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Sebastián Pimentel

Pese a las dificultades por abrirse paso en un mercado dominado por Hollywood, hay futuro para el cine peruano. Lo más interesante no llega a través de los circuitos comerciales, salvo excepciones. Una de ellas es “Wiñaypacha”, del director Óscar Catacora. Esta cinta hablada totalmente en aimara tuvo un interesante recibimiento de público. Pese a su propuesta radical y hermética, esta hermosa elegía fílmica demuestra que el público local no necesariamente está reñido con la calidad artística.

Otros filmes nacionales con propuestas personales y de riesgo creativo vinieron por los circuitos paralelos, sobre todo el que aglomera festivales y cineclubes. Ahí está el retorno de Omar Forero con “Casos complejos”, donde el cineasta trujillano se adentra con inusual aliento poético en los círculos de corrupción y crimen del norte del país. Y Javier Bellido, el realizador de la mítica y surrealista “Sinmute” (2008), regresó con “Connatural”, un documental sobre la vejez. Por el lado de los documentales-ensayo, grata sorpresa fue “Cuaderno de notas”, ópera prima de Mario Castro Cobos, quien, en la senda de Jonas Mekas o José Luis Guerín, recorre la capital para hacer un cine de reflejos y capturas, donde la mirada fílmica vuelve a sus orígenes mudos para atestiguar un horror y una belleza inusitadas. Dos filmes documentales que proponen un lenguaje diferente desde sensibilidades colectivas, tribales, contraculturales o telúricas fueron “Mataindios” (Óscar Sánchez y Robert Julca) y “Lima grita” (Dana Bonilla y Ximena Valdivia), desde ambientes rurales y urbanos, respectivamente. Hay que destacar, además, “La casa rosada”, del desaparecido cineasta ayacuchano Palito Ortega Matute.

Entre las decepciones, pueden contarse desde óperas primas como “El abuelo”, de Gustavo Saavedra, hasta retornos de directores veteranos como Aldo Salvini con “Django, sangre de mi sangre” o Augusto Tamayo con “Rosa mística”. También se estrenaron filmes mediocres que apuntaron al gran público, y que recrean episodios luctuosos o políticos del pasado reciente, como “Caiga quien caiga”, de Eduardo Guillot, y “Utopía”, de Gino Tassara y Hugo Shinki. Y es una pena que, a pesar de su éxito comercial, las comedias peruanas vistas este año hayan sido flojas y olvidables. La lista es grande y abundan desde las secuelas–”Margarita2″, “Locos de amor 2”, “¡Asu mare! 3″–, hasta comedias románticas orientadas a un público femenino como “¡No me digas solterona!” o “Soltera codiciada”.