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Terry Reid, el hombre con más mala suerte de la historia del rock

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Por Maximiliano Poter

¿Es Terry Reid el hombre con más mala suerte de la historia del rock?

¿Es Terry Reid el hombre con más mala suerte de la historia del rock?

“Sí, soy una leyenda en mi propio patio.
Pero es un patio grande.”

En 1968, Aretha Franklin dijo: “Solo pasan tres cosas en Inglaterra: The Rolling Stones, The Beatles y Terry Reid”. Cincuenta años después, quienes apenas recuerdan a Terry Reid lo hacen como el tipo que rechazó ser el cantante de Led Zeppelin. Más bien, deberían recordarlo como el hombre más desafortunado de la industria.

Poco parece importar que este músico haya sido un actor de reparto clave en la historia gruesa del rock. Que, con apenas quince años, haya estado de gira teniendo de “niñeros”, nada más y nada menos, a Mick Jagger y Keith Richards. Que, a los dieciocho, fuera telonero de Cream y de los Stones en aquel tour norteamericano del 69 que terminó en tragedia. O haber compartido escenarios con leyendas como Scott Walker, The Hollies, Ike & Tina Turner, The Yardbirds, The Small Faces, Jefferson Airplane, Jethro Tull y Fleetwood Mac.

Menos se tiene en cuenta que fuera parte de los míticos festivales Isle of Wight en 1970 (junto a Jimi Hendrix, los Doors y los Who, entre otros) y Glastonbury Fair en 1971 (con David Bowie, Traffic y más estrellas). Que haya ayudado a Gilberto Gil a conseguir asilo político en el Reino Unido. Que trabajara con Graham Nash, Stewart Copeland, Enya, Mick Taylor y, probablemente, con la mitad de los músicos de la costa oeste norteamericana. Que… Nada.

Nada importa cuando el pasado te deja como el pobre infeliz que le dijo “no” a la banda de hard rock más importante de todos los tiempos, incluso aunque eso no sea exactamente cierto. Porque la de Terry Reid, más bien, es una historia de contratiempos, pifies, chances desaprovechadas, ironías, desdichas, tiros por la culata, decisiones incorrectas, ruindad comercial y, sobre todo, mucha pero mucha mala suerte.

“Seed of Memory”

Hijo único de Grace y Walter Reid, un matrimonio que vivía en la zona rural de Cambridgeshire, Reino Unido, fue un talento precoz. De pequeño se subía a un cajón de frutas y cantaba canciones populares para entretener a los demás. Sus padres lo anotaban en cuanto concurso musical apareciera y él los ganaba a pura garganta y presencia. Los discos de King Pleasure, Eddie Jefferson, Ray Charles, Ella Fitzgerald y Levi Stubbs lo educaron, y se aprendía rápido sus canciones. A los trece formó The Readbeats, un grupo beat que tocaba en el circuito de pubs de la zona. Soñaba con saltar a escenas más grandes, y la oportunidad le llegó apenas dos años más tarde, cuando le ofrecieron sumarse a Peter Jay & The Jaywalkers. Era un septeto con un hit menor (“Can Can ’62”) que supo telonear a los Beatles durante 1963 y que buscaba cambiar su estilo beat instrumental a un sonido soul con aires Motown. La poderosa voz del pequeño Reid estaba a tono con el plan. Apenas un mes más tarde, los Stones los vieron tocar en el Marquee de Londres y enseguida se los llevaron por toda Gran Bretaña, junto a Ike & Tina Turner y The Yardbirds. Así lo rememora Reid:

Portada de “Losers. Historias de famosos perdedores del rock” (Ediciones B, 2018) de Maximiliano Poter

Portada de “Losers. Historias de famosos perdedores del rock” (Ediciones B, 2018) de Maximiliano Poter

El primer concierto fue en el Albert Hall de Londres. No sabía por qué les decían las giras gritonas, pero lo averigüé muy rápido. El lugar se volvió un loquero cuando salimos al escenario, aun cuando nadie sabía quiénes éramos. Yo estaba sentado detrás de escena cuando aparecieron los Stones. Brian Jones estaba diciendo: “Uh, esto va a ser un desmadre, es muy excitante”. Arrancaron directamente con “Satisfaction” y todo se puso negro. Había chicas por todos lados y yo estaba de cara al piso. Ellos estaban más acostumbrados. Bill Wyman me agarró y salimos por la parte trasera. Luego nos dimos cuenta de que faltaba Keith Richards. Abrimos la puerta y había una masa efervescente de chicas entre la que se veía el cabezal de una Les Paul. Ian Stewart [road manager y tecladista] se metió y lo rescató. Keith salió con las bolas colgando, los pantalones desgarrados y todo arañado diciendo lo bien que había zafado [Cottrill, 2006].

