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La batalla de Miraflores fue un enfrentamiento ocurrido en el distrito homónimo el 15 de enero de 1881, entre las fuerzas del Ejército de Chile y el Ejército del Perú engrosado por la milicia limeña, en el marco de la Campaña de Lima, durante la Guerra del Pacífico.

Los reductos de Miraflores:

La idea de la defensa pasiva, bajo la suposición de que la potencia del fuego basta para detener el ataque, había dominado, como se ha dicho, a los directores de la línea de San Juan. La segunda línea en la que había un vago presentimiento de la moderna guerra de trincheras, tenía análogo significado y consistía en hendiduras cortas y murallas con bastiones aislados, “islotes de resistencia”, dispuestos a dar fuego al frente sin que hubiesen obras intermedias en los intervalos que los separaban.

Los reductos eran siete y se encontraban unos de otros distantes de ochocientos a mil metros, partiendo desde las orillas del mar, en las inmediaciones del barranco de Miraflores donde habíase erigido el fuerte Alfonso Ugarte, hasta las haciendas de Monterrico y Vásquez; entre ellos mediaban las numerosas hileras de tapias que cercaban los potreros y sembradíos de la campiña. La distancia del reducto más cercano al pueblo de Miraflores era como de mil metros. He aquí como describe los reductos una relación de la época:

“Un cuadrilátero, estrecho, una estacada cerrando el recinto de la plaza, un foso incluso sin agua en el exterior…”. Y del reducto segundo, que tanta importancia tuvo en la batalla de Miraflores dice:

“Cuando acampamos en él se hallaba a medio hacer; no tenía concluida la trinchera que daba frente a la campaña ni la del costado izquierdo tampoco y en cuanto a la de la derecha sólo había tierra y piedras hacinadas en desorden”. Prosigue la misma relación narrando que se contrató una cuadrilla de peones asiáticos cuyos jornales se cubrieron con el resto de una suscripción hecha en el Club Nacional; pero esa suma apenas bastó para pocos días, pues hubo necesidad de comprar herramientas y algunos cientos de costales vacíos. Fue entonces que el batallón número 4, entero, con personas de la magistratura y el foro, la universidad y el
periodismo, el profesorado y el comercio; empleó el pico y la lampa durante varios días.

Entre otras cosas hicieron, además, la tarea de despejar el frente para que tapias y arboleda no protegieran al enemigo.

De los reductos sólo cuatro se enfrentaron a los invasores que concentraron sus esfuerzos principalmente sobre los tres primeros colocados en la línea que cubría el camino hacia Lima.
Las fortificaciones en los cerros San Cristóbal, El Pino, San Bartolomé y Vásquez no dispararon o dispararon poco en la batalla.

Reducto número uno de Miraflores
Reducto número uno de Miraflores

Los reductos de la izquierda y varios batallones de la Reserva quedaron sin tomar parte en el combate.

El reducto número 1 fue ocupado defendido por el batallón número 2 de la Reserva cuyo jefe era el comerciante y Prior del Consulado Manuel Lecca y cuyo personal se componía, en su mayor parte, por comerciantes distinguidos. Entre este reducto y el número 2 se encontraban, bajo el mando de Andrés A. Cáceres, parte de los restos del ejército de línea despedazado en San Juan y los bizarros batallones del Callao Guarnición de Marina y Guardia Chalaca (de voluntarios) que tanto habían de distinguirse en la batalla de Miraflores con sus comandantes el capitán de Navío Juan Fanning y el capitán de fragata Carlos Arrieta. Tenía a su cargo el reducto N° 2 junto a los rieles del ferrocarril de Chorrillos, el batallón número 4 de Reserva ya citado, a la cabeza del cual estaba el coronel temporal y abogado Ramón Ribeyro. También habían tropas de línea entre los reductos 2 y 3 comandadas por Belisario Suárez. El reducto número 3, entre el número 2 y el fundo La Palma, fue asignado al batallón número 6 a las órdenes del abogado limeño, ex diplomático y director general de ferrocarriles de Tarapacá Narciso de la Colina, con Natalio Sánchez, antiguo diputado, como segundo jefe. En el reducto número 4, situado en uno de los potreros de La Palma, hallábase el batallón número 8, encabezado por Juan de Dios Rivero, jefe de una de las secciones del Ministerio de Hacienda.

