Culpar al forastero es uno de los recursos más antiguos y deplorables de la estrategia política en el mundo. La presunta existencia de una amenaza de origen externo ha sido el argumento más manido a lo largo de la historia para buscar neutralizar a quienes representan una opción distinta a la propia dentro de un mismo territorio.

El Holocausto judío perpetrado, primero en Alemania y luego en buena parte de Europa, por los nazis fue el ejemplo más horroroso de ese fenómeno durante el siglo pasado, pero no el único. Minorías raciales, religiosas y de todo tipo fueron y continúan siendo hostigadas alrededor del globo desde el poder o desde algún sector político que aspira a él en un intento por convertirlas en el chivo expiatorio de los problemas que agobian a una determinada sociedad.

En el Perú republicano hemos tenido ciertamente manifestaciones de ese bárbaro comportamiento más de una vez. La agresión contra la comunidad japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, seguramente la más clamorosa. Pero la fibra xenófoba o racista ha aparecido constantemente en el discurso y la conducta de políticos de todo signo. Y, a partir de lo que se puede observar en el empobrecido debate de estos días, se diría que continuará haciéndolo.

Las pulsiones de ese corte, en efecto, no parecen confinadas a la retórica ‘etno-cacerista’ contra los ‘no-cobrizos’ o los miembros de la comunidad LGTBI; brotan, en realidad, ocasionalmente en mensajes de sectores que se pensarían algo más sofisticados.

El gobernador de Junín, Vladimir Cerrón, líder de la organización Perú Libre (que se define como de izquierda socialista), ha divulgado, por ejemplo, dos días atrás un tuit en el que afirma: “Si la izquierda articula bien su unidad, enfrentará a los poderes judío-peruanos en las próximas elecciones generales con éxito. No hay otros flancos de contradicción programáticos”. Mientras que la secretaria general y congresista de Fuerza Popular, Luz Salgado, ha declarado hace poco, a propósito de las manifestaciones ciudadanas que rechazaban la permanencia de Pedro Chávarry en el cargo de fiscal de la Nación, lo siguiente: “Señores del Perú, despierten de una vez. Esas marchas que hacen, ¿son marchas pagadas por Odebrecht o por Soros?”. Curiosamente, George Soros es también de origen judío y quienes, como el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, se sienten afectados por las actividades promovidas por la organización Open Society Foundations que él encabeza, no dejan de mencionarlo.

Pero aunque ese matiz no estuviera presente en la arenga de la señora Salgado, el hecho de que se quiere atribuir a una expresión política local una inspiración externa es innegable.

El propio Chávarry, dicho sea de paso, se sumó recientemente a la tesis de que las marchas en su contra eran pagadas; aunque el creyó distinguir entre los manifestantes más bien a un núcleo de venezolanos.

Lo que esas teorías comparten, de cualquier forma, es la idea de que existe una conspiración o una conjura fraguada por ‘los otros’ para afectar a los ‘señores del Perú’ (esto es, a los peruanos) o a la que tendrá que enfrentar en las próximas elecciones la izquierda ‘bien articulada’ y ‘unida’. Y son teorías que no se distinguen mucho, a decir verdad, de aquellas otras que identifican a los ‘caviares’ o a las ONG con financiamiento internacional como la fuente de muchos de los conflictos que se viven hoy en el país.

En el fondo, todo ello constituye, como decíamos al principio, un recurso bastante primitivo para tratar de desvirtuar las opciones políticas distintas a la propia sin entrar realmente a discutir con ellas. Un azuzamiento contra el que se percibe diverso y minoritario para intentar procurarse un breve respaldo que tendría, en la eventualidad de que el empeño resultara exitoso, algo de turba exaltada.

Felizmente, sin embargo, las mayorías ciudadanas han dado muestra en los últimos tiempos de que la xenofobia, el racismo y todos los fenómenos de naturaleza semejante no logran colarse fácilmente en el debate político local. Esperemos entonces que los casos aquí mencionados no constituyan una excepción.