Tener quince años y estar de juerga con la banda que, por entonces, atentaba contra la virtud de las adolescentes era el sueño del pibe, pero Reid recuerda esos días como un pandemónium en el que nunca llegó a escuchar lo que tocaba. “Verlo desde afuera es una cosa, pero nadie realmente podía saber si íbamos a salir con vida. Después de una semana más o menos, te acostumbrabas un poco, pero todas las noches era algo diferente” [Cottrill, 2006].

Aun así, aquellos días de rock & roll life le dejaron esa y muchas otras anécdotas dignas de una precuela de Casi famosos. Un día del tour, el bus en el que él viajaba y las limusinas que trasportaban a sus majestades satánicas se detuvieron en una estación de servicio para que pudieran ir los sanitarios. Un empleado del lugar, algo conservador, al ver bajar a los melenudos de sus vehículos les dijo, con actitud provocadora: “Aquí no tenemos baño para mujeres”. Así que Richards y los demás fueron al costado del edificio y orinaron en las paredes. “Justo había un paparazzi siguiéndonos, que sacó fotos de todo. Por lo que, al otro día, estaba en la primera plana”, contó alguna vez [Fessier, 2015].

Todo parecía estar encaminándose al éxito para Reid: era protagonista de una road movie de ensueño y acababa de editarse el primer single de los Jaywalkers con su voz, “The Hand Don’t Fit The Glove”, que lentamente trepaba por el ránking. Pero el pequeño músico recibiría la primera de las muchas malas cartas que el destino le tenía barajadas. De improviso, Peter Jay decidió disolver el grupo y Terry quedó por su cuenta.

Fue por poco tiempo. Casi de inmediato, armó un power trio de raíces bluseras y, por intermedio de su amigo Graham Nash (todavía en The Hollies), conoció al hombre que prometía llevarlo al éxito pero que terminaría truncando gran parte de su carrera: Mickie Most, un férreo y temperamental productor inglés devenido en hit maker de artistas como The Animals, Herman’s Hermits y, en especial, del escocés Donovan. Most se transformó en su manager, bajo un contrato que le daba un gran control artístico, y deseaba convertirlo en un cantante de baladas soul. No parecía una mala idea teniendo en cuenta su registro vocal y la experiencia con los Jaywalkers. Sin embargo, Reid era un rocker, algo que se manifestó más cuando recibió la oferta de ir a los Estados Unidos como acto de apertura de la gira despedida de Cream, en 1968.

Bajo la dirección de Most, ese año lanzó Bang Bang, You’re Terry Reid, un debut discreto, con elementos de rock, folk y soul en el que se destacan sus explosivos covers de “Bang Bang (My Baby Shot Me Down)” y “Something Gotten Hold of My Heart”. Irónicamente, en una pésima decisión comercial, solo se editó en los Estados Unidos y con poca repercusión, lo cual dejó al músico sin material que promocionar al regresar a su país. Así todo, la reputación artística de Reid no cesaba. Sus presentaciones ganaban el reconocimiento entre los medios y los músicos, y llevaron a aquel famoso elogio de Aretha Franklin, que lo puso entre las tres cosas más importantes que acontecían en la Inglaterra de aquellos días.

Recuerdo que fui a la oficina de Most y todos me trataban diferente, me preguntaban cómo estaba, me ofrecían bebidas; cosas que jamás hacían. La noche anterior, había tocado en el Revolver Club. Iba todo el mundo ahí: Michael Caine, Dudley Moore, Peter Cook. Levanté la vista y me pareció ver a Aretha Franklin. No quería creerlo: me habría dado una hernia si sabía que la reina del soul estaba sentada a cuatro filas. Al final del show, Ahmet Ertegün, el legendario presidente de Atlantic Records, nos presentó y tomamos algo. Ella es grandiosa, tan poderosa y mandona… Al día siguiente, en la oficina, Peter Grant, el socio de Most, me dijo: “Supongo que preguntarás por qué todos están actuando así”, y me mostró la doble página de un diario donde estaba esa frase. ¡Y se quejaba porque decía que no podía permitirse pagar una cobertura así todas las semanas! [Cottrill, 2006].

