a una vida de tristeza. A usanza de la época, los novios recién se conocieron poco antes de la boda, momento en el que el noble supo que le habían mentido. No se trataba de una mujer hermosa, sino de todo lo contrario. No importó su atractiva personalidad, su gran inteligencia o que estuviera enamorada de su esposo, él la alejó para vivir junto a su amante, la vanidosa Diana de Poitiers.

Con todo en contra, Catalina (1519-1589) pudo concebir a tres reyes (y otros siete que no llegaron a adultos), y de esa forma accedió al poder francés una vez que su esposo falleció. Como su tutora y para retener el trono en su familia –se cuenta–, no dudó en no dudó en envenenar a sus contrincantes, algo bastante usual en la época. Las guerras religiosas entra católicos y protestantes fueron el marco ideal para su mano dura y maquiavélica.

Más para la leyenda que para la historia, Catalina fue una aficionada a la magia, la adivinación, y fue catalogada en más de una ocasión de bruja. Fue Alejandro Dumas el responsable de las infamias que duran hasta nuestros tiempos.

Se dice, por ejemplo, que mató a su suegra, Jeanne d’Albret, cuando esta se puso unos guantes envenenados por ella (la versión oficial le atribuye su muerte a la tuberculosis). También se le acusa de asesinar a su propio hijo, Carlos IX, quien tomó un libro lleno de páginas envenenadas que estaba destinado a su yerno, Enrique IV de Francia.

Pero eso no fue lo único que hizo la monarca. Se cuenta que utilizó a su séquito de cortesanas para crear el Escuadrón Volante: 200 chicas bellas que estaban a su disposición para desentrañar cualquier complot en su contra y cambiar la mentalidad de sus enemigos. Sus armas: la seducción y el espionaje. Algunas versiones cuentan que organizaba banquetes para hombres en los que las mujeres servían la comida mostrando los senos.

—Pensamiento medieval—
Se puede ubicar el origen de la leyenda negra que pesa sobre Catalina en las revoluciones culturales que causó en Francia. Heredera de los Médici, ella fue una mujer adelantada a su tiempo y, por tanto, extraña que sin que nadie se diera cuenta llevó a una nación medieval hacia la modernidad.

Su relación con el veneno podría ser explicada, entre otras cosas, por su afición a los perfumes. De hecho, a ella se le considera la primera que introdujo alcohol en las fragancias, algo que hasta ahora se conoce como ‘eau de toilette’. Los hombres medievales, miedosos de la alquimia y sus misteriosos alcances, y de lo bien que olían los cinturones y bolsos de piel, llamaron a ese invento “el veneno de los Médici”.

Catalina también fue rechazada por utilizar lo que se consideró en su tiempo un instrumento del diablo: el tenedor. El revolucionario utensilio se había intentado hacer camino en Europa, pero no había tenido éxito por sacrílego. Aun así, fue la monarca quien lo puso de moda en su corte, incluso para rascarse la espalda. Dos siglos después, el pueblo dejaría de ensuciarse las manos para comer y empezaría a disfrutar otras delicias, como helados y frutas confitadas.

A la reina también se le atribuye la popularización de los tacos. Se cuenta que el día de su boda, y para evitar verse mucho más baja que su esposo, hizo que le construyeran unos zapatos con plataformas que, además, harían que su cuerpo se viese más esbelto. El aporte fue muy popular en la corte (era común ver tacos de hasta 80 cm), aun cuando ella se había inspirado en el calzado de las prostitutas venecianas.

Al respecto, Leonie Frieda, autora de un libro y documental biográfico sobre Catalina, comentó: “Ella cuidaba los detalles, sabía que en esas cosas estaba también el poder. Llegó a estipular el diseño de un pañuelo de mano para los mocos del que debían colgar esmeraldas”.

Los primeros usos medicinales del tabaco también están asociados a la reina. Se cuenta que Jean Nicot, entonces embajador francés en Lisboa, le envío una de las maravillas que Europa había descubierto en el Nuevo Mundo: el tabaco. Catalina usó el regalo (que entonces venía en polvo y cuyo consumo era a través de la nariz) para curar los dolores de cabeza de su hijo Francisco II y que, desde entonces, la aplicación de “las hierbas de Nicot” fue adoptada por todo el continente.

Aun con tantos aportes a la cultura francesa (que también incluyen la ropa interior y el corsé), la historia ha querido hacer de Catalina una de las reinas más odiadas. Ella representó todo lo que el hombre medieval detestó y temió: una mujer extranjera con una opinión formada y con ganas de vivir bien y por ello la llamaron “la reina negra” o “el gusano de la tumba de Italia”. A 500 años de su natalicio, todavía cuesta darle su lugar en la historia.