¿Dónde hay que realmente posicionar las pretensiones acrobáticas de un compositor como Kid Rock, el mismísimo que logró agitar los puños y los cuerpos de los miles y miles de auditores en el último festival maratónico de Woodstock?

¿Es que se trata verdaderamente de un referente, de un ‘sign of the times’ de la cultura alternativa que transcurre de los latigazos metálicos de las guitarras, su imagen algo salvaje y revoltosa y su incursión en la estética siempre amplia, versátil del hip-hop? Kid Rock siempre se vio como un impar, acaso una propuesta que había de capturar el sentido y los sentimientos epocales con letras más ingeniosas que inteligentes y, a la vez, con esa postura de ícono de la cultura popular contemporánea disidente.

Los fans, es decir la tribu que lo persigue a todas partes, consideran a Kid Rock una especie de vocero generacional que es el prototipo de compositor e intérprete que busca poner en jaque a las instituciones y a todo el show business, algo tan viejo como las piedras rodantes de los Rolling Stones.

Lo cierto es que el personaje ha alcanzado una formidable popularidad y su nuevo compacto, denominado sugestivametne The History Of The Rock, hurga en su pasado, hace remezclas interesantes, batalla contra su propia retórica hip-hop, incluye alguna pulsación baladística y por momentos sale airoso, atendible y salvaje como es su objetivo y su target para el marketing y el merchandising de estas voces, aquellos ámbitos donde todo vale, desde luego, hasta la intensidad de este Kid ya demasiado crecidito y que en su nuevo disco posee aportes parciales en su ruta de altibajos ya comprobados.