Maximiliano Poter, autor del libro “Losers”

Maximiliano Poter, autor del libro “Losers”

“Stop And Think It Over”

Aquel 1968 también fue el año del famoso giro del destino en la vida de Terry Reid. Por entonces, esa usina de talentos llamada The Yardbirds se había desmembrado entre egos y diferencias musicales. Los célebres Eric Clapton y Jeff Beck habían partido hacía rato. Keith Relf y Jim McCarty aguantaron hasta el concierto final en el College of Technology de Luton, y Chris Dreja permaneció unos meses más, pero ya estaba con un pie afuera. El guitarrista Jimmy Page había quedado por su cuenta y con la obligación de cumplir con nueve shows pendientes por Escandinavia. En la misión de rearmar la banda, se puso en contacto con Reid. Ambos trabajaban con Mickie Most, representados por su socio Peter Grant y además se conocían por haber compartido momentos en giras y escenarios en común. Sin muchas vueltas, le ofreció el puesto de vocalista, pero Reid estaba con su primer álbum y tenía agendado un tour por los Estados Unidos con The Doors y Jefferson Airplane, por lo que desistió de la propuesta. Fue, en ese momento, la decisión más lógica: ¿acaso iba a dejar todo para sumarse a una banda que no existía? ¿Podía conocer el destino que había rechazado? Sin embargo, no iba a dejar a un colega sin ayuda.

Reid recordaba a un joven cantante de frondosa cabellera de rulos y a un baterista maquinal que integraban un grupo llamado Band of Joy, que había sido telonero en algunos de sus conciertos. Los vio en vivo y todo tuvo sentido para él. Al otro día, llamó por teléfono a Page y, según le contó al periodista Peter Doggett en una entrevista para Record Collector de 1992, le dijo:

—Encontré a tu cantante.
—¿Y qué pinta tiene?
—¡¿Qué querés decir con eso?! Parece un dios griego. ¡Te hablo de cómo canta! ¡Y el baterista es genial!

De inmediato los presentó en persona. Ese dios griego era Robert Plant, y aquel baterista genial era John Bonham. Al poco tiempo, se sumó el bajista John Paul Jones, quien había trabajado con Page como sesionista de The Yardbirds. Los cuatro formaron, en agosto de 1968, The New Yardbirds que, apenas meses más tarde, se rebautizarían como Led Zeppelin: el grupo que Terry Reid dejó pasar, en una decisión de la que no se arrepiente ni rememora con angustia.

Soy el tipo que juntó a la banda de rock más grande del mundo y estoy orgulloso. Cuando hacés algo bueno, siempre hay gente que intentará ver lo negativo. A mí no me preocupa. Yo nunca obtuve un centavo de esto, pero ¿debería amargarme? No, estoy orgulloso” [Reid, s/f].

Mientras Led Zeppelin iniciaba su ascenso, en 1969 Reid comenzó a trabajar en su segundo disco, simplemente titulado Terry Reid, que resultaría un trabajo más prolijo y representativo que el anterior. Contiene varios de los clásicos de su repertorio, como “Silver White Light”, “Rich Kid Blues” (que años más tarde recibiría versiones de Marianne Faithfull y The Raconteurs) y “Superlungs My Supergirl” (compuesto por Donovan sobre una adolescente porrera), que terminaría dándole a Reid el sobrenombre con el que muchos lo identifican: superpulmones (no precisamente por su afición a la marihuana, sino por su capacidad vocal, claro). “Es un blanco que suena como un negro, y para los pibes eso era genial”, lo definió Jack Douglas, productor de Aerosmith y John Lennon. “Tenía flexibilidad, potencia y control, así que podía ir, como decía Esther Phillips, del suspiro al grito en una fracción de segundo”, supo elogiarlo Plant [Edgers, 2016].