Las tropas de línea, entre los reductos 3 y 4, obedecían a Justo Pastor Dávila. El reducto 5, entre La Palma y la Calera de la Merced, había sido confiado al batallón número 10 en el que José M. León, propietario, ejercía la primera autoridad. Los reductos 6 y 7 tenían su ubicación en el antiguo estanque de la Calera de la Merced y en el potrero de la Chacarilla. Las divisiones de la Reserva formadas por doce batallones que quedaban desde la hacienda de la Calera hasta la hacienda Vásquez estaban mandadas por Juan Martín Echenique con Julio Tenaud como jefe de Estado Mayor.

El Comienzo De La Batalla De Miraflores:

Después de su victoria en San Juan, los chilenos tenían que romper esta segunda línea. Como ya se ha dicho, el tiroteo surgió inesperadamente. Poco después de las dos de la tarde, el general Baquedano, acompañado de un numeroso Estado Mayor, después de haber hecho la distribución de sus tropas y ordenado sus nuevas ubicaciones, efectuó un reconocimiento, y se colocó muy cerca de los reductos peruanos. Según algunos relatos, de las filas de las tropas invasoras salieron insultos dirigidos a sus adversarios. “Creemos (dice el teniente de marina francés E. de León, agregado al Estado Mayor del Ejército de Chile, en sus Recuerdos) que, como suele ocurrir generalmente en la guerra, la batalla se empeñó de un modo casual. El general Baquedano cometió la ligereza de acercarse a las líneas enemigas; uno de los generales se lo estaba advirtiendo en ese momento. La vista del numeroso grupo de oficiales debió tentar a algunos soldados (peruanos) o quién sabe si éstos pensaron que aquello era un ataque”. Por lo demás, agrega de León, “aquel ejército no estaba en condiciones para
emprender la ofensiva”.

En su conferencia con los miembros del cuerpo diplomático el general Baquedano había declarado que no suspendería ni alteraría los movimientos que había ordenado en su ejército, entre los que estaba el relativo a las posiciones de la artillería.

El éxito peruano en el sector derecho:

La batalla se concentró, en realidad en los reductos 1, 2 y 3, es decir en la derecha peruana. En este sector la lucha fue primero tan favorable a los defensores de Lima que la artillería de campaña chilena retrocedió y Cáceres se lanzó con los batallones Guarnición de Marina y Jauja al ataque, y en la segunda embestida, estuvo acompañado por los batallones Concepción, Libertad y Paucarpata, y en ambas oportunidades obtuvo evidente éxito. Una parte de las tropas de Suárez lo acompañó en su segunda salida. Sin embargo, esta acción se frustró luego por la ausencia, muy criticada, de tropas de refuerzo. Se ha reiterado, por el lado peruano, que
en esos momentos pudo haberse ganado la batalla. A eso de las cuatro de la tarde, el centro chileno estuvo en dificultades y su izquierda había sido contenida por la derecha peruana apoyada en los reductos 1 y 2.

“La situación es bastante grave (dice el teniente francés de León ya citado, al narrar los sucesos por el lado chileno) para que el comandante de artillería, inquietándose por los numerosos vacíos que notaba en sus filas y testigo de las vacilaciones de la infantería tema por sus piezas y ordene transportarlas a 1.500 metros a retaguardia, preparándose así para proteger una retirada que le parece inminente. Los dos batallones de infantería Melipilla y Artillería de Marina, apoyándose demasiado a la derecha detrás de la línea, se extravían en los zigzags del camino, no llegando sino en la noche a la altura de la izquierda peruana. La brigada Gana, lista en Chorrillos esperaba órdenes. La brigada Barbosa se dirige oblícuamente por la línea hasta Valverde, para oponerse a los ataques de flanco de las fuerzas colocadas entre esta aldea y Monterrico Chico. Pero el camino por recorrer es demasiado largo. Aquel día, los regimientos estuvieron muy lejos de presentar la misma cohesión que el día 13. El llano estaba lleno de soldados sueltos que se reunían, pero sin apresurarse, a sus cuerpos que se estaban batiendo.
Notamos un buen número descansando detrás de las cercas, al abrigo de las bala y del sol.

Muchos buscaban qué beber en las tiendas que los oficiales habían abandonado precipitadamente. La vista de algunos soldados ebrios, armados y a veces imprudentes nos obligaron a apresurar nuestras cabalgaduras cansadas, para acercarnos al lugar de la pelea. Al desmembramiento de las tropas se debe el gran número de bajas entre los oficiales, pues tenían éstos que ponerse al frente para arrastrar a los soldados agrupados sin orden y pertenecientes a distintas compañías”.

