Sharing is caring!

En aquellas poblaciones donde se profesa una religión, sus ejércitos no solo confían las campañas y contiendas en sus armas y el profesionalismo de sus hombres, sino también en la protección divina. Como cualquier ser humano, los soldados apelan a su fe, confiando en ella el hecho de retornar a casa con vida, el alcanzar la victoria y también –por qué no decirlo– la tranquilidad de su alma si es que este se encuentra con la muerte durante la batalla.

Este hecho no fue ajeno en el Ejército Patriota y particularmente en su comandante en jefe, el general José de San Martín, quien manifestaría su fe religiosa en numerosos actos durante la guerra por la Independencia, la misma que se haría extensiva entre sus soldados.

Las PROTECTORAS

Antes de su arribo al Perú, el general San Martín, a quien, para el debate, algunos lo vinculan con la masonería, confiaba el éxito de la campaña libertadora no solo en la capacidad del ejército que comandaría, sino también en la protección divina. Así vemos cómo el 5 de enero de 1817 hizo formar marcialmente en el Campamento de Plumerillo, en las afueras de la ciudad de Mendoza (Argentina) y de manera solemne juró como Patrona del Ejército a la virgen del Carmen, como señala Gustavo Pons Muzzo en el Compendio de Historia del Perú (1982).

Otros ejemplos respecto a la fe que profesaba el libertador, son mostrados por Jorge Castro Olivas en El secreto de los libertadores (2011). Castro señala que San Martín era católico y devoto de la virgen María por convicción propia. Como muestra de aquella fe, toma como ejemplos el matrimonio religioso que celebró el libertador con la joven María de los Remedios Escalada, o también la redacción de una carta a Tomas Godoy Cruz donde señala que el nuevo gobierno no tenga “tendencia a destruir nuestra religión”.

Por otro lado, dentro del ámbito castrense, el general San Martín personalmente organizaría los actos religiosos a través del cual colocaba al Ejercito de los Andes bajo la protección de la Señora del Carmen, incluyendo además el hecho de que el libertador llevaba entre sus prendas personales la imagen de la Virgen de Luján.

También resalta el hecho de que en el “Código de Deberes Militares”, el mismo que fue redactado por San Martín para el ejército, en su primer artículo se señalaba de manera drástica que “Todo el que blasfemare el santo nombre de Dios o de su adorable madre, sería arrojado del cuerpo de Granaderos”. Además, como una manera de materializar la fe de los patriotas, se podía observar que sus tropas portaban en el cuello el Santo Rosario y lo rezaban cada semana bajo la dirección del sargento más antiguo.

Pero a pesar de estas muestras de catolicismo por parte del libertador; no faltaron los cuestionamientos de monseñor Las Heras contra San Martín, quien desde el púlpito lanzaba lapidarios discursos en contra del ejército libertador, particularmente contra sus jefes, manifestando “…nadie puede ser buen cristiano e hijo de Dios, no siendo un buen súbdito y fiel vasallo de su rey”. Una manera muy sutil de utilizar la creencia religiosa para mantener la autoridad virreinal, la que al final no tuvo el efecto deseado en los patriotas.

Se debe tener en cuenta además que, tras la proclamación de la independencia en la ciudad capital, San Martín estimó conveniente la realización de numerosos actos religiosos, pues a través de ellos demostraba su reconocimiento hacia la fe religiosa de los peruanos –y la de sí mismo– así como la cristiana manifestación de gratitud de la población por el trascendental acontecimiento de la iniciación de la vida republicana, como señala Fernando Gamio en El proceso de la Emancipación Nacional y los actos de la declaración, proclamación y jura de la independencia del Perú (1971).

Otro detalle de su devoción por la virgen María, particularmente bajo la representación en la Señora del Carmen, ocurrió cuando estableció su puesto de comando próximo a la iglesia que se levanta en honor a la virgen del Carmen de la Legua, a mitad del camino que une Lima con el Callao.

Al respecto se comenta que, mientras monitoreaba el desplazamiento de las fuerzas realistas de Canterac acontecida entre fines de agosto y la primera quincena de setiembre de 1821, el libertador ya convertido en Protector del Perú, en determinados momentos asistía a solas al altar del referido templo, colocando su espada ante los pies de la Virgen del Carmen e inmediatamente poniéndose de rodillas ante la imagen de María.

Santa Rosa de Lima

Pero uno de los santos peruanos por quien el general José de San Martín profesó mucha veneración fue Isabel Flores de Oliva, Santa Rosa de Lima. Sabemos que la referida santa limeña vivió entre 1586 y 1617, y fue proclamada Patrona del Perú en 1669, para luego ser reconocida en 1670 como Patrona del Nuevo Mundo y de las Filipinas, y finalmente ser elevada a los altares en 1671, convirtiéndose en la Primera Santa del Nuevo Mundo.

Respecto a lo anterior, debemos indicar que antes de desembarcar San Martín en el Perú, como bien describe Scarlett O’Phelan en San Martín y su paso por el Perú (2017) el entonces virrey Fernando de Abascal había reconocido a Isabel Flores como “Santa Realista” por excelencia en 1811. Sin embargo, en 1816 durante el Congreso de Tucumán, el libertador proclamaría a Santa Rosa como “Santa Independentista”, manifestando que la campaña libertadora del sur estaría también bajo la protección de la santa peruana. Así, el Protector del Perú estaría bajo el amparo de la limeña bendita de quien era su devoto, y por la que mandó organizar ceremonias y misas públicas en su honor, hasta incluso antes de abandonar el Perú en el año 1822.

De esta manera, la Independencia del Perú no solo se conseguiría empuñando las armas por la libertad, sino también bajo la protección divina a través de la fe de sus protagonistas.