Terry Ried a los 15 años

Terry Ried a los 15 años

El tipo era “la voz” y no le iban a faltar otras oportunidades. Deep Purple se había quedado sin cantante tras la partida de Rod Evans, con el que grabaron tres álbumes en apenas dos años. Según su por entonces guitarrista, Ritchie Blackmore, “la razón por la que cambiamos de cantante fue Robert Plant. Estábamos tocando en el club Mothers, de Birmingham, y Robert subió a cantar con Terry Reid. Todos pensamos: ‘¡Por Dios!’. Y las siguientes dos semanas nos pusimos a buscar un vocalista con ese perfil dinámico de Robert. Así que fue gracias a él” [Young, 2015].

Naturalmente, Reid fue el primer candidato de Blackmore y le ofreció la vacante. Él dijo sentirse “halagado” pero, de vuelta, dejó pasar el tren para seguir la marcha por su cuenta. Una vez más, estaba ocupado con un disco y ya tenía acordado un tour con unos viejos amigos: los Stones. Reid los acompañó en esa gira por los Estados Unidos que culminó con el fatídico concierto de Altamont, California, donde la banda de motociclistas Hells Angels proveyó una violenta “seguridad” que dejó muertos y decenas de heridos. La providencia hizo que desistiera de sumarse a ese funesto show final.

Estábamos en Boston y ya habíamos hecho 48 ciudades. Keith [Richards] me preguntó: “Terry, ¿venís con nosotros a Altamont?”. Yo estaba esperando que me dijera que me daba 5.000 dólares si iba, pero le dije: “Ni ahí, a vos te da lo mismo. Pero si no vas, va ponerse muy feo”. Y bueno, fue. Y fue peor [Lanham, 2005].

Reid se salvó de ser parte de una de las escenas más funestas del rock, pero su amiga la yeta lo esperaba en casa, donde debía volver para dar los toques finales a su nuevo álbum. Allí encontró que Most había mezclado y finalizado el LP por su cuenta. Se sentía atropellado por la decisión y por su férreo sometimiento. Enfurecido, intentó romper el vínculo con el productor, quien manejaba a sus artistas con puño de hierro y no iba a tolerar que un jovencito se le rebelase. La discusión terminó en una disputa legal que paralizó su carrera. “El litigio desembocó en que no pude grabar nada por cuatro años. Mickie era un tipo poderoso, con buenos abogados. Grant me dijo que él me hubiera dejado ir, pero que Mickie tenía un problema”, explicó [Cottrill, 2006].

Terry Reid en el 2016 (Foto: The Washington Post)

Terry Reid en el 2016 (Foto: The Washington Post)

No podía registrar nada en un estudio, pero no se le impedía presentarse en vivo. Así que armó una nueva banda en Londres con el multinstrumentista David Lindley, Lee Miles (bajista de Ike & Tina Turner) y Alan White, baterista de John Lennon, y salieron a la ruta. El viaje los llevó hasta la Isla de Wight, para tocar en el mítico festival de 1970 que congregó a más de 600.000 personas alrededor de un escenario en el que se presentaron The Doors, Miles Davis, The Who, Leonard Cohen, Joni Mitchell y Jimi Hendrix, entre otros. Reid se presentó el segundo día, 27 de agosto, junto a Supertramp, Black Widow, Caetano Veloso y Gilberto Gil. Fanático de la bossa nova, ayudó a la estadía de los brasileros en Inglaterra, donde encontraron refugio luego de que el régimen militar los forzara a abandonar su país. Terry relató la intimidad de ese hecho en una entrevista para la revista WaxPoetics:

Gil se quedó conmigo en mi casa de campo, en Cambridgeshire. Le encantaba el lugar. Es muy gracioso cómo nos conocimos. Un día fui a la oficina de mi abogado, Bernard Sheridan —que trabajaba en la Tribunal Penal Central y usaba peluca y todo eso— porque tenía una cita con él. Se saca la peluca, se sienta y me dice: “Tengo una especie de problema político y necesito tu consejo. Vos que conocés a todos los músicos, hay un señor que viene de Brasil que necesita un poco de ayuda: ¿sabés quién es Gilberto Gil?”. Y le respondí: “¡Claro, tengo sus discos! ¿Querés escucharlos?”. Me contesta: “Sí, ya vamos a eso. La cuestión es que Brasil es un estado policial y Gil se dejó el pelo largo y parece que allá es más rico que los Beatles. Es un tipo importante, ¿no? Entraron a la habitación de un hotel en Brasil, donde estaba con su esposa y sus hijos, y a punta de pistola le dijeron que tenía 24 horas para irse del país. Parece que no hizo nada y que es un buen tipo, pero todos le han negado el asilo. Contame más sobre él”. Y yo le dije: “Tenés que haber escuchado alguna vez ‘Garota de Ipanema’. Bueno, su primo segundo es João Gilberto, que hizo famosa esa canción”. Y Bernard me responde: “¡Uh, ese es el tema favorito de mi mujer! Tenemos que conseguirle asilo o mi esposa no me va a hablar nunca más”.