La inacción de la izquierda peruana:

Si el centro y la izquierda chilenos pasaron por momentos críticos y estuvieron dispersos y desordenados, era precisamente en su ala derecha donde los invasores eran más débiles.

Elocuente testimonio acerca de esta situación ofrece la carta política de Manuel José Vicuña a Adolfo Ibáñez publicada en Lima en un folleto el año 1881. Para él los peruanos rompieron los fuegos por la izquierda chilena para llamar la atención sobre ese lado y envolver en seguida a los invasores por la derecha, flaqueándolos y hasta tomándolos por la retaguardia. Vicuña llegó a afirmar que él pudo ver cómo se iniciaba el movimiento envolvente de once batallones peruanos por la derecha chilena; si bien lo detuvieron los fuegos de cuatrocientos o quinientos dispersos desde una arboleda y los carabineros de Yungay cuya presencia pareció indicar que
ya esa ala de los invasores estaba reforzada o cubierta. “Estos son los once batallones (expresó Vicuña) de que hablan los peruanos que no dispararon un solo tiro quejándose de Piérola por no haberlos mandado reforzar la derecha de ellos que combatía con nuestra izquierda.

Suponían probablemente que el objetivo de Piérola era ese costado de nuestra línea y no envolvemos por la derecha mientras nos entretenía con la sorpresa de la izquierda cuya combinación más clara que la luz del día le habría dado brillantes resultados si sus once batallones hubieran tenido el suficiente valor para llevarlo a cabo no deteniéndose delante de quinientos dispersos y doscientos carabineros de Yungay. Figúrese amigo Ibáñez, lo que habría pasado si, mientras el coronel Lagos estaba apurado por la izquierda en medio de la confusión y el desorden producidos por la sorpresa hubieran aparecido esos once batallones por retaguardia envolviendo en su círculo al general en jefe con todo su Estado Mayor; a los doscientos oficiales que cruzaban en todas direcciones buscando sus cuerpos, comunicando órdenes y recogiendo dispersos: a la artillería colocada en distantes potreros, sin infantería que la protegiera, a la caballería atascada en callejones estrechos, a las piaras de mulas conduciendo municiones y, en fin, a más de mil quinientos soldados, sin armas, con todas las trazas de la borrachera de Chorrillos y que envueltos y confundidos con una multitud de paisanos y mujeres vagaban por potreros, callejones y caminos, aumentando el laberinto y fomentando el desaliento con relaciones falsas para disculpar su ausencia de las filas, ayudados todavía por las alharacas de las mujeres que recibían a los heridos salidos de la línea
con mil aspavientos de alarma, miedo y terror. La avería estaba pintada, la derrota en la atmósfera y en la imaginación de todos el recuerdo del desastre de Tarapacá”.

Manuel José Vicuña sobreestima el talento estratégico y táctico de Piérola al hacer toda esta relación. Fuentes peruanas de carácter oficial y no oficial desmienten rotundamente su relato acerca del avance de los once batallones peruanos de la izquierda. Si el surgimiento de la batalla provino de un hecho inesperado y no de un plan de los defensores de Miraflores como él cree, éstos tuvieron que pasar por un proceso de sorpresa y desorientación análogo al de sus adversarios. De todos modos, las revelaciones del político chileno confirman los gravísimos momentos por los que pasaron los vencedores de San Juan. Da la impresión de que, como en
ninguna de las grandes batallas de esta guerra, estuvieron tan cerca del desastre. Lo que parece, sin embargo, dudoso es que aquellos once batallones hubiesen estado en condiciones de haber hecho el movimiento envolvente y de flanqueo cuya concepción pareció a Ibáñez más clara que la luz del día”.

Lo que no hizo el comando peruano:

En todo caso Ulloa Cisneros resume el punto de vista de actores y testigos peruanos cuando afirma, al referirse a los defensores de los reductos 1 a 4, en Lo que yo vi: “Si hubieran recibido tropas de refuerzo, si hubieran habido municiones en abundancia, si quienes tenían el mando superior de las tropas tendidas entre Vásquez, Quiroz y La Perales hubieran tenido un momento de inspiración; si éstas hubieran acudido, parte a sostener nuestra línea desfalleciente y parte a tomar a los chilenos por el flanco cortando en la dirección de Surco, es evidente que habríamos dormido esa noche en las formidables posiciones…”.

