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Daniel Mediavilla

Cada cierto tiempo, en la Tierra se produce un gigantesco holocausto que suele ser también un cambio de régimen. Hace 2.800 millones de años, un grupo nuevo de microorganismos, las cianobacterias, comenzaron a producir oxígeno al hacer la fotosíntesis. Transformaron el mundo e hicieron posible la vida como la conocemos, pero aniquilaron a los organismos que habían dominado hasta entonces el planeta porque para ellos el oxígeno era tóxico. Como resume uno de los líderes de la revolución ultraconservadora relatada en El cuento de la criada, de Margaret Atwood, “mejor nunca significa mejor para todos, siempre significa peor para algunos”. Y lo que es válido para las revoluciones políticas, también lo es para las biológicas.

De las cinco grandes extinciones que llegaron después, la más letal sucedió hace 252 millones de años, al final del Pérmico. Entonces, una erupción descomunal en Siberia inundó la atmósfera de CO2 y produjo un intenso efecto invernadero que agravó la actividad de algunos microbios productores de metano. Los océanos se volvieron más ácidos y perdieron oxígeno y la destrucción parcial de la capa de ozono permitió que la radiación ultravioleta arrasase la superficie terrestre. Se calcula que el 96% de las especies que habitaban la Tierra perecieron en menos de un millón de años, un tiempo breve si se consideran las escalas geológicas.

Pese a aniquilar la vida casi por completo, la gran mortandad, como se conoce a esta extinción masiva, no es la más conocida de todas. Ese honor le corresponde a la sucedida a finales del Cretácico, hace unos 66 millones de años, el cataclismo que se llevó por delante a uno de los grupos de animales más fascinantes que jamás pisaron la Tierra. Cuando horadan el suelo en busca de fósiles con los que reconstruir el pasado, los científicos observan que en ese momento desaparecen la mayoría de los dinosaurios y prácticamente el 75% de los seres vivos de la época. En ese estrato, Luis Álvarez y su hijo Walter descubrieron en los ochenta una gran cantidad de iridio, un material muy raro en nuestro planeta pero abundante en meteoritos y asteroides. A partir del iridio calcularon que una roca de 10 kilómetros de diámetro procedente del espacio fue, probablemente, la culpable de aquella hecatombe. Poco después, la teoría se afianzó cuando se encontró un cráter en la península mexicana de Yucatán que se identificó con el lugar del impacto.

Pero la vida no se tambalea a escala planetaria por un solo golpe, por fuerte que sea, y desde hace tiempo se defiende que una serie de erupciones volcánicas a lo largo de cientos de miles de años, como ha sucedido en eventos similares a lo largo de la historia del planeta, fueron cambiando el clima y las condiciones atmosféricas de la Tierra preparando el terreno para la extinción del Cretácico. El lugar de estas erupciones son las escaleras del Decán, una de las mayores regiones volcánicas del planeta situada en la India. Hoy, dos equipos de científicos publican en la revista Science mediciones de alta precisión de la zona para tratar de reconstruir el curso de los acontecimientos que acabaron con los dinosaurios.

Por un lado, un equipo liderado por Blair Schoene, de la Universidad de Princeton (EE UU), empleó un método de datación que toma como referencia el ritmo al que el uranio se va desintegrando radiactivamente para convertirse en plomo. Así calcularon que las erupciones del Decán comenzaron decenas de miles de años antes del gran asteroide. Las grandes cantidades de metano, dióxido de carbono y dióxido de azufre lanzadas a la atmósfera por los volcanes habrían provocado unos trastornos planetarios capaces de extinguir gran parte de la vida terrestre mucho antes de la llegada del asteroide.

En un segundo estudio, liderado por Courtney Sprain, de la Universidad de California en Berkeley (EE UU), se emplea argón radiactivo para calcular el momento en que se produjeron las erupciones. Aunque los resultados no son muy diferentes, sí que hay interpretaciones distintas de los datos y se plantea que el choque en México, prácticamente en las antípodas de la India, aceleró las erupciones y produjo una emisión de gases responsables en parte de las extinciones.

La catástrofe, que facilitó la llegada de los mamíferos y a la postre de nuestro linaje, quizá no se deba imaginar como suelen hacerlo las películas hollywoodienses, con un impacto inminente que acabará con la vida en la Tierra en pocos días. “Es muy difícil decir cuál fue la escala temporal exacta de la extinción”, reconoce Paul Renne, investigador de Berkeley y coautor de uno de los estudios. “De hecho, es probable que fuese variable para diferentes animales y plantas, dependiendo de su posición en la red alimentaria. Parece claro que el plancton marino fue el más rápido en desaparecer, probablemente en menos de 10.000 años. Para otros animales, especialmente los terrestres, como los dinosaurios, pudo tomar más tiempo, pero es algo muy controvertido”, asevera. Y concluye: “Algo es cierto, la extinción no sucedió en un instante como en las películas”.