Lo siguiente fue ver a Bernard en la portada de The Guardian: había traído a Gil y a toda su familia a Inglaterra. No supe más nada del asunto hasta el Isle of Wight. Estaba sobre el escenario, viendo un mar de 360.000 personas. Y me llamó la atención un tipo con una gran mata de pelo, sonriente, rebosante de alegría. En el backstage, de golpe, se me acerca corriendo, hablando en portugués, con lágrimas en los ojos, y me dice: “Soy Gilberto Gil”. Yo no lo podía creer. Pasamos los siguientes días juntos y apenas hablaba inglés. Su palabra favorita era “di-o-bolical”, pero no sabía qué significaba. Decía: “Uh, mirá eso, es di-o-bolical”. Y yo le respondía: “¡No, Gil, no quiere decir eso!” [WaxPoetics, s/f].

Su vínculo con los Stones lo puso como protagonista de otro momento histórico: el casamiento entre Mick Jagger y Bianca Rosa Pérez-Mora Macias, desde ese momento más conocida como Bianca Jagger. Hija de un empresario nicaragüense y celebridad nocturna habitué de clubes y lugares de moda (quedaría inmortalizada, años después, por haber montado un caballo blanco en la icónica discoteca Studio 54), conoció al frontman en una fiesta luego de un concierto. Ella venía de un amorío con el actor Michael Caine, y Jagger había dejado atrás una conflictiva relación con Marianne Faithfull, a quien se le atribuyó la frase “Finalmente, Mick se rindió a su narcisismo y se casó consigo mismo”, a propósito del parecido físico entre los novios. Lo cierto es que la pareja organizó una de las bodas del siglo en Saint-Tropez, Francia, con todo el olimpo del rock como invitado, y Reid fue la voz del evento.

Ian Stewart me dijo que Mick quería que cantara en su boda. Él se encargó de tener listo el avión y los equipos, y yo me ocupé de estar a las diez de la mañana en el aeropuerto. En la terminal, nunca vi tantos pares de anteojos oscuros juntos. Estaban todos: Paul McCartney, Eric Clapton, Ginger Baker, Ringo Starr. Nunca vi semejante grupo de malditos resacosos; todos andaban chocándose con las cosas. Cargaron los aviones con un montón de cajas de champaña. Le pregunté a Eric si eran para la ceremonia. Y me dijo que no, que eran solo para el vuelo y el bus que nos esperaba después. Ese micro fue como la gira mágica y misteriosa original [Cottrill, 2006].

Nueva York, año 1974 (Foto: Dina Regine)

Nueva York, año 1974 (Foto: Dina Regine)

Un mes más tarde, fue el encargado de abrir la Glastonbury Fair de 1971, precursora del actual megafestival que se realiza en Somerset, Inglaterra. Reid tocó en el Pyramid Stage (espacio que ganaría trascendencia con los años para muchas bandas) una tarde soleada ante unas 10.000 personas que habían asistido gratis a disfrutar, también, de Traffic, Gong, Fairport Convention y David Bowie (sí, dichosas épocas en las que se podía ver a Bowie sin pagar). Parte de su performance fue filmada por el director Nick Roeg en el documental Glastonbury Fayre, estrenado un año después.

Para 1973, Reid ya estaba libre del cepo impuesto por Mickie Most y se había mudado a California, donde reside hasta hoy. Firmó un contrato con Atlantic Records y entró al estudio a registrar su tercer álbum, con canciones que compuso durante su silencio forzado. River, lanzado ese mismo año, resultó un LP desparejo e inconsistente. Las canciones se grabaron y regrabaron varias veces, lucen inacabadas, como ideas sin completar, aunque muestran la enorme versatilidad de alguien capaz de saltar del country rock de “Dean” y el groove funk de “Live Life” a la acústica melancolía romántica de “Dream” o “Milestones”, además de incursionar un poco en la bossa con “River” (claramente inspirada en su amigo Gilberto Gil).