La aseveración comúnmente repetida entre los peruanos de que no hubo órdenes para apoyar el ataque se halla desmentida por el parte del subjefe de Estado Mayor, mayor Ambrosio J. del Valle cuando afirma que, por disposición del general Pedro Silva, su superior inmediato, él fue a solicitar refuerzos al coronel Justo Pastor Dávila y no entró en su puesto a la caballería; sólo halló a la escolta del Dictador cuyos soldados estaban beodos. La escolta se dispersó.

La derrota:

Las fuerzas de Lagos, convenientemente reforzadas, llegaron poco después de las cuatro de la tarde, a sumar unos 8.000 hombres para atacar la zona situada desde el borde del barranco que da al mar hasta algo más al este de la vía férrea, o sea poco más de 2.000 metros, lo cual daba lugar a una gran densidad de tropas atacantes contra defensores menos numerosos, fatigados y diezmados por sus salidas y por haber sostenido hora y media de combate. Los disparos de los buques chilenos y de la artillería tuvieron entonces también efectos muy importantes.

La dispersión, entre los peruanos, comenzó en los restos del ejército de línea colocados entre los reductos 1 y 2, a los que siguieron los soldados que estaban entre los reductos 2 y 3, más o menos a las cinco de la tarde. Se ha dicho que en este desbande influyó la falta de municiones o la llegada de las que no eran utilizables para sus tipos de fusiles. La defensa quedó entonces exclusivamente a cargo de los batallones de Reserva que con unos 2.500 hombres, ocupaban los reductos envueltos en la lucha, y afrontaban los ataques del enemigo y los fuegos de la escuadra. Su resistencia se prolongó hasta, más o menos, las seis de la tarde. Los reductos 2 y 3 fueron flanqueados después de ocupar los chilenos el reducto 1, el primero de ellos por la derecha y el segundo por la izquierda. El general José R. Pizarro, sobreviviente de la batalla, expresó en una conferencia que dio sobre ella: “Todas los columnas de ataque sin preocuparse absolutamente de los reductos, penetraron por los intervalos obligando a los defensores de las obras por este solo movimiento, a evacuadas”. Los reductos 4 y 5 fueron tomados desde la retaguardia. Las últimas unidades en combatir fueron los cuatro batallones 2, 4, 6 y Guardia Chalaca que era la reserva del Callao mandada por Carlos Arrieta, muerto en la lucha y, en menor escala, los batallones 8 y 10. Entre las tropas que habían estado en los reductos 1 y 2 hallábase el batallón Guamición de Marina al mando del capitán de Navío Juan Fanning que, junto con los batallones de línea Lima N° 61 y Guardia Chalaca, hizo retroceder constantemente al enemigo y quedó casi aniquilado, pues, de 500 plazas y 30 oficiales, quedaron en el campo 400 soldados y 24 oficiales, incluso su heroico jefe.
Las cifras relativas a los contingentes del ejército de reserva que entró a la lucha son elevados por algunos cálculos, como se ha dicho, a 2.500 hombres y las del ejército activo que también participó en ella, a 3.000.

Las pérdidas totales de los peruanos han sido calculadas en 3.000. Los chilenos confesaron 2.124 bajas, o sea de más del 25% de los participantes en esta jornada; entre ellos se contaron 304 jefes y oficiales.

Asimismo, declararon que, con excepción de la de Tarápacá, la de Miraflores fue la más sangrienta, encarnizada y tenaz de la guerra, a pesar de haber tenido una duración más corta que la de San Juan y de haber participado un número menor de combatientes. La defensa peruana cayó, pues, por tramos y el ejército chileno se apoyó también en los fuegos de la escuadra. Poco después de las 6 de la tarde, después de cuatro horas, la lucha había concluido.
“De toda la Reserva no había peleado sino una división y sin embargo había contenido al enemigo durante más de una hora ella sola. De 8.000 hombres no habían peleado sino 1.500: once batallones no habían hecho un solo tiro” (Ulloa). Alude a los cuerpos situados en Vásquez y a los que estaban cerca de Lima y en el sector de la Rinconada, precisamente al lado de la derecha chilena.


Fuente: https://www.grau.pe/campana-terrestre/batalla-de-miraflores/