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Juan Carlos Fangacio Arakaki

Comenzó como una historia acerca de terroristas en el Perú, pero terminó convertida en otra cosa. “Me di cuenta de que no tenía el lenguaje suficiente para contar un relato de ese tipo”, admite la autora francesa Christiane Félip Vidal, quien transformó esa idea original en “Los espejos opacos”, su más reciente novela. Y aunque en ella sí se aborda el tema del terrorismo, este aparece de una forma muy sugerida, casi velada. Es, más bien, la historia de Kian y Sasha, gemelos monocigóticos de diferente sexo (caso raro, uno entre 2.000 aproximadamente), que desde pequeños empiezan a desarrollar una relación intensa, marcada por la curiosidad y la exploración, y que explosiona sexualmente en la adultez (etapa que aborda la segunda mitad del libro).

“El francés es mi lengua cotidiana, pero el español es mi lengua literaria”, dice Félip Vidal, francesa de nacimiento pero radicada hace muchos años en el Perú. Una dualidad muy a tono con la temática de esta inquietante novela llena de reflejos y duplicaciones.

—Es muy interesante esa mirada infantil. La de los niños trepados en una ponciana observándolo todo.
Sí. Yo quería una mirada inocente sobre un drama. Porque el niño no se percata de lo que pasa, no entiende. El niño simplemente ve. Es una idea similar a la de “El barón rampante” de Calvino o “El tambor de hojalata” de Grass. La de niños y niñas que no ingresan al mundo de los adultos, sino que se quedan como testigos. Eso me permitía no explicar, sino trabajar únicamente a través de las sensaciones e ir preparando el terreno de los gemelos y la unión entre ambos.

—Pero también queda la sensación de que lo infantil a veces está idealizado. Que se tiende a aislar a los niños, como si no fueran tocados por lo oscuro, lo cruel.
Y sin embargo sí lo son. En este caso, Sasha y Kian son conscientes de que algo pasa y sufren por lo poco que ven. Pero esa ubicación en la altura, sobre el árbol, los pone justamente fuera del alcance directo con lo exterior. Y la casa que espían conjuga dos lados, lo bueno y lo malo. En el piso de abajo ven una clase de tango, pero en el de arriba ven la presencia peligrosa, de la que sospechan, pero sin terminar de entender. Yo quería jugar con esa sensación de peligro inminente, porque es inminente también lo que está pasando dentro de su hogar, la separación de los padres.

—Es muy interesante la forma en que abordas el descubrimiento de la sexualidad en ambos, niño y niña, de una forma incestuosa.
Quise trabajar ese tema porque a mí el incesto fraterno no me afecta para nada. Lo que no acepto, desde luego, es el incesto cuando existe dominación de uno sobre el otro. Y en la historia de la literatura peruana hay varios relatos sobre el incesto fraterno. Allí tenemos “El mundo sin Xóchitl”, de Miguel Gutiérrez, y ni qué decir de la leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo. Esa recurrencia quizá se pueda explicar por la vida en las haciendas, donde el incesto se daba fácilmente y con mucha naturalidad. Y repito, para mí no es chocante, pero sé que puede serlo para muchas personas.

—Sin embargo, el personaje de la hermana, Sasha, sí aparece bastante perturbado.
Es una mujer con un serio trastorno psicológico, y por eso la asocio en el libro con Alejandra Pizarnik. Lo que yo quería era abordar el tema del yo, y si lo abordas desde unos gemelos, la cuestión de la identidad se vuelve mucho más compleja que en la de uno solo. La intención era que Sasha cargara todo el peso de ese malestar, de su obsesión por regresar a la unión de los gemelos, a lo andrógino. Y eso te puede remontar a Platón, a Aristófanes y a muchísimos autores.

—Más allá de que sean gemelos, pareciera que la idea de complementariedad en cualquier pareja es bastante idílica, pero también puede ser traicionera, ¿no?
En el caso de los personajes parece más fácil porque sí son complementarios. Pero es cierto que uno siempre busca su doble, la persona que le corresponde, que normalmente viene a ser la pareja. Pero ni siquiera entre gemelos puede haber una perfecta comprensión del otro. La idea de encontrar un doble o un alma gemela es un imposible.

—¿Cómo así llegaste a interesarte tanto con el tema de los gemelos?
Fue por el doctor Marcelo Velit, quien un tiempo quería que le dictara clases de conversación en francés, así que yo lo visitaba en su clínica dos veces a la semana. Y ocurría que muchas veces nos interrumpían partos, algunos de ellos partos múltiples. Conversábamos sobre ello, yo le hacía preguntas y anotaba ideas que me interesaban. Luego me di cuenta de que casi siempre eran notas sobre gemelos. Así que puedo decir que él, como ginecólogo, puso la semilla de la idea allí.