Se tomó tres años para volver al estudio y grabar Seed of Memory, el que es, para muchos, su álbum definitivo. Su amigo Graham Nash también se había establecido en California, y Reid le confió la producción. “Acudí a Graham con las canciones y le dije que no sabía adónde ir desde ahí, en el sentido de que quería una persona que pudiera leer los temas, alguien del otro lado de la ventana que entendiera qué quería hacer. Necesitaba alguien que me quitara de los hombros la responsabilidad de que las cosas encajaran, así podía solo sentarme en el estudio y perderme tal como lo hago en el sillón de mi casa a cantar una canción”, reveló en la biografía publicada en su sitio web [Duncan, s/f].

Nash le otorgó una pátina de cohesión a una mixtura de estilos y realzó una pluma en vuelo, alimentada por muchos recuerdos y relatos que escuchó en su infancia, como el de “Brave Awakening”, sobre la decadencia de la industria del carbón, en la que trabajaron generaciones de su familia, o “Seed of Memory”, que cuenta las visitas que, durante la Segunda Guerra Mundial, la legendaria actriz Marlene Dietrich hacía a las tropas que peleaban en el frente para levantarles la moral.

Seed of Memory se editó en 1976 por ABC y tenía pasta de éxito. Sin embargo, la desdicha le jugaría otra mala pasada. El sello, al filo de la bancarrota, fue absorbido por MCA. Todos sus activos se congelaron durante la operación, lo cual significaba que no iba a haber dinero para promoción alguna. Reid ni siquiera podía seguir pagándoles a sus músicos, y cada uno siguió su camino hacia otros horizontes. Nash se quedó pensando en lo que muchos nos seguimos preguntando todavía hoy: “No entiendo por qué Terry no es una estrella gigante” [Edgers, 2016].

Palm Desert, California, año 2012 (Foto: Vanessa Allan)

Palm Desert, California, año 2012 (Foto: Vanessa Allan)

Se las arregló dando pequeños conciertos donde fuera hasta que, en 1979, Capitol Records se interesó en él y lo fichó para trabajar junto a Chris Kimsey, productor de los Stones y Peter Frampton. El resultado fue Rogue Waves, una explosión de rock y soul en medio de una era de disco y punk. El álbum estaba en la calle, aguardaba una gira por los Estados Unidos y un regreso a Inglaterra. Pero Reid ya estaba para el cachetazo.

De golpe, nadie del sello le respondía los llamados para programar los siguientes pasos. Preocupado, viajó hasta las oficinas en Los Ángeles y allí, pegado en la puerta edificio, leyó un aviso legal: Capitol se estaba fusionando con EMI. Otra vez, su obra se perdía en el licuado financiero y administrativo empresarial. La fama lo seguía tomando de punto.

“Fooling You”

Pasó los siguientes diez años trabajando como sesionista y con problemas con el alcohol, más precisamente con el vodka, “su” bebida, según él mismo reconoció. El artista más prometedor de los años sesenta estaba, veinte años después, haciendo changas en discos de Jackson Browne, Don Henley, Bonnie Raitt, UFO y otros artistas, muchas veces sin ser mencionado en los créditos. Como si fuera un músico en sus primeros días, grabó demos y los hizo circular por varias discográficas, hasta que recibió un llamado de la filial inglesa de Warner cuyo jefe, Rob Dickins, resultó ser un viejo fan y lo puso en contacto con Trevor Horn, productor pop de exitosos discos para Pet Shop Boys y Frankie Goes to Hollywood.

En 1990, Horn trabajaba con el compositor alemán Hans Zimmer en la banda de sonido de la película Días de trueno, sobre las carreras de NASCAR, y lo invitaron a colaborar con un tema. Participar de un film protagonizado por la estrella en ascenso Tom Cruise y dirigido por Tony Scott, que había reventado las taquillas con Top Gun (1986) y la secuela de Un detective suelto en Hollywood (Beverly Hills Cop, 1987), era toda una oportunidad para Reid, que compuso para la ocasión “The Driver”. Sin embargo, en otra broma de la fortuna, solo la melodía quedó en el film, y el tema no se incluyó en la banda de sonido.

Así todo, la canción fue el puntapié y el nombre para su primer álbum en doce años, con la producción de Horn, algunas baladas suaves ochentosas (“The 5th of July”), momentos de meloso romanticismo (“Hand of Dimes”) y varios invitados, entre ellos Alan White, Stewart Copeland, Howard Jones y Enya. La cantante irlandesa puso coros en su versión del hit de The Waterboys, “The Whole of the Moon”, de 1985, que fue elegido como single, aunque con tan mala sincronía que coincidió con la reedición del tema original (para apoyar la aparición de un grandes éxitos de la banda liderada por Mike Scott). El re-release llegó al número uno en Inglaterra y dejó al cover de Reid en el olvido. Para el músico, fue un knock out definitivo y, desde entonces, no volvió a grabar un álbum.

Aquí su recorrido se hace difuso y solo se puede seguir por unos pocos rastros. En algún momento, salió de tour por los Estados Unidos y Hong Kong con el exguitarrista de los Stones, Mick Taylor. Algunos de sus temas se escucharon en capítulos de series como Baywatch y Conan, el bárbaro. En 1998, cuando falleció Carl Wilson, de los Beach Boy, cantó una singular versión de “Don’t Worry, Baby” en su funeral. En 2001 volvió a Inglaterra para abrir conciertos de Nick Lowe y, luego, para participar del festival Womad. Otras de sus canciones se escucharon en las películas Wonderland (2003), sobre la vida del actor porno John Holmes, y The Devil Reject’s (2005), de Rob Zombie, declarado fan suyo. Lanzó algunos discos en vivo y, en 2009, retornó al festival Glastonbury, después de treinta y ocho años. Se presentó en el escenario The Park durante una fecha que compartió con Alberta Cross, Cold War Kids y Tinariwen, entre otros.

Nueva York, año 2010 (Foto: Dina Regine)

Nueva York, año 2010 (Foto: Dina Regine)

Ya en esta década, Reid salió de gira en el Reino Unidos para tocar íntegro su álbum Seed of Memory. En 2016, colaboró con Johnny Depp y Joe Perry en la canción “I’ll Do Happiness”, del guitarrista de Aerosmith. Y lanzó el disco The Other Side of the River, un compilado de inéditos, improvisaciones y tomas alternativas de canciones grabadas en las sesiones de River. Ese año, durante una entrevista con el Washington Post, Reid recibió el llamado de un amigo que tiene una casa de empeño. “Tenés que empezar a pagarme todos los meses, Terry, o voy a tener que vender tus guitarras”, le decía, medio en broma, medio en serio. Reid no podía recuperar la Gibson color cereza y una Rickenbacker que le dejó. “Para ser honesto, todo lo que consigo en este momento va a pagar las cuentas” [Edgers, 2016], le confesó al periodista.

Terry Reid es uno de los vocalistas británicos más talentosos surgidos en la posguerra y parte de una generación que incluye a íconos como Robert Palmer, Paul Rodgers, Van Morrison, Rod Stewart y Steve Winwood. En un mundo paralelo estaría sentado con ellos en la mesa de los ganadores. “Todo se trata de tiempo y espacio, así se llama este juego. Hubo algunos momentos en mi vida en los que estuve en el lugar indicado en el momento justo. Pero la gente suele poner mucho énfasis en el estrellato y, nunca se sabe, cualquier cosa puede ocurrir en cualquier instante” [Blush, 2016. p. 8], reflexionó sobre su vida.

Aquí, en este plano astral, Reid pocas veces tuvo una buena mano. Con suerte, cada tanto, algún cronista redescubre su vida y, así, aparecen artículos que revelan sus innumerables anécdotas como actor de reparto en momentos clave del rock.

Una de ellas cuenta que una noche en The Joint, club de Los Ángeles donde suele tocar todos los lunes desde hace años, apareció su amigo Robert Plant. Antes de hacer una versión de “Season of the Witch”, canción de Donovan que Reid incluyó en su primer álbum, el vocalista de Led Zeppelin dijo a la audiencia, señalándolo: “Este hombre debería tener mi vida… imagínense. No estoy seguro de que la quiera”, a lo que Terry respondió con una ironía que solo saben tener los buenos perdedores: “Bueno, no me importaría tener algo del dinero” [Sessler, 2015].


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