Víctor Usón

Terry Gilliam no se calla y eso a veces termina mal. “Ya no se puede debatir”, “ni tampoco hacer comedia como antes”, denuncia el que fuera miembro de los Monty Python. Está harto de la corrección política, de que “muchos se autocensuren por miedo a ofender a alguien”. Prefiere correr el riesgo y, efectivamente, en ocasiones hiere sensibilidades. “Vivimos en la era de las víctimas”, sintetiza.

Dice lo que se le antoja y una buena prueba de ello fue su respuesta a una entrevista en The Guardian. “Soy una lesbiana negra”, defendió con sorna el cineasta sobre la política de cuotas en la televisión. Pero su polémica más sonada en los últimos meses estalló en marzo cuando aseguró que el movimiento #MeToo se había transformado en una turba. “Una horda se lanza con antorchas a quemar el castillo de Frankenstein”, señaló entonces a France Presse.

Su rebeldía también se esconde tras su nuca y aparece cuando al girar la cabeza se asoma un mechón de pelo largo que ha ido resistiendo los cortes de cabello desde ya hace un buen tiempo. Lleva sandalias y una camisa colorida, y desde lo alto de un hotel frente a las costas del Pacífico, Gilliam recalca que está cansado de que el mundo se obsesione con la ofensa.

“No nos gusta el debate, solo queremos que la gente sea amable, porque cuando se dice una palabra equivocada, el argumento deja de importar”, asegura Gilliam este jueves en el Festival de Cine de Los Cabos donde ha recibido un premio a su trayectoria. El director ha llegado hasta el sur de la península de Baja California (noroeste de México) como lo hacen las grandes estrellas. En Suburban, acaparando flashes y generando revuelo. Aquí presenta, por primera vez en Latinoamérica, su última y más traumática película El hombre que mató a Don Quijote.

Gilliam ha estado obsesionado con el ingenioso hidalgo de La Mancha durante casi 30 años. Tres décadas en las que el cineasta ha sufrido todo tipo de infortunios hasta ver terminado el proyecto. Una endemoniada cinta que ha tenido que cambiar varias veces de protagonista -por ella han pasado Johnny Depp, Ewan McGregor y Jack O’Connell, entre otros-, que ha visto morir a dos de sus principales actores -Jean Rochefort y John Hurt- y en la que ha tenido que intervenir la justicia para permitir su estreno.

Siente Gilliam un cierto vacío después de haberse declarado vencedor en esta batalla frente a la desgracia. “No sé que voy a hacer ahora. Nunca me había encontrado sin un proyecto entre manos”, cuenta entre risas. Ha puesto punto y final a esta película maldita cuyo primer productor, el portugués Paulo Branco, acabó dirimiendo sus diferencias con el cineasta en los tribunales. Allí Branco argumentaba seguir teniendo los derechos sobre el filme y por ello trató de evitar su estreno hasta que el pasado mayo la justicia desestimó su recurso y se proyectó en Cannes. Una cinta que en realidad se comenzó a filmar en el 2000 en las Bardenas Reales. Pero la falta de presupuesto, las inundaciones en esta zona semidesértica del norte de España y el ruido de los aviones de la OTAN en una base cercana frustraron el rodaje.

Se mezclan las épocas históricas en esta película, en la que la imaginación de los protagonistas se traslada al siglo XVII, mientras se hacen constantes referencias al momento actual: incluso sale a relucir Donald Trump. Lo considera Gilliam la antítesis del personaje principal de la obra de Miguel de Cervantes. “Es un demonio oscuro”, sintetiza. “Mientras la locura lleva a El Quijote a transformar el mundo en un lugar mejor y más bello, a Trump le ocurre todo lo contrario”, señala.

El mandatario estadounidense se ha convertido en un tema recurrente en las conversaciones de Gilliam y de hecho, entre sus mayores temores está que el presidente pueda comenzar una guerra para lograr así mantenerse en el poder. “Ha desatado el caos. Ya se ha abierto la caja de Pandora”, ha asegurado después de la entrevista, en una conversación con el escritor mexicano Juan Villoro.

Se va quedando sin patria este cineasta que nació en Minnesota pero que renunció hace tiempo a la nacionalidad estadounidense. Se trasladó a Londres, pero desde el referéndum del Brexit no deja de pensar que en realidad se marchó “de un infierno para llegar a otro”.