El éxodo de los venezolanos que deciden buscar una mejor vida lejos de la tiranía chavista ha desembocado en que, para este año, haya más de 600.000 inmigrantes de este país en el Perú. Una circunstancia sobre la que conviene reflexionar en fechas como esta, donde la solidaridad –en especial con los más necesitados– cobra especial vigencia.

Como se sabe, los ciudadanos del país llanero que deciden abandonarlo lo han hecho por apremio. La dictadura de Nicolás Maduro ha sumido a su gente en el hambre (la pérdida de peso promedio por persona en el 2017 llegó a los 11 kilos) y ha extendido la pobreza hasta el punto que esta alcanzará al 87% de la población este año. Una realidad que solo se agrava si se toma en cuenta cómo el régimen ha destruido las instituciones democráticas y depredado a todos los que se han presentado como sus opositores. Así, al deterioro de la calidad de vida se suma la pérdida de esperanzas por la llegada de un cambio.

Por ello, el periplo de miles de venezolanos migrantes debería despertar empatía, sobre todo si tomamos en cuenta que los peruanos no hemos sido ajenos a la búsqueda de mejores oportunidades en el extranjero (hay más de 2 millones 800 mil conciudadanos viviendo fuera de nuestro país), y más aun cuando esto se ha hecho urgente por los malos manejos de un gobernante. Sin embargo, la verdad es que algunos compatriotas han mostrado pocas señales de solidaridad y las condiciones para los inmigrantes en nuestro país están próximas a empeorar.

Lo primero queda evidenciado por los discursos xenófobos que han tenido cabida en algunos sectores de la ciudadanía, que incluso se vieron representados, por ejemplo, por ciertos candidatos durante la campaña por la Municipalidad de Lima. Lo segundo se concretará el 31 de diciembre cuando se venza el plazo para que los inmigrantes venezolanos puedan pedir el permiso temporal de permanencia (PTP), situación que truncará cualquier intención que tengan de conseguir trabajo formal en el Perú. El problema de esto último es que no tendrá efecto alguno en el ingreso de expatriados llaneros –como podrían desear algunos–, y lo único que logrará es obligar a todos los que lleguen a partir de ese punto a tener que trabajar en el sector informal, agravando su situación de vulnerabilidad.

Pero la crisis de migrantes no es solo la encarnada por los venezolanos y las dificultades con las que se topan en los países a los que llegan. En todo el planeta millones de personas (258 millones para el 2017, según el Reporte de Migración Mundial de la ONU) abandonan sus patrias en busca de mejores condiciones de vida. Muchos de ellos lo hacen escapándose de guerras, dictaduras y de la pobreza. Ejemplos sobran: la caravana de migrantes que marcharon hacia Norteamérica, los que han dejado el Medio Oriente hacia Europa y migraciones como las de los haitianos que llegan a Chile y a República Dominicana.

Con el surgimiento de líderes nacionalistas en distintas partes del mundo y la resistencia hacia el ingreso de inmigrantes propiciada por discursos chauvinistas cada vez más populares, se hace cada vez más importante tomar en cuenta las condiciones a las que estos últimos están expuestos. Los defensores de la libertad tienen la responsabilidad de abogar por aquellos que dejan sus patrias con el fin de alcanzar un mejor futuro para ellos y sus familias, sin mezquinar, además, lo valioso que puede ser el ingreso de muchos profesionales competentes a las diversas economías del mundo.

Así las cosas, en fechas como esta, sería importante que se le dedique un momento de reflexión a todos aquellos que buscan hacer un hogar de tierras extranjeras.