Esther Samper

Durante los últimos años, se ha popularizado la idea de que el cerebro es como un músculo: si no se entrena, se atrofia. Como consecuencia, el ejercicio del cerebro a través de la resolución de problemas, puzles, sudokus, etc. se ha publicitado como un método no sólo para minimizar el declive intelectual que ocurre con la edad, sino también para disminuir el riesgo de sufrir demencias seniles o la enfermedad de alzhéimer.

La realidad, sin embargo, es que las evidencias científicas en el área de la neurociencia respaldando las afirmaciones anteriores son muy débiles. Como explica Steven Novella, neurólogo y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale: “Lo que muestran más de dos décadas de investigación es que al realizar una actividad mental específica, te vuelves más hábil para esa actividad, y eso es todo. Si haces un sudoku, te vuelves mejor resolviendo sudokus, no te vuelves más inteligente”.

Estos hallazgos de la neurociencia, sin embargo, no han sido obstáculo para la floreciente industria del “entrenamiento cerebral” en forma de libros, videojuegos, música, cursos…  De hecho, un informe del sector  predice que el negocio de la evaluación cognitiva y el entrenamiento cerebral mueva más de ocho mil millones de dólares en el mundo para 2022. Como casi siempre suele suceder, el márketing va por delante de la ciencia, cuando no directamente la pisotea.

Un estudio recientemente publicado en la revista médica British Medical Journal añade otra razón de peso para ser escépticos sobre el entrenamiento cerebral. Investigadores de la Universidad de Aberdeen (Reino Unido) y de la Universidad Nacional de Irlanda realizaron un seguimiento a 498 voluntarios durante 15 años. Todos los participantes compartían una serie de detalles: habían nacido en 1936, vivían de forma independiente en el noreste de Escocia y habían participado previamente en una encuesta de salud mental en dicho país en 1947. La pregunta que los científicos se hacían es cómo se relacionaba el grado de actividad mental con el declive cognitivo asociado a la edad, así que evaluaron la actividad mental de los voluntarios a lo largo del tiempo, y también su rendimiento cognitivo.

Entre los resultados del estudio sí que encontraron que aquellas personas que estaban más activos mentalmente a lo largo de la vida también poseían habilidades cognitivas superiores. Pese a todo, no es posible saber, a través del estudio, cuál es la causa y cuál es la consecuencia. Si aquellos que son más inteligentes tienden a estar más activos mentalmente (lo cual sería lógico) o viceversa, son más inteligentes precisamente porque están más activos mentalmente. Sea como sea, el quid de la cuestión del estudio es que una mayor actividad mental no iba asociada con un retraso del declive cognitivo en etapas más tardías de la vida en comparación con el grupo de menor actividad.

En otras palabras, conforme la edad fue provocando mermas en las habilidades cognitivas, tanto los voluntarios activos mentalmente como los pasivos sufrieron un declive intelectual a la misma velocidad (concretamente problemas de memoria y de velocidad de procesamiento). Sin embargo, aquellos que habían estado activos a lo largo de su vida contaban con ventaja, con unas habilidades cognitivas más elevadas, lo que les permitía disfrutar de más tiempo con unas mejores funciones cognitivas. Los propios autores del estudio lo explican: “Estos resultados indican que la implicación en actividades de resolución de problemas no protege frente al declive individual, pero otorga una posición de partida más elevada a partir del cual se observa el declive y retrasa el punto en el cual la discapacidad se vuelve significativa”.

Esto recuerda a casos documentados previamente como, por ejemplo, los ajedrecistas. Se sabe que, en general, cuando padecen la enfermedad de alzhéimer, su afectación de la vida es considerablemente menor que la población normal. No es que su actividad mental les proteja frente a la demencia o el alzhéimer es que cuentan con unas habilidades cerebrales superiores que hace que clínicamente los síntomas más obvios tarden mucho más en mostrarse. Llamativo fue el caso de un ajedrecista que sufrió un deterioro cognitivo leve en los últimos años de su vida. Cuando falleció, los médicos descubrieron con sorpresa en la autopsia que, en realidad, su cerebro mostraba signos muy avanzados de Alzheimer.

Por supuesto, hay siempre que considerar las limitaciones de este tipo de estudios. Sin lugar a dudas, los puntos fuertes del estudio son el seguimiento de 15 años sobre una población de casi 500 personas. Pese a ello, es un estudio observacional (no hay intervención de los investigadores sobre los hábitos de los voluntarios), lo que nos impide atribuir causas y efectos. En su lugar tan sólo podemos establecer correlaciones y conclusiones generales. Aun así, la moraleja de la historia está clara: Si eres inteligente y has tenido una vida rica en aprendizajes y actividades mentales diversas, probablemente partas de una función cognitiva superior que no retrasará el declive mental, pero hará que partas de una situación más privilegiada y los síntomas tardarán más en mostrarse. Ahora bien, hacer entrenamiento mental a través de actividades específicas a partir de cierta edad no va a ser la solución mágica para compensar toda una vida anterior de pereza mental.