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Sebastián Pimentel

Sobre Vincent Van Gogh ya existe un puñado de películas que han soportado bien el paso del tiempo. Ahí están “Sed de vivir” (“Lust for Life”, 1956), del director Vincente Minnelli; el “Van Gogh” (1991) de Maurice Pialat; o la más reciente película de animación titulada “Loving Vincent” (2017), de Dorota Kobiela y Hugh Welchman. A ellas hay que añadir esta nueva versión de “En la puerta de la eternidad”, sobre los últimos años del pintor holandés, firmada por Julian Schnabel y protagonizada por Willem Dafoe en el papel del genio de “La noche estrellada”.

Este Van Gogh es decididamente diferente a los otros. Con la colaboración de Jean-Claude Carrière en el guion, Schnabel rechaza cualquier tipo de emplazamiento narrativo clásico y apuesta por una aproximación entre filosófica e indagatoria por la mente del artista. Es como si quisiera profundizar en el enigma que rodeó al holandés en sus últimos años, sobre todo los que se concentran en la etapa de madurez pictórica, cuando se confina, gracias a la ayuda de su hermano Theo, en el pueblo rural de Arles, en Francia.

Schnabel rechaza las vías melodramáticas y toda claridad más o menos lógica en las acciones y reacciones, en la sucesión de hechos. Lo suyo es más bien un adentrarse en estados alucinatorios, en visiones de lo inconmensurable, como cuando filma los parajes de Arles, con esos amarillos y azules encendidos que tanto gustaban al pintor. O en discursos íntimos donde la palabra no tiene referente visual: la pantalla se pone en negro para que la voz de Dafoe recite los aforismos y pensamientos del artista que encarna.

Pero lo del director estadounidense no es preciosismo. Utiliza la cámara en mano y persigue a su Van Gogh/Dafoe por los campos de tierra arada, lo acompaña en sus largas peregrinaciones hacia una luz enceguecedora, como un humilde predicador en un rito que, por supuesto, tiene un cierto cariz religioso o místico. Tampoco lo diviniza, a pesar de que esté a punto de hacerlo, lo que se logra por el acercamiento realista de la cámara de tono documental, pero también por cómo se han filmado sus relaciones con otros seres humanos.

Lo mejor del filme quizá sea el vínculo entre Vincent y Theo, hermano protector que paga su estadía en Arles. Rupert Friend, como Theo, hace un estupendo trabajo secundando a Dafoe. Este último logra escapar a cualquier exhibicionismo histriónico y realiza una magnética personalización interiorizada, parca, adusta. Es imposible no ligar esta actuación con la que hizo, con otro temperamento, sobre otro peregrino y mártir: Jesús de Nazaret, en “La última tentación de Cristo” (1988), de Martin Scorsese.

“Van Gogh: en la puerta de la eternidad”, como su título lo indica, es una cinta que no oculta su búsqueda de una figura mítica y casi santificada. Hay mucho también de ordalía, de martirio cuando el artista es acosado por unos niños de colegio y su severa maestra en plena campiña, a quienes él debe enfrentarse cuando quieren estropear su cuadro. Schnabel sabe que un hombre solo, incomprendido por todos los que lo rodean, y que sigue persiguiendo sus visiones, solo puede ser un mártir.

Los aciertos, sin embargo, corren paralelos a las limitaciones de la propuesta de Schnabel. Si bien su concepto fílmico se acerca a lo contemplativo, en ciertos momentos hay algo excesivamente solemne, enfatizado por la música y por una letanía un poco redundante. No obstante, la humanidad de Van Gogh siempre vuelve a aparecer con sus caídas y reflexiones, que tienen muy poco de autoconmiserativas. Otro punto no logrado es el de la amistad con Gauguin (Oscar Isaac), esta sí algo estereotipada. Con todos sus defectos, estamos ante un filme sentido, que logra tener su propia voz. Y eso es bastante.

LA FICHA
Título original: “At Eternity’s Gate”.
Género: Drama y biografía.
Países y año: EE.UU., Reino Unido, Suiza, Francia e Irlanda, 2018. Director: Julian Schnabel.
Actores: Willem Dafoe, Oscar Isaac, Rupert Friend.