La biografía de ‘Scarface’, de la escritora Deirdre Brai y publicada por Anagrama, revela el perfil más humano de uno de los capos principales de la Mafia en Estados Unidos, el hombre que estrenó el terrible penal de Alcatraz.

La narración humana de ‘Al Capone’ se vuelve desmitificadora del monstruo, con las anécdotas del hogar de Prairie Avenue.

Durante sus primeros años como director del FBI, John Edgar Hoover convocó a algunos de los principales productores de Hollywood y les pidió que hicieran películas donde los “hombres del gobierno” -los G-Men– aparecieran retratados como modelos de comportamiento que derrotaban al Mal escondido en el hampa.

Lo que Hoover pretendía era atacar el increíble prestigio social del gánster, cuyo arquetipo estaba representado en el cine por actores como James Cagney, George Raft o Edward G. Robinson. En la sociedad americana de los años 20, golpeada por la Depresión, por las migraciones rurales y por la Prohibición derivada del acta Volstead, la gente sentía que con el Estado no se podía contar y que las posibilidades de salir adelante honradamente eran muy escasas.

En ese contexto, el gánster, tenido por un hombre con coraje suficiente para labrarse un futuro y una riqueza al margen de la pedagogía cívica fracasada -y que además satisfacía una necesidad, la de beber-, se convirtió en un ídolo del rock, en un personaje tan admirado como un torero en Sevilla. Al menos, hasta que la violencia desatada por la guerra de bandas de Chicago a partir del asesinato de Big Jim Colosimo se volvió inasumible, demasiado pública y de dimensiones casi terroristas: la matanza de San Valentín en el garaje de Bugs Moran acabó, en este sentido, con lo que pudiera quedar de tolerancia con el submundo hampón y sus infiltraciones institucionales.

El criminal real que mejor representa esa popularidad es Al Capone, el empresario dinámico y agresivo que Hans Magnus Enzensberger consideró en un ensayo un ejemplo de éxito del capitalismo y cuyas estridencias en el vestir resumen el afán de notoriedad social de quien triunfó a tiros partiendo casi del gueto y de la discriminación. El reverso tenebroso del mito americano del hombre hecho a sí mismo: un perro callejero cuya descendencia irá a la universidad.

La editorial Anagrama publica ahora Al Capone, un trabajo de Deirdre Bair, famosa ya como biógrafa de Samuel Beckett, que se caracteriza por dos cosas: la prolijidad en la investigación de la autora, que incluso se entrevistó con los familiares vivos y con cualquiera que pudiera aportar un testimonio de aquellos años; y el intento de distinguirse de la amplia bibliografía existente explorando también el lado humano de Al Capone, que convivía en una dimensión paralela con el jefe criminal cuya reputación mítica quedó cimentada a veces por invenciones extravagantes.

Dotada de una empatía que roza la justificación de un criminal de una violencia nunca vista antes, Bair retrata al hombre de sólidos valores familiares a quien mortificaba moralmente mantener abiertos burdeles y ser motejado de proxeneta. Al marido amantísimo que en los periodos carcelarios escribía a su esposa unas cartas llenas de añoranza y sentimentalismo. Al padre excepcional de un único hijo, Sonny, que nació enfermo de un oído y necesitó cuidados constantes por culpa de la sífilis transmitida por su progenitor.

Las nietas declaran en el libro que vivieron en un hogar estructurado y lleno de amor

Esto no hizo que a Capone le frustrara tener un hijo que jamás sería fuerte según la ley de la calle. Al contrario, hizo que ambos estuvieran aún más unidos hasta que Capone falleció a los 47 años, en Florida, devastado por la enfermedad y después de cumplir una condena de 11 años durante la cual estrenó Alcatraz como parte de la primera remesa de enemigos públicos enviados allí. Las nietas declaran en el libro que vivieron en un hogar estructurado y lleno de amor gracias al legado familiar del gánster.

La narración humana se vuelve desmitificadora del monstruo con las anécdotas del hogar de Prairie Avenue, lleno de hermanos parasitarios y donde su esposa y su italianísima madre provocaban una tensión territorial que casi parecía otra guerra de bandas.

Capone era menos jefe en su casa que en su gang. Capone pasaba semanas refugiado en el hotel Hawthorne de Cicero (el suburbio de Chicago también conocido como Hawthorne), ocupado enteramente por miembros del Outfit -la Organización, que aún existe-, donde se sentía cómodo en la compañía de conmilitones como Frank Nitti o su guardaespaldas favorito, Frankie Rio, que llegó a incriminarse voluntariamente con él para seguir protegiéndolo dentro de la cárcel. Y donde daba fiestas prostibularias de tres días que, además de para contagiarle la sífilis, le sirvieron para atraerse durante su auge social a periodistas, a políticos, a cantantes de ópera -su pasión- y a famosos de los deportes donde apostaba, como el boxeador Jack Dempsey, conocido por su amistad con los gánsteres de la época.

Otro cliché desbaratado por el libro es el de la italianidad endogámica de la Mafia, la representada por las Cinco Familias de Nueva York en un tópico en parte errado, como lo demuestra la importancia del judío Meyer Lansky. Capone no era Mafia a la siciliana, la que exige pureza de sangre en el origen. Casado él mismo con una mujer de origen irlandés, Mae, dotó a la organización heredada de John Torrio de un concepto étnico transversal, extraño para la época: militaban judíos, italianos e irlandeses. Capone fue de hecho, en los clubes que controlaba, un amigo de los músicos negros y en alguno de ellos dejó un recuerdo afectuoso, por ejemplo en Louis Armstrong.

El día que lo sacaron de Chicago, ya derrocado, hacia la cárcel, la ciudad llenó las esquinas para ver pasar, cautivo, al Caracortada, el hombre al que tanto había temido y adulado. El hombre que lo delató, el hampón Eddie O’Hare, fue asesinado por ello años después. Sólo pidió a las autoridades que su hijo pudiera cumplir el sueño de ser piloto naval. Butch O’Hare fue después un héroe de guerra en el Pacífico, tan relevante que el aeropuerto de Chicago lleva su nombre.