Juan Paredes Castro

D e todos los ritos que exhibe el poder político, los cambios de Gabinete han demostrado ser generalmente los más ineficaces.

Casi siempre vamos a tener bajo las juramentaciones ministeriales palaciegas, rodeadas de mármoles y aplausos, más de lo mismo.

Para comenzar, el presidente del Consejo de Ministros no es un primer ministro, como se le quiere llamar y reconocer; ni un gerente de gerentes del Gobierno, donde cada ministro reporta directamente al presidente; ni un coordinador de políticas y acciones de los distintos sectores de la administración pública, en los que viceministros y directores tienen capturados casi todos los enlaces, quitándole todo margen de acción al supuesto jefe del Gabinete.

Si después de cada cambio de Gabinete –de Humala a Kuczynski y de Kuczynski a Vizcarra– se hubieran resuelto siquiera una docena de expectativas ciudadanas de peso, ya tendríamos al Perú creciendo económicamente sobre el 6%, con menos corrupción e inseguridad, con mejores servicios en salud y educación, y con un horizonte más claro sobre lo que hay que hacer en infraestructura, reconstrucción y transporte. Más gente viviría sin temor a perder la vida en las calles o en buses, trenes, aviones y maltrechas embarcaciones fluviales. Más gente tendría confianza en el manejo y solución de crisis como Las Bambas.

Todo podría ser distinto, por supuesto, si mañana el presidente Vizcarra decide empoderar a Salvador del Solar al frente del Gabinete como real jefe de Gobierno, más que mero coordinador o portavoz. Y para el caso, Vizcarra se reservaría para sí el ejercicio igualmente real de la jefatura del Estado con buena parte de su tiempo dedicado a ella.

Recuérdese que a finales del año pasado, Vizcarra logró ponerse por encima de la organización política del país con una cruzada anticorrupción importante, aunque sesgada, hacia el lado fiscal, judicial y parlamentario (con la vista gorda hacia la estructura gubernamental) y un plan de reformas políticas sin duda ambiciosas, pero orientadas populistamente a enganchar con reclamos antiinstitucionales, tales como la supresión de la bicameralidad, por ejemplo.

De pronto, la cruzada anticorrupción y el plan de reforma política lucen debilitados, porque el mandatario no puede vivir ocupándose únicamente de esos dos temas desde un gobierno que ha perdido conexiones dentro de sí, conexiones con los demás poderes del Estado y conexiones con los gobiernos regionales y locales que definen el carácter unitario y descentralizado del Estado.

Hay, pues, un defecto grueso y grave en la Constitución que hace que las conexiones entre la Presidencia de la República y la Presidencia del Consejo de Ministros no sean buenas o casi no existan, de la misma manera en que estos dos altos ámbitos del Gobierno no conecten bien (a falta de mecanismos de enlace correctos) con los demás poderes públicos ni con los mandos políticos regionales y municipales.

Así las cosas, si nada conecta con nada, el principal trabajo de Salvador del Solar es hacer que los cables de energía y acción del sistema político (no los discursos) conecten entre sí, y lo que es más importante: ¡